Su Alteza Aurora
- Zazil Camet
- 31 ago 2019
- 4 Min. de lectura

En los albores del siglo XX, el puerto de Mazatlán era una ciudad creciente que albergaba casi dieciocho mil almas, apretujada en un valle entre montes y pantanos, entre el agua dulce del manantial y el abrazo de las olas, en las marismas salobres y los esteros cenagosos.
La gente se agolpaba en sus calles estrechas y oscuras, en su plaza de toros brillante de luz eléctrica, en sus jacalitos de madera que olían a sal y a hojas de palma, en sus villas emperifolladas de estuco, en los barcos que las olas mecían y en las cantinas ¡ah cómo estaban llenas las cantinas! Así tenía que ser, en alguna cosa debían entretenerse los marineros, los estibadores, hasta los oficiales y los comerciantes se aburrían de estar en tierra y después de registrar sus mercaderías en la aduana se iban a "El Avante".
“El Avante”, una cantina que ya contaba sus buenos años, tenía dos atractivos principales, el espejo de velero que remataba con broche de oro la decoración naútica omnipresente en ese tipo de establecimientos y una joven cantinera, que cuánto más viejo se veía el mobiliario, más tierna y hermosa se miraba ella. Los dos adornos se complementaban perfectamente, y el trabajo principal de los demás empleados era cuidar que ninguno de los dos se perdiese, lo que se traducía sencillamente en que la damita se reflejara en su cándido esplendor y que los borrachos no se estamparan contra los objetos de colección, en todo caso, que no terminaran de romper la luna del piano.
La cantinera se llamaba Aurora y su belleza se acentuaba aún más por el halo trágico que la rodeaba, contaban en lenguaje más craso las esposas de los pescadores y las damas de la noche. Decían que había nacido en un muladar como muchos, en una casucha de madera junto al estero, en el cuartel tercero de la ciudad, que de pequeñita le gustaba jugar con los caracoles y espantar a las garzas, que era una chiquilla huérfana que andaba fangosa y descalza. Su madre había muerto repentinamente en el último coletazo de la epidemia de fiebre amarilla, misma calamidad que había llevado al ruiseñor nacional, la querídisima señora Ángela Peralta, a cantar entre los querubines. Su padre, un pobre marinero, seguramente había corrido con la misma suerte, se creía perdido en un viaje de regreso de San Francisco, y las lenguas supersticiosas de la mar decían que había abandonado su nave, volviendo a casa por otro medio, y que su error había causado un estrepitoso accidente de tren en Tehachapi, California, entre el desierto de Mojave y el valle de San Joaquín, un asalto que había escalado en incendio y llegado al clímax con el tren descarrilado, cayéndose por un barranco. Aurorita recordaba haber pasado sus primeros años correteando en el muelle, sobreviviendo de puro milagro, hasta que las señoras encopetadas del comité de beneficencia se apiadaron de ella y le consiguieron un empleo de mocita en un restaurante de medio pelo atendido por chinos, donde sonaba un gran gong tres veces al día y la ponían a servir bebidas, dado su mal sazón en la cocina.
Eso de serserveusele sentaba bien, y como muchos en el muelle le tenían lástima por ser bonita y desgraciada, hablaba algo de inglés y se hacía atender en un francés entre patois y criollo por los marineros de fuera, no tardó mucho en encontrar a un benefactor, un misterioso malhora que la hizo cantinera en la mejor taberna de la ciudad, pactando con el dueño, el señor Juan Olmos, un sueldo decente y una higiénica pensión. Con la ayuda de su excéntrico benefactor -siempre se entrevistaban en la trastienda, entre sombras y cajas de cerveza Pacífico, él llevaba una capucha a pesar del calor y la humedad asfixiantes- , de la simpatía de los parroquianos del “Avante” y de los personajes más destacados del muelle, agarró fama de servir los tragos generosos, de su virtud a pesar de las circunstancias y de tener agradable presencia, y así, Aurora se fue abriendo camino en la vida.
Casi cuando se terminaba el frescor de la mañana, cuando el sol amenazaba con emerger de las nubes y relumbrar en el firmamento, Aurora sabía que era hora de despertar a sus amigas, o más bien, socias. En un hotelucho pintado de amarillo, a unas tres cuadras de la aduana vivía La Venadita, una muchachita más joven que Aurora que se ganaba el mote y la subsistencia con sus pantorrillas flacas, La Venadita tardaba mucho en despertarse y Aurora tenía la costumbre de darle golpecitos en sus rizos de tirabuzón con un abanico.
Venadita, ¡buenos días!- le dijo Aurora corriendo las cortinas, dejando que un céfiro húmedo entrara por el ventana.
La joven tatareaba una tonadilla que había oído a las puertas del teatro, de una zarzuela que se llamaba La Balada de la Luz, a falta de algo más alegre para desperezar a su pequeña socia.
Ya se te va a hacer tarde, voy con Alegrías- dijo la joven, arrugando la nariz.
Alegrías vivía del otro lado del estrecho pasillo y no era tan remilgada como la Venadita, forrándose con los dólares de los impresionantes marineros negros. Aurora atravesaba el pasillo de crujiente y gastada duela con su pequeño pie, algo distraída, cuando de pronto se cruzó con un caballero de buen porte, al que se le cayeron unos papeles, la joven se sentía envuelta en un remolino de hojas, de garabatos y de un aroma de bergamota...
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