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CRÓNICAS Y PENSAMIENTOS: ¿Cómo viví el 8 de marzo? Perspectiva feminista

  • Ruth Rivera
  • 11 mar 2020
  • 5 Min. de lectura

Comienza el final de la conmemoración al día de la mujer, cierro el día recopilando todas las reflexiones que he hecho con las chicas que me han acompañado durante estos dos días. Escribo esta crónica evitando a toda costa la comunicación digital. Me limito a utilizar internet para fines de redacción y mi teléfono me ayuda con las fotografías.


Tengo la fortuna de compartir muchos espacios con mujeres, por lo que no estuve sola en este espacio de reflexión sobre nuestro género. El domingo 8 de marzo nos reunimos con un grupo de congéneres en mi casa, juntamos todas las cartulinas, pinturas y plumones que encontramos. Depositamos toda nuestra creatividad en los carteles que hicimos para llevar a la marcha. El ingenio nos ayudó a utilizar lo que teníamos como pudimos. Llegando a la marcha me di cuenta que muchas habíamos hecho lo mismo.


Mientras unas hacían letreros yo maquillaba a otras, soy maquillista también y pensé que sería la ocasión para aprovechar mi habilidad. Pintura aquí, pintura allá, preparábamos nuestras cosas: llaves, efectivo, identificación, agua, snacks y gas pimienta por si las moscas. Todo el trabajo previo a la marcha nos costó más tiempo del que pensábamos, eran las 5:00 de la tarde cuando salimos de mi casa y habíamos tenido que llegar a las 4:30 pm al punto de reunión. Salimos rumbo a la UAQ con la esperanza de encontrar un grupo que todavía no saliera. Al principio quisimos evitar el tráfico, pero lo que vi en las calles me dejó perpleja. Dos o tres autos circulando por avenidas normalmente concurridas, ausencia de peatones, mucho lugar de estacionamiento, etc. Esencialmente, las calles se vivían solas.


Nos dirigíamos entonces al centro de la ciudad con la esperanza de incorporarnos a la manifestación. En el centro fue mucho más difícil encontrar estacionamiento, caminamos mucho hasta que encontramos a las manifestantes. Nos dejaron sin palabras. Tuvimos la fortuna de encontrar la marcha viniendo hacia nosotras, entonces logramos integrarnos casi hasta el frente de la “fila”. Inmediatamente llegando, una fotógrafa apunta su cámara hacia nuestro grupo y nos toma una foto con los carteles, continuamos con el recorrido, cantando, bailando, saltando y haciendo mucho ruido. Llegamos a Plaza Constitución y nos asentamos.


Continuamos con canciones y gritos de manifestación por un rato. Después, en el centro de la fuente, irgue una mujer desnuda con el cuerpo manchado de pintura simulando heridas. Había hombres presentes en la plaza por lo que levantamos nuestros carteles y gritamos al son “¡Fuera hombres, fuera hombres!” hasta que se retiraron todos los varones del lugar. La chica sostenía un megáfono que daba salida hacia otro megáfono, que a su vez amplificaba el sonido a través de un micrófono. El ingenio y la sororidad no dejaron de ser protagonistas durante la jornada. “Nací desnuda, pero no sexualizada…” comienza a vociferar, caímos en el más empático silencio. Continuó con un monólogo en donde expresaba el hartazgo y la sed de justicia que vivimos las mujeres día a día. Concluyó con su discurso, a todas nos erizó la piel, se sentía una atmósfera de comprensión complementado con un silencio luctuoso, que a los pocos segundos fue interrumpido por un “¡No estás sola, no estás sola!” al unísono. Levantamos nuestras cartulinas una vez más y celebramos la sororidad. Presenciamos una ronda de abrazos sinceros y apasionados entre nuestras hermanas y continuamos con más actividades hasta concluir la manifestación.


