El algebrista
- Eliot Jiménez
- 29 ago 2019
- 2 Min. de lectura

Nació en una de las últimas noches del siglo XIX. Apenas tuvo uso de razón, recibió de su padre las instrucciones: «Lo que tienes que hacer es leer mucho, escribir mucho, romper casi todo y no apresurarte a publicar». Sabemos que su hermana lo miraba con curiosidad mientras él agotaba las provechosas horas de la tarde tirado en el suelo de la biblioteca de su padre, siempre frente a un libro. Una de esas tardes, leyó la última página de una novela cuyo nombre nadie recuerda, de un autor cuyo nombre todos olvidaron y que jamás volvió a publicar un libro: para él, esa novela fue tan deleitosa como El Quijote, que había terminado apenas dos días antes.
Nos es conocido que un singular día de 1909 o 1910, el tímido retraimiento del algebrista y su sutil tartamudez hastiaron a sus compañeros de colegio hasta que las cotidianas burlas concluyeron en una bofetada. Contuvo sus lágrimas hasta después, cuando estuvo en brazos de su madre. El algebrista, que conocía muy bien que su destino sería uno literario, sintió esa misma tarde, por primera vez, una superioridad sobre sus compañeros: entendió que el Minotauro de Creta era también superior a los hombres que anualmente le eran entregados.
Se supo también que una mañana encontró un dibujo encuadrado de un laberinto en la pared de una pobre librería en Buenos Aires. Lo miró por un espacio de tiempo que pudo ser una hora o un minuto. Vio el centro e imaginó ahí, primero al minotauro, después a sí mismo: un extraño sentimiento que se parecía mucho al miedo, y también un tanto a la extrañeza, se apoderó de él. Este mismo sentimiento fue replicado muchas veces durante el curso de su existencia: lo sintió cuando vio (o cuando recordó que vio) cierto tigre en cautiverio; y cuando contemplaba el imposible espacio de reflejos que tramaban los cristales y los charcos, y temía verse en ellos y encontrar un rostro que no era el suyo; lo sintió también cada vez que aparecía frente a él, en una recurrente pesadilla, un antiguo rey anglosajón que lo miraba fijamente desde su trono, con un león a su costado derecho.
Es sabido que una mañana de 1915, en Ginebra, mientras interrogaba uno de los volúmenes de las obras completas de Spinoza, se vio de pronto interrumpido por un temor que no era el de los espejos ni el de los laberintos: el algebrista pensó en su padre y en la ceguera, pensó en la cábala y en la luna. Concibió, como los antiguos matemáticos babilónicos, que podía utilizar una suerte de álgebra cuando escribiera, utilizar símbolos que ocultaran su desagradable sentimentalismo. En ese lapso de apenas tres minutos habían surgido setenta años de perfectos ensayos y poemas, y de complejas ficciones.
En uno de sus exactos sonetos, el algebrista solicitó dos cosas para después de su muerte: la piedra con las dos abstractas fechas, y el olvido. La una se le concedió de inmediato, en el año de 1986; la otra hemos de negársela por siempre.
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