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Las cartas (cuento; parte I)

  • Eliot Jiménez
  • 7 sept 2019
  • 4 Min. de lectura

Ha perdurado en mi memoria el recuerdo de uno de los muchos viajes que en mi niñez realicé. Tal recuerdo ha sobrevivido al curso de los años, menos por empeño mío que por el suyo. Era costumbre que, durante el verano, mi madre me enviara unos días a casa de mis abuelos. En un recóndito lugar de la región Tierra Caliente del estado de Guerrero, se descubría “El rancho”: un lugar tristemente olvidado, sin otra fama que la que le atribuían algunos oriundos de que las cumbres riscosas y áridas que lo rodeaban habían servido como escondites y arsenales del ejército insurgente de Vicente Guerrero (tales conjeturas no han sido respaldadas aún por los historiadores y acaso no lo serán nunca).


Todo lo demás que allí había era tierra, calor, pobreza y unos individuos que no sumaban más de tres decenas viviendo en no más de diez casas, y que, a pesar de ello, su espíritu trabajador no se doblegaba ante la adversidad que los condenaba; entre ellos, mis abuelos. Todas estas cosas más el cariño de mis abuelos, eran mucho o, al menos, suficiente para impresionar y agradar a un niño de diez años como era yo. Me gustaba acompañar a mi abuelo a realizar las tareas del campo, me gustaba la comida de mi abuela y, sobre todo, me gustaba mirar en la noche un cielo claro con más estrellas que las que jamás he vuelto a ver. Acompañado siempre de mi abuelo, me decía, Mira, m’ijo, ese es el Camino de Santiago ¿verdad que no se ve así en tu casa?...


Después de tres noches seguidas de mirar el Camino de Santiago, la cuarta fue nublada, y la quinta y la sexta de lluvias, lo cual era inusual en esa región. Amanecimos el séptimo día. La lluvia había disminuido su intensidad después de haber azotado las tejas durante toda la noche. Al no poder salir, sacié mi curiosidad de niño explorando los rincones de la casa de adobe, siempre con la advertencia de mi abuela de tener cuidado de los alacranes. Los dormitorios de la casa llamaban especialmente mi atención: ese ambiente de paredes pintadas hace decenas de años, armarios empolvados y viejos, nidos de insectos en las esquinas, pisos de tabique, techos de tejas y madera, camas que no parecían cómodas en lo absoluto, y perfumes y cremas que parecía que no habían sido usados en años, creaban en mí la idea de que esas personas no solamente vivían en un lugar lejano y diferente al mío, sino que también vivían en otro tiempo igual de lejano y diferente al que yo conocía. Abrí uno de los armarios, había ropa doblada entre polvo y telarañas. Abrí uno de los cajones. Encontré fotografías antiguas, una de ellas era de mi bisabuelo, cuya muerte, a causa de un infarto cuando mi abuelo era apenas niño, solo me fue revelada por él en el único día que lo vi llorar; embriagado de tequila, se decía en voz baja que él era culpable. Continué revisando el cajón, había también algunas joyas y monedas y, en un rincón del cajón, envuelta en una servilleta de tela, una baraja. La servilleta de tela blanca tenía bordada lo que entonces solo entendí como una fecha y una frase en otro idioma desconocido: «octubre, 1910, Nunc-stans, Hic-stans». ¡Mejor que no la hubiera encontrado nunca, discreto lector!


Como por instinto empecé a pasar las cartas una por una hasta que la décima detuvo mi atención: era la imagen, en colores vivos y líneas rectas, de un hombre que con una espada cortaba la cabeza a lo que parecía un dragón (el atento lector de estas notas comprenderá después por qué no me es posible describir la escena con tanta exactitud como yo quisiera). Unos segundos después, escuché un golpe seco afuera de la habitación. Envolví la baraja en la servilleta y la guardé en la bolsa de mi pantalón. Al salir del cuarto, vi a mi abuela con las manos en su boca, como tapándosela sorprendida, mirando hacia un punto en el suelo, y mi abuelo con su machete en la mano. Él me dijo, No te acerques, m’ijo, se metió esta culebra, iba derecho a la cocina, pero ya la maté. Lentamente, con menos miedo que curiosidad, me acerqué. De un tajo certero mi abuelo la había decapitado. Su cabeza estaba apenas despegada del resto de su cuerpo, su boca se cerraba lentamente como si asumiera su fatal destino, sin tanta sangre como yo hubiera imaginado. Permanecí inmóvil. Mi abuela me tomó de la mano y con voz tranquilizadora me dijo, Vente, m’ijo, ayúdame acá en la cocina, no vamos a poder hacer el pan porque toda la leña se nos mojó. Me llevé la mano a la bolsa del pantalón para comprobar si aún tenía la baraja. Ahí estaba.


Entonces, no entendí el suceso como una coincidencia. Mi imaginación de niño no pudo imaginar eso: estaba seguro que la carta había predicho lo que iba a pasar segundos después, como si fuera una pista del futuro próximo. Por el resto del día no volví a ver las cartas, solamente las palpaba para verificar que aún estuvieran conmigo. Resolví no contar a mis abuelos acerca de mi hallazgo, del «tesoro» que yo había encontrado por fortuna. Los sucesos posteriores me orillaron a todos los días maldecir ese en el que encontré la baraja…

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Este cuento resultó ganador del Concurso de Creación Literaria y Juegos Mentales del ITM en su edición 2016.

 
 
 

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