Prohibido estacionarse: espacio feminista (parte I)
- Orígenes Romero
- 25 ago 2019
- 3 Min. de lectura
No hay mejor lugar para comprender las luchas reivindicativas que el estacionamiento de un centro comercial. Existen sitios reservados para personas con discapacidad, personas de la tercera edad, mujeres embarazadas, personas que llevan a sus bebés en carriolas, incluso ecologistas new agecuyo poder adquisitivo les permite comprar un automóvil híbrido; todo marcado con una señalética en blanco dentro de un rectángulo cuya gama de colores pasteles (verdes, azules y rosas) es de pésimo gusto.
El estacionamiento resulta tan incluyente que existe espacio suficiente para aquellos agremiados a los sindicatos cuya tradición de lucha es legendaria: los guardias de seguridad y el valet parking(los viene vieneacechan a las afueras del recinto y sobreviven utilizando formas no convencionales de la propiedad privada).
Este orden idílico del espacio público suele sujetarse a una falsa identidad que los automovilistas adoptan en función de la urgencia que tengan de ingresar al mall. El conductor de un Tsuru modelo 96 puede asumirse como dueño de un Toyota Prius para ocupar el sitio pintado de verde; un joven que goza de cabal salud de repente sufre de artrogriposis si esto le permite estacionar su vehículo en el lugar asignado a personas con discapacidad.
El respeto a los espacios es una asignatura pendiente en toda la mexicanidad; si no sabemos respetar un lugar dentro de un estacionamiento, mucho menos vamos a respetar los espacios metafóricos que ocupan las históricas luchas por los derechos de las mujeres, las comunidades indígenas y la comunidad LGBT. Nuestra necesidad siempre parece más apremiante que la del otro.
La marcha del pasado 17 de agosto dejó un saldo de 34 heridos, ninguno de gravedad, según El Sol de México; sin embargo, gracias a las redes sociales fueron difundidos varias agresiones por parte de las feministas a las personas que se encontraban en el sitio de la protesta. La sociedad reaccionó de maneras diversas ante la manifestación. «Hay otras formas», dijeron muchos.
El caso más sonado fue el de Juan Manuel Jiménez, reportero de ADN40, que fue presuntamente agredido por Luis Ángel Estrada Sánchez. En el vídeo correspondiente se observan distintos acercamientos de las participantes de la marcha, le arrojan brillantina en diversas ocasiones y lo rocían con un espray -eso dice Jiménez ante la cámara-, sin embargo, no hubo un solo golpe por parte de ellas. Resulta absolutamente irónico que, dentro de una movilización feminista, la grabación muestre a un hombre golpear a otro hombre que estaba reportando lo acontecido en la manifestación. Respetemos espacios, dejemos a otros vivir su duelo.
Estrada Sánchez no actuó en solitario, en la grabación se le observa hablando con otro hombre antes de cometer la agresión contra el periodista. Toda una conspiración masculina dentro de un espacio pintado con brillantina rosada. Considero, a título personal, que ADN40 pudo tener más tacto y enviar a una mujer a reportar lo que las mujeres en la marcha querían decir al auditorio, así, sin intermediación de hombres o mansplaining.
Un segundo episodio se da en una estación del metro, que no es precisamente la meca del respeto a los espacios personales. A falta de aclarar las causas del incidente, un hombre de edad avanzada intenta entrar a un vagón atiborrado de feministas cuyas armas arrojadizas son completamente indescifrables debido a la mala calidad del vídeo. Tenemos a un sujeto con una camisa llena de manchas cuyo aspecto es similar a la sangre, aferrado a la puerta de ingreso como quien se aferra a la justicia: escena digna de Tarantino.
«El verdadero enemigo del feminismo es el Patriarcado, no el hombre», plantea Rita Segato. Entonces, ¿qué necesidad de ocupar el rol de centinela que vigila y reporta el movimiento para el Patriarcado? La consigna era simple: los hombres atrás. La lucha era contra un sistema patriarcal, no contra todo hombre. Bienvenido fue quien tenía un motivo para unirse a la marcha.
Un caso aparte fue el de José Luis Castillo «Castillón», quien desde hace tiempo busca a su hija Esmeralda de catorce años, desaparecida en Chihuahua el 19 de mayo del 2009. Diversos medios afirman que «Castillón», al saber que la marcha era para mujeres, se colocó en una esquina para saludar con brillantina al contingente cuando éste pasara por donde él estaba.
Don José Luis representa una ruptura en roles de género, él marcha con un mandil color rosa en el que imprimió la fotografía de su hija con la leyenda «no me olviden, falto yo», mientras su esposa, cuya piel es sensible al sol, permanece en Chihuahua trabajando y así llevar el sustento a su familia. No puede haber algo más antipatriarcal. El grupo marchante no duda en incluirlo en la comitiva. El dolor no tiene sexo, a cualquiera le conmueve la imagen de un padre arrojando brillantina al aire para honrar a su pequeña.
Nosotros, evitando otra invasión del espacio, dejaremos el tema de los grafitis hechos en El Ángel de la Independencia, para el siguiente domingo.

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