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¿Te molesta que te llame indígena?

  • Orígenes Romero
  • 4 nov 2019
  • 4 Min. de lectura

El pasado martes 29 de octubre se llevó a cabo otra edición de la Cátedra de la Interculturalidad, organizada por académicos de la Universidad de Guadalajara como Fortino Domínguez y Robert Curley, a quienes agradezco me brindaran la generosa oportunidad de conocer personalmente a la expositora de la Cátedra de este año: Yásnaya Aguilar Gil, activista y lingüista mixe cuya labor conocí mediante un conversatorio con Alfredo López-Austin en Colegio Nacional, organizado por Juan Villoro y Mardonio Carballo.


Las palabras de Yásnaya en Colegio Nacional me cautivaron a investigar más sobre su obra, ya se imaginarán mi emoción cuando supe que ella estaría presentando una ponencia en mi ciudad. La cátedra que impartió Aguilar Gil me llevó a realizar varias reflexiones que, a través de este texto, no pretenden dejar respuestas al lector sino preguntas.


En los tiempos que ahora corren, resulta vital saber nombrarnos, distinguirnos, asumirnos e identificarnos. América -y el mundo- atraviesa una grave crisis de representatividad, y permítaseme justificar mi argumento: me parece inverosímil que una nación de inmigrantes como Estados Unidos se sienta absolutamente identificada en el xenófobo Trump; del mismo modo, considero impensable que cada habitante de Brasil comulgue con las ideas misóginas y racistas de Bolsonaro.


Asumo que la democracia, nacida en la Grecia “cuna” de la civilización occidental hace 2500 años, conlleva el defecto de ser una “tiranía de la mayoría”. Las democracias se han extendido por el planeta a la par de un proceso de occidentalización similar a la helenización del mundo antiguo. Detrás de los vastos aportes de la cultura grecolatina yace una necesaria aculturación de los pueblos conquistados, natural en toda conquista.


Occidente ha dominado desde hace siglos el panorama mundial: Oriente ha pasado por procesos múltiples debidos al choque con otra forma de ser y estar en el mundo. Sin embargo, el planeta no puede dividirse sólo en dos civilizaciones, pues América -lamento decirlo- no siempre es occidental y mucho menos oriental. ¿Cómo llamar aquello que no tiene su propio nombre? Abya Yala, propusieron diversos pueblos denominar a nuestro continente.

Abya Yala o América, mi continente o el tuyo, pero jamás el nuestro. El territorio americano ha resultado un enclave de la civilización Occidental, -heredera de la Antigüedad Clásica- dentro de un sitio poblado por comunidades denominadas indígenas cuyos habitantes son indios. Ambas denominaciones fueron creadas por los occidentales, para quienes el poder de nombrar al otro conlleva una relación de dominación: la palabra como instrumento de conquista.


La conferencia de Yásnaya Aguilar giró en torno a la conceptualización de la palabra “indígena”, que en la actualidad se utiliza para designar a un conjunto de comunidades cuya organización prescinde de estados nacionales. La conferencista nos recordó que la acepción original es derivada del latínindigĕna que significa: originario de un lugar. Pareciera que la muy adelantada civilización occidental no entiende sus propios diccionarios.


La modificación de los conceptos ha sido estudiada ampliamente por Elisa Cárdenas Ayala, para quien no resulta un equívoco la reelaboración de significados. La académica comprende que detrás de un concepto existe una operación de poder. Igual ocurre con la palabra “indígena”. Lo indio se entiende como todo lo que no es Occidental ni Oriental: es una forma de nombrar al otro privándolo de nombrarse a sí mismo.


Lo “indio” se utilizó durante los 300 años de dominio español en México para denominar a los habitantes naturales de esta región del mundo, pero también como una categoría jurídica cuya estructura atravesó todas las épocas hasta nuestros tiempos. Lo indiano es lo no occidentalizado, bárbaro. Lo indio tiene ahora una carga peyorativa, lo indígena implica un estatus político.


Recordemos que lo jurídico va por escrito: la Carta Magna es algo así como la Enciclopedia del mexicano bien portado. En la Constitución se redactó un artículo diciendo que la nación es una y es indivisible. Lo que se ve no se pregunta, diría Juan Gabriel. El México poscolonial ha tratado de amarrar territorios y comunidades que no se conciben bajo la organización de un estado.


¿Dónde está el derecho a nombrarse? El estado impuso el término “pueblos indígenas” a una población milenaria organizada en distintas comunidades y que no necesariamente comparte rasgos comunes. La homogenización hace fácil la administración pública pero atenta contra derechos humanos.


A Yásnaya la nombraron indígena como a tantos, y ella el martes nombro akäts a todos los asistentes a la Cátedra de la Interculturalidad. Akäts significa “no-mije” en dicho idioma. Indígena es un concepto que engloba a otros basado en categorías supuestamente comunes: lengua, comida, tradiciones y nada hay de común en ello entre un mixe o un rarámuri; mientras que akäts se limita a denunciar que tal o cual individuo no le son propios.


El suelo sobre el que escribo estas palabras es akäts con respecto a lo Occidental o lo Oriental. Yo no soy mixe, pero sí ëëts: un nosotros que excluye al oyente, mientras que Europa además de akäts es atom. Sería bueno atender a la invitación de Yásnaya: imaginar una organización distinta donde quepamos todos los que aquí estamos: indígenas que somos de aquí y los que son de allá.

 
 
 

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