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El presidente frente a la crisis

  • Eliot Jiménez
  • 31 mar 2020
  • 2 Min. de lectura


La actitud del primer mandatario ante la crisis que provocó la pandemia era previsible: sí podía saberse, pues. Millones de ciudadanos regresaron a verlo esperando encontrar un norte, un ejemplo de lo que se tenía que hacer frente a la creciente presencia del virus que se propagaba a la misma velocidad que el miedo: hallaron un presidente despreocupado. Hallaron que no escuchaba las advertencias y que la tranquilidad con que se presentaba ante los medios de comunicación contrastaba con la gravedad de los discursos pronunciados por los mandatarios europeos.


Los confundidos ciudadanos se encontraron con que el presidente hacía gala de una de sus más peculiares características: la terquedad. Es fama entre sus cercanos —y sus no tan cercanos— que si el presidente cree algo (sin importar si es impreciso, sesgado o hasta anticientífico) es sumamente complicado hacerlo cambiar de opinión. Pero él sostiene que eso no es un defecto, es más bien una cualidad: una de las valiosas herramientas que lo ayudaron a estar hoy donde está.


En vista de la actitud presidencial, algunos ciudadanos se preocuparon y en algunas ciudades se emprendieron acciones —unas con cierto orden, otras no tanto— que no eran sugeridas por el gobierno federal, sino por los gobiernos locales o por iniciativa de la propia sociedad civil. En ese sentido, las críticas hacia el primer mandatario y su pasividad frente a la crisis comenzaron a ser más numerosas y más incisivas. Entonces, el presidente hizo lo que sabe hacer muy bien ante las dificultades: confrontó a la prensa, repartió culpas e hizo lo posible por minimizar la problemática. Y es que, aunque golpeado por un reciente decremento en su popularidad, el primer mandatario aún se sabe fuerte y respaldado por el pueblo. Y razón no le falta, pues aún goza de una popularidad envidiable para muchos jefes de estado, a pesar de los varios errores que ha conocido durante su administración.


Pocos días después, los ciudadanos fueron testigos de cómo la actitud gobierno federal cambió de un día para otro. Si bien es cierto que ya se habían ordenado varias medidas para frenar la propagación del virus, el discurso y las acciones implementadas carecían de la seriedad que el problema merecía. Este retraso se debió quizás a que quienes lo rodean, entre miembros del gabinete y asesores, no se atreven nunca a contradecir a su superior tajantemente (¿alguien se atrevería a hacerlo con su jefe?); solamente cuando prevén que las consecuencias de una necedad pueden ser desastrosas, recurren a la insistencia y a la perseverancia hasta que logran hacerlo entrar en razón. Fue así como después de las críticas y los señalamientos y el retraso, el gobierno finalmente tomó medidas serias para enfrentar la que será la mayor crisis de salud pública durante su gobierno.


Así pues, esta es la historia —aún inconclusa— de cómo, con el mayor número de infectados a nivel mundial y con más de 3000 muertes en el país que gobierna, el presidente Donald Trump afronta la crisis por la pandemia causada por el Coronavius.


 
 
 

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