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Cómo derribar un puente

  • Orígenes Romero
  • 13 nov 2019
  • 4 Min. de lectura

Vuelvo sobre lo memorístico. Gracias a la tecnología, la humanidad ha logrado desarrollar una extensión de la memoria. Todo se almacena en una nube que no por intangible deja de ser peligrosa. El día de hoy escribía un lindo artículo para nuestra insigne revista, pero con la suerte de los condenados al olvido: se borró mi documento. En esta ocasión presentaré un texto que elaboré con motivo de la demolición de un célebre puente de mi ciudad natal: Guadalajara. Vamos pues a recordar.


Justo antes de cumplir sus 50 años (2015) el Puente de la Normal fue derribado por “estorbar” a la maquinaria que se encuentra construyendo la línea tres del tren ligero. Dicho suceso invita de alguna manera a la reflexión.


Para construir un puente se necesita mucho cemento, una buena cantidad de hombres trabajando, y una estructura metálica; justo después se requiere pintura: darle color. Sin embargo, no voy a abundar en temas de ingeniería en esta ocasión. Hay un aspecto vital en la elaboración de cualquier edificación que siempre se olvida: la apropiación de esta por parte del pueblo. Es necesario estudiar la identidad otorgada a la construcción en sí.


De este modo, si queremos entender el proceso identitario del Puente de La Normal es menester conocer las experiencias de la gente que lo caminó. Hay que recurrir a la memoria de personas como don Bruno, el “bañero” del CODE Jalisco, quien recuerda con alegría las veces que se iba de pinta de su escuela para verle las piernas a las mujeres que iban pasando.


Don Bruno piensa que después de construir un puente es necesario utilizarlo: se debe subir por sus escaleras, caminar sobre su plancha y descender por las escaleras del otro lado; al recordar el Puente de La Normal, dijo que en él se podían vender churros a un costado de la escalinata ya mencionada, y sacar un mínimo de quinientos pesos diarios.


La señora Chayo, quien vende comida y dulces afuera de la misma institución donde labora don Bruno, le dio al puente otra utilidad: esperar la llegada de la Virgen de Zapopan cada 12 de octubre, aprovechando la sombra que la construcción ofrecía.


Resaltemos que la festividad de la Romería puede ser vista desde distintas perspectivas que involucran al puente, de este modo a partir de mi experiencia puedo sugerir una manera menos correcta pero también válida para usar un puente: pasar frente a él viniendo por Plan de San Luis un 12 de octubre y atravesar la muchedumbre danzante, sin cruzar con ellos una mirada.


Desde la Academia, también nos ofrecen memorias del puente curvo que antes se ubicaba afuera del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades de la Benemérita Universidad de Guadalajara. El abogado “H” rememora sus tiempos como estudiante de la Facultad de Derecho de dicha institución en la época de la FEG.


Sobre la controversial forma curva de la construcción dice el licenciado: “El primer paso fuera del campus de la facultad se daba precisamente en el puente de marras, con una inclinación que al principio costaba un poquito de trabajo y en la parte descendente había que irse frenando, un ejercicio moderado y conveniente al fin y al cabo”.


El licenciado “H” recuerda que fue aquel amigo “nerd” que todos tenemos, quien se limita a observar nuestras vagancias sin ser partícipe de ellas. De este modo, él prefiere hablar de las múltiples ocasiones en que fue invitado a las actividades estudiantiles que involucraban dicha construcción: relata que se colgaban mantas en los barandales de la edificación y que disfrutaba mucho el acompañar a sus compañeros durante las manifestaciones a ver “el desmadre” desde las alturas del puente.


Y es que la Federación Estudiantil de Guadalajara también tuvo relación con el puente curvo de La Normal aunque de manera indirecta. El doctor Jorge Gómez Naredo, quien es profesor en las licenciaturas en Historia y Antropología del CUCSH, habló de una anécdota muy interesante sobre el puente: el Dr. Gómez Naredo cuenta que en alguna ocasión padeció problemas de salud derivados de la ingesta de “churros” que se vendían a unos pasos de la edificación.


Es aquí donde encontramos una revelación: el dueño del puesto de churros de dudosa calidad fue encontrado muerto en las instalaciones de la FEG que a la postre fueron derrumbadas. Como una coincidencia casi macabra, puedo permitirme recordar al lector que don Bruno también vendió “churros” cerca de dicha construcción, sin embargo, no nos fue posible saber si guardaba relación con el difunto, un tema interesante que podría ser tratado en otra ocasión.


Si queremos derribar un puente cualquiera se necesita una buena cantidad de hombres, bloquear el área circundante y mucha dinamita. Es triste que para destruir un puente cuya construcción se inició en 1965 y culminó en 1966, se necesitaron nada más 30 minutos. El licenciado “H” se llena de nostalgia: “Para aquellos que lo usamos tantas veces, no deja de ser nostálgico su eliminación en aras de la modernidad. Queda para el recuerdo de aquellos “buenos muchachos””


Aunque parezca increíble aún hay esperanza para el Puente de La Normal, pues dicen que nada muere mientras permanezca en la memoria, de tal modo que si pretendiésemos derribar completamente nuestro puente, sería necesario acabar con su identidad. Podríamos avisarle a don Bruno el que vendía los churros, a doña Chayo la de los dulces, y a muchos otros, en espera de que la construcción se desvanezca ante nuestra mirada y se diluya la nostalgia en nuestros recuerdos.


-¿A poco lo tumbaron?

- Sí, doña Chayo

-¿De veras lo tumbaron?

-Sí, lo tumbaron


El puente no está muerto, aún agoniza entre la nube y la memoria.


 
 
 

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