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Confesiones para Fátima

  • Orígenes Romero
  • 19 mar 2020
  • 2 Min. de lectura

El 13 de octubre de 1917 la Virgen María les comunicó a tres niños de Fátima Portugal, tres secretos. Los infantes vieron en primer lugar un Infierno: demonios terribles y grandes incendios; el segundo secreto de los dos que fueron hechos públicos en 1941 era una profecía de la Segunda Guerra mundial; el último, revelado por Juan Pablo II en el año 2000 era el atentado en contra de un Papa.

Más de cien años después Fátima obra en México: muere una niña en un país que mata a sus mujeres, las marchas que ya estaban presentes se incrementaron por la rabia y el dolor de la muerte de una pequeña de siete años. Ante la tragedia ocurrió el milagro: el Partido Acción Nacional levantó la voz que había callado cuando explotó una guardería con decenas de niños. En México se politiza la desgracia.

Muchas mujeres salieron a las calles a exigir justicia, muchos hombres juraron en redes sociales sentir empatía. Empero, muchos y muchas fueron indolentes. Una de las peticiones de los grupos feministas ha sido ignorada: romper las estructuras de tajo; quebrantar el pacto machista.

Eliminar el acuerdo implícito de la masculinidad tóxica es la propuesta para evitar más casos como el de Fátima. Tal vez sí podamos romperlo, requiere de mucho valor, tanto que aplazo lo más que puedo estas líneas: tengo miedo. Cada hombre deberá aceptar su propia culpa y enfrentar sus miedos. Vamos, pues:

Confieso, Fátima, que crecí creyendo que una mujer no debía vestirse de manera “provocativa”; que por eso las violaban. Confieso que pensé alguna vez que las mujeres no debían salir de noche.

Confieso, Fátima, que he subestimado a mujeres por ser mujeres. No he entendido que visten para ellas y que son para ellas. He dado opiniones no pedidas.

Confieso, Fátima, que no sé cocinar, a duras penas sé lavar, y aun así se me considera autosuficiente.


Confieso, Fátima, que creía que las mujeres son incomprensibles para los hombres, que solo “debes amarlas”.

Confieso, Fátima, que he golpeado paredes en arrebatos de furia.

Confieso, Fátima, que crecí escuchando que las mujeres que subían de puesto se acostaban con hombres para obtener su ascenso.

Confieso, Fátima, que no comprendía el miedo de las mujeres a ser juzgadas, acosadas o violentadas.

Pido disculpas a quienes alguna vez hiriera mi machismo.

 
 
 

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