Llegando a mi casa nos reencontramos con Pao (quien es mi roomie y prima) y el grupo de mujeres con las que asistieron a la marcha, pedimos pizza, compramos cervezas e hicimos recuento de los hechos acompañadas de un poco de música. Cada quien tenía una perspectiva diferente, pero todas concordábamos en que había sido una de las mejores experiencias de nuestras vidas. Entre anécdotas, chistes y recuerdos se acercaba la medianoche. A las 12:00 comenzaríamos el paro del 9 de marzo. Unas se fueron a casa, quedamos tres de nosotras, apagamos nuestros teléfonos, estuvimos reflexionando e intercambiando ideas unas horas más hasta que nos fuimos a dormir.

Hoy por la mañana nos despertamos, no sé qué hora era. No estaba segura de donde había dejado mi celular el día anterior, tampoco le di mucha importancia. Nos preparamos un café, limpiamos la casa, prendimos un cigarro y de nuevo comenzó el recuento del día anterior. Comenzamos el día con un poco de música y propuestas de desayuno, seguramente ya pasaban las 3 de la tarde, pero ese día podíamos dedicar más tiempo a todas nuestras actividades. Mientras mi amiga se bañaba y Pao tomaba una siesta, yo empecé a preparar el desayuno. Después, mientras yo me arreglaba, mi prima se bañaba y mi amiga terminaba de preparar el desayuno. Terminando el desayuno, mi prima (que estaba tomando una siesta) lavó los trastes que habíamos usado mi amiga y yo para cocinar. Cuento esta parte de la historia porque quiero compartir la sensación de colectividad que sentía en ese momento. Todo parecía funcionar.


Limpiamos de nuevo la casa, dejamos todo arreglado para poder sentarnos un buen rato a ver televisión. Y así fue, las siguientes horas las pasamos viendo películas. Sabíamos que eso era trampa, pero nos ayudó a pasar el tiempo mientras estábamos desconectadas del mundo exterior. A las pocas horas, una encuestadora del INEGI tocó a nuestra puerta, traía prendas moradas y negras. Pao y yo contestamos las preguntas del censo y charlamos un poco con la chica, nos explicó un poco sobre las cosas nuevas que había implementado la institución para las encuestas que estaba realizando. Finalizando la encuesta le ofrecimos un vaso de agua y le agradecimos por su trabajo.


Aproximadamente a las 22:00 mi amiga se fue a casa: “Me avisas cuando llegues” le dije, se me olvidó que me podría avisar hasta las 12:00, volví a mi casa y mi roomie y yo terminamos de limpiar y de acomodar. Tuve oportunidad de leer y comencé a escribir esta crónica, son las 23:50 del 9 de marzo de 2020, mi única comunicación con el exterior el día de hoy ha sido este escrito que no verá la luz hasta mañana.

Concluyo esta crónica con la siguiente reflexión:

Como mujer mexicana formar parte de este movimiento ha sido una de las experiencias más gratificantes en mi vida. Dos días completos sin ver a un sólo varón me ha servido para acercarme mucho más a mi género. “Soy 200% más feminista después de esto y pensé que era 100% feminista”. Fue la conclusión colectiva después de la marcha. Nos sorprendió particularmente la diversidad de mujeres que había en la marcha, de todas las edades, de todos los estratos sociales, de todos los gustos, estilos, etc. Genuinamente nos sentimos libres de expresarnos y de compartir espacio con todas las que estaban ahí. El paro me dio tiempo para reflexionar, disfrutar, reírme, expresarme y más importante aún: reforzar el trabajo en equipo con mis congéneres.


Estos dos días han sido cruciales para mi vida y pienso que para la de muchas personas, se prestó el espacio de reflexión y discusión y se han puesto sobre la mesa problemáticas que nos conciernen tanto a hombres como mujeres. Sin embargo, la lucha no termina aquí, es nuestra labor como mujeres seguir exigiendo nuestros derechos y levantando la voz ante la injusticia, el cambio viene de la unión que representa el movimiento, sin unión no hay avance y sin empatía no hay nada. Es trabajo de los hombres reconocer, comprender y desarrollarse en un espacio de nuevas masculinidades en donde sean capaces de desenvolverse en un ambiente sano y compartirlo con otros varones. Es crucial respetar el espacio que nos corresponde dentro de la lucha, sin embargo, el trabajo en equipo será el que nos llevará al progreso social.


 
 
 

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