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Las cartas (cuento; parte II)

  • Eliot Jiménez
  • 16 sept 2019
  • 4 Min. de lectura


Al día siguiente amanecimos nuevamente con lluvia. Desperté y lo primero que vino a mi mente fue la baraja envuelta en la servilleta blanca, la cual había guardado celosamente debajo de mi almohada. La alcancé con la mano, la desenvolví y busqué la carta del hombre y el dragón decapitado. Pasé todas las cartas y no la encontré. Busqué nuevamente y luego otra vez. Era claro que no estaba ya; entonces decidí contarlas todas: eran ochenta y ocho, pero ninguna la del hombre y el dragón. Con un poco de pesar, resté importancia a no haber encontrado esa carta y comencé a pasarlas nuevamente desde el principio, esta vez más detenidamente. Unas tenían imágenes de hombres, otras de mujeres; en algunas no aparecían personas sino animales u objetos, los cuales varias veces tenían rostros humanos. Me detuve en una: era una mujer a la orilla de un río o un arroyo, su rostro reflejaba pesar y sus brazos alzaba hacia un cielo azul con un sol cuyo rostro era el de una persona sonriente. Es todo lo que recuerdo de ese naipe. Pasé los siguientes minutos esperando que algo pasara, con la baraja en la mano. Nada. Apenas el ruido de la lluvia en las tejas y de mi abuela en la cocina. Esperé después varias horas hasta que deseché la idea de que algo pasaría. Recordé entonces que la carta del hombre y el dragón estaba en el lugar décimo cuando me detuve en ella. Con la carta de la mujer y el sol al principio de la baraja pasé las cartas nuevamente, una por una hasta la décima: era una esfinge (hoy sé que era una esfinge egipcia, como la de Guiza; y no una griega, como la de Edipo) su cuerpo era menos de león que de gato. La imagen no me pareció interesante en lo absoluto, y un tanto decepcionado, esta vez no guardé la baraja en mi bolsillo sino que la coloqué en una de mis maletas, en la misma bolsa donde había una antología de mitología griega para niños y mis carros de juguete. Salí del cuarto donde estaba y me dirigí hacia el patio buscando a mi abuela. Bajo la lluvia, con un vestido blanco y de espaldas, estaba lo que adiviné como una niña, que de pronto volteó hacia donde estaba yo, su pelo largo y rubio cubría su rostro, que no era el de una niña sino el de un gato. Quizá fueron cinco segundos que nos vimos fijamente, quizá fueron cinco minutos; solo recuerdo que me pareció que había pasado una hora cuando se volvió nuevamente y corrió hacia el portón que daba a la calle, tan velozmente que no pude seguirla (que no quise seguirla). Estaba francamente sorprendido y más contento que angustiado por el fenómeno que acababa de presenciar. No obstante, ese sentimiento de lo extraño, de lo desconocido y de lo sobrenatural, comenzaba a mezclarse con la alegría de poseer una baraja adivinatoria.


Hacía ocho noches que había llegado al rancho. Antes de dormir conté las cartas, eran ochenta y ocho, pero ninguna la del hombre y el dragón, ni la de la esfinge. No me afligía el hecho de no haber encontrado esas dos cartas, ya que, al mantenerse constante el número de ellas, significaba que las perdía pero dos nuevas eran añadidas a la baraja. La lluvia arreció esa noche, todos mis pensamientos se cifraban en la baraja, en la serpiente y el dragón, en la esfinge y la niña con rostro de gato. La curiosidad pudo más que yo y repetí el experimento antes de conciliar el sueño: una, dos, tres… ocho, nueve y diez: desde un cielo negro con una luna con rostro humano y sonriente, un rayo descendía hasta el pecho de un hombre, que estaba a punto de caer al suelo. El rostro del hombre reflejaba un gran dolor. Sentí por primera vez miedo de las escenas de las cartas de la baraja. La observé bien, sabiendo que no la volvería a ver, pues se perdería en el limbo de las otras dos cartas y una nueva se incorporaría a la baraja. Concilié el sueño después de un rato de intentar interpretar la escena. Desperté el noveno día, más tarde y más cansado de lo usual. El llanto de mi abuela y los lamentos de mi abuelo me hicieron salir rápidamente a verlos: estaban los dos sentados en la cocina. Al verme entrar, mi abuela se apresuró a abrazarme mientras continuaba llorando intensamente…


Ya no recuerdo cómo me lo hicieron saber ni cómo reaccioné a la noticia. Un infarto fulminante había terminado con la vida de mi padre esa misma noche. Al décimo día cesaron las lluvias y el cielo fue claro de nuevo, ese mismo día regresé a la casa de mis padres en la ciudad. Diez años han pasado desde entonces, desde el día que guardé la baraja nuevamente en el cajón que la encontré y que juré nunca tomarla de nuevo, ni hablar de ella a nadie. Durante algún tiempo traté de encontrar explicaciones en el estudio de la cartomancia y del tarot, analizando videntes e interrogando libros del arte adivinatorio; sin encontrar alguna sola. Escribo estas notas, curioso lector, porque esta misma mañana del diez de octubre del año dos mil diez, he encontrado en uno de mis cajones, envuelta en una servilleta blanca que tiene bordado <<octubre, 2010, Nunc-stans, Hic-stans>> la baraja que encontré en casa de mis abuelos y que juré nunca volver a tomar ni hablar de ella a nadie, como probablemente juró alguna vez mi abuelo.

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  1. Cuento ganador del Concurso de Creación Literaria y Juegos Mentales del ITM 2016.

 
 
 

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