El secreto de la Selva
- Ruth Rivera
- 26 mar 2020
- 5 Min. de lectura

Una vez escuché a un antropónomo tener una conversación con su colega. No soy entrometida, pero no puedo evitar escuchar todo.
—¿Sabías que 0.001% de la población en el mundo se llama Selva? Es un nombre relativamente común.
—¡Ese es mi nombre! —pensé yo.
Su colega sólo se concentraba en mover las plantas para esclarecer su camino, parecía que buscaban algo.
—Mira, aquí hay un arroyo. Seguro estamos cerca—. Dijo entusiasmado el mismo hombre que movía las plantas, diría yo que era un antropólogo, sabía a dónde iba—. Si estamos donde creo, llegaremos en un día a Pek. Podemos preparar el campamento y salimos mañana a primera hora.
—De acuerdo —dijo el antropónomo mientras desajustaba su mochila.
El cielo comenzaba a enrojecerse, signo de que la noche ya caería. No me gusta mucho la noche, tengo que admitirlo, mis entrañas se enfrían y salen las bestias naturales más despiadadas a buscar alimento. Pero supongo que es normal, soy la Selva, gran parte de mí la alimenta el sol. Sin embargo, ese día especialmente, me preocupaba lo que pasaría en mi interior con esta noche, me preocupaban las personas que buscaban estancia en mi deriva, puedo reconocer cuando alguien viene a lastimarme, ellos estaban aquí en busca de conocimiento y el conocimiento, para mí, es sagrado. Tenía que protegerlos.
—¿Por qué trajiste una botella de cátsup de un litro? ¡Ocupa muchísimo espacio! — dijo el antropólogo a su colega.
—Pensé que necesitaríamos cátsup para las salchichas de hoy —respondió mientras extendía la mano como pidiendo el aderezo.
—¿Tanta? Sólo tenemos salchichas para hoy, con un sobre era suficiente —argumentó el antropólogo.
— Bueno. Entonces, déjala aquí, amargado —dijo el antropónomo mientras chupaba sus dedos escurriendo en cátsup.
—Ya me voy a dormir —continuó.
Se puso de pie y se metió en su tienda a conciliar el sueño, el antropólogo hizo lo mismo. La noche era muy oscura, la luna menguante no ayudaba mucho. Las criaturas de la noche se dispusieron a la caza, ¿y yo? Despavorida. La serpiente fue la primera en hacer su aparición. Coloqué una fruta en el arbusto más cercano a la serpiente. Un murciélago se aproximó con gran velocidad al arbusto para devorar el fruto. Asustó a la serpiente y ésta regresó a su refugio.
—Bingo —pensé—. P…pero yo… sí traía… pa… pan…pantalones —balbuceó el antropónomo.
Inmediatamente después, volvió a caer en un profundo sueño.
—Eso fue fácil —me dije a mi misma, confiada de que el peligro había cesado. Escuché un movimiento ágil pero furtivo, era una comadreja; pero eso, en vez de tranquilizarme, me alarmó. Las comadrejas pueden ser muy engañosas, son carnívoras, pero no son muy sagaces, los chicos eran su presa ideal, no duraría mucho la lucha para ella, pero eso hubiera atormentado a mis visitantes. Tenía la opción de traer a un depredador más grande a por ella o… traer a un depredador más grande a por ella, pero eso me hubiera metido en problemas.
— Piensa, piensa, piensa —me demandé —. ¡Ya sé! Voy a asustarlo con un sonido y pondré una presa para ella.
Repetí la estrategia de la fruta con el murciélago y con unas nueces llamé la atención de un pequeño ratón al camino de la comadreja.
— Funcionó.
— ¡Héctor, levántate! ¡Hay un oso en el campamento! —gritó el antropólogo a su compañero, lo cuál alarmó al oso.
— Oh no —pensé.
Héctor se levantó de prisa y se colocó detrás de su colega.
— Alan, ¿qué vamos a hacer? —preguntó atemorizado a su compañero que estaba firmemente protegiéndolo, dispuesto a luchar.
— No sé, tranquilízate porque lo vamos a hacer enojar —Susurró Alan a su amigo sin desviar los ojos del depredador.
Héctor trató de recuperar la calma respirando, cubrió su boca con sus manos para no hacer mucho ruido. No querían meterse con ese oso. La verdad es que el oso tampoco quería meterse con ellos. Sólo quería la comida que traían. Corrió tras las mochilas, los chicos pensaron que los atacaría. Alan tomó una piedra de tamaño medio y con gran habilidad, la arrojó y golpeó al oso en el ojo. Esto lo lastimó, pero también lo hizo enfurecer. Héctor, por su parte, corrió hacia las plantas más densas.
— ¡Corre, Alan!, ¡ese oso nos va a comer! —gritaba mientras huía y movía las plantas con sus manos. Se lastimó varias veces, pero confiaba en que Alan le estaba siguiendo el paso, pero Alan estaba paralizado frente a la bestia. Sabía que sólo yo podía ayudarlo.
El oso levantó sus brazos y se dirigió a Alan con intención de atacar. Los osos no son muy rápidos, pero el horror que provoca tener un oso frente a ti, no te permite si quiera pestañear. No había nada que pudiera yo hacer que tuviera los efectos inmediatos que necesitaba en esta ocasión. Necesitaba actuar. Tomé a Alan con una enredadera de pasiflora mientras molestaba al oso con ayuda de los arbustos que estaban ahí. Héctor encontró un refugio en una cueva natural cubierta de plantas. Llevé a Alan lo más lejos que pude y lo arrojé en el suelo esperando que pronto recuperara su estado alerta y huyera hacia la misma dirección que hizo Héctor. Tardó un poco, lo que le dio desventaja contra el oso. Pero los arbustos habían entorpecido su camino, además de que Héctor era una persona muy hábil y fuerte, por lo que no tuvo problemas para huir. Corrió una considerable distancia hasta que se encontró con una cueva cubierta por plantas. Héctor estaba ahí.
— ¡Amigo! —expresó Alan al encontrar a su compañero de viaje dentro de la cueva— Qué alivio que estés aquí. ¡Me pasó la cosa más extraña! —agregó mientras recuperaba el aliento.
— ¿Estás bien? Se acercó Héctor para asegurarse que su amigo no estaba herido.
— Estoy bien, tú no lo estas —respondió Alan viendo las llagas de las manos de Héctor por mover plantas.
— No es nada. ¿Qué fue lo que pasó? —Alan comienza a hablar sin pensarlo—. Creo que quien me salvó fue la selva. No había nada que me pudiera sacar de esa situación con vida, Héctor. Nada —dijo aún atemorizado por lo que acababa de ocurrir—. La selva me salvó ¡con sus plantas! ¡Las plantas se movían por todos lados, las plantas distrajeron al oso y me sacaron a mí de ahí! —concluyó con la esperanza de que Héctor entendiera lo que él decía.
—Seguro fue la adrenalina, necesitamos dormir —contestó Héctor encontrando la posición perfecta para acostarse—. Cuando salga el sol regresamos por nuestras cosas. Después seguimos buscando Pek —dijo mientras se volteaba para darle la espalda a su colega.
Alan, decepcionado por lo que acababa de suceder, busca también un lugar para dormir y continúan con su descanso ambos. La noche no sabe de amigos o enemigos, la noche acecha a quien sea más débil, pero esta vez no pudo con ellos y mi secreto sigue a salvo.
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