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Apuntes de invierno: La muerte

  • Marco Sandoval
  • 9 feb 2020
  • 2 Min. de lectura

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Para escapar de la ciudad es necesario que alguien muera. De preferencia uno mismo. Tal como Dios hizo alguna vez en la cruz, para después resucitar y levantarse. Muere el hijo y resucita en Dios.


Los seres humanos siempre hemos tenido una obsesión con la muerte. Las civilizaciones, a través de la historia incluso han girado su cosmovisión en torno de ese gran misterio que tanto nos asusta. Afortunadamente, esta visión de la muerte, en la mayoría de sus presentaciones trae consigo la promesa de una nueva vida. La mitología cristiana nos promete un paraíso eterno después la vida terrenal, la hinduista habla sobre la destrucción y muerte como parte de un ciclo, la filosofía budista nos da la oportunidad de corregir nuestros errores en una próxima vida. Nuestra civilización se formó a partir de la idea de que, incluso cuando morimos, podemos levantarnos de nuevo.

El paso a la adultez es esa muerte hermosa en la que el niño acepta su caducidad y muere. Los menos valientes ante esto prefieren matar a su padre, a su madre o incluso a ambos; e inevitablemente, al no aceptar la caducidad del niño, se ven encerrados en una infantilidad para siempre. Otros quedan pasmados ante la mortalidad y jamás avanzan en ninguna dirección, quedan en constante debate entre el hijo y el dios.


Afortunadamente los seres humanos no sólo contamos con la capacidad de dar muerte, también podemos guardar memoria. Dar muerte al niño no significa olvidarlo del todo, aún en la vida póstuma podemos llevar con nosotros sus recuerdos, su manera de ver la vida y su incesante búsqueda de más. También contamos con la capacidad de volar para abandonar el laberinto de la ciudad, recorrer costas, conocer naciones.


Es esta capacidad de volar por la que es necesario matar al niño. Un niño con tantas capacidades no hará más que Ìcaro, intentar volar más alto que el sol para después caer al mar.

 
 
 

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