top of page

La cuarentena y los Otros Días

  • Orígenes Romero
  • 5 abr 2020
  • 3 Min. de lectura

La ciudad no para completa. La cuarentena impuesta por la pandemia de coronavirus le ha dado al mundo una lección sobre la otredad que al mexicano le es familiar. Mantener la calma durante el encierro prolongado desafía a cualquiera; se pierde la cuenta de los días tradicionales, pero afortunadamente los mayas nos legaron la medición de otros días: en Mesoamérica coexistían diferentes calendarios.


Muchos mexicanos, herederos inconscientes de la sabiduría indígena, utilizan una unidad de medida singular, que permite depositar hechos ocurridos con anterioridad en un pasado remoto, místico. “El Otro Día” es aquel espacio del tiempo donde la mexicanidad coloca los acontecimientos cuya unicidad es, de todos modos, intrascendente; de lo contrario le llamaríamos “cita” y le pondríamos fecha. Uno dice “el otro día fui al médico”, pero jamás “el otro día me operaron”, pues las advertencias verbales de los galenos no resultan tan terminantes como sus intervenciones físicas.


México, espacio involuntario de la alteridad, contiene muchos Méxicos. Estos sitios donde no puede realizarse La Cuarentena, sino otras formas del reposo y el distanciamiento. Algunos mexicanos hemos vivido otra(s) cuarentena(s). (El calendario maya tiene distintas rutas de interpretación). Sin embargo, nadie escapa de los “Otros días”, cuando “otras cosas” suceden. Lo demuestro a continuación.


El otro día compré un pan de caja que se promociona como artesanal pero que lleva impresa una fecha de caducidad (el capitalismo ha permitido que los osos polares panaderos estampen límites calendáricos a las hogazas que salen de sus hornos). Cuando lo probé en compañía de mi padre nos sorprendió el fuerte olor a levadura. Mi progenitor tuvo una peculiar manera de expresar su descontento ante el control de calidad de la panificadora. A los pocos días el hedor se volvió insoportable, tiramos lo que quedaba del producto que, dicho sea de paso, no estaba enmohecido. La peste existencialista llegó a mi hogar sin cuarentena en forma de coronavirus y alimentos rancios.


El otro día -me sigue siendo imposible precisar la fecha-, papá revisó los huevos orgánicos que compró algún otro día. Convenimos en colocarlos sobre un recipiente lleno de agua para corroborar la factibilidad de unos huevos revueltos: la mayoría estaban podridos. Sobrevivieron como tres. Decir “podrido” me recordó a la política mexicana, escribir “como” me vuelve sobre la inexactitud connacional.


Dicen que Dalí pronunció alguna vez estas palabras: “nunca volveré a un país más surrealista que mis pinturas”; lo cierto es que antes de Dalí, el máximo exponente del surrealismo fue André Breton y fue este último quien, en 1938, nombrara a México como “el país más surrealista del mundo”. El artista francés encargó una mesa a un carpintero mexicano que la entregó sin comprender de perspectivas: las patas eran de distinto tamaño.


El otro día comprendí que sí: somos surrealistas. En redes sociales circulaba una noticia sobre una avioneta surcando los cielos tapatíos llevando un mensaje musical digno del Ejército de Salvación: Ay, Jalisco, no te rajes. La canción compuesta por Manuel Esperón y Ernesto Cortázar fue utilizada por algún jalisciense bienintencionado como himno de batalla ante la catástrofe.


Mi padre creyó que fue iniciativa del gobernador, pero el otro día me dijo que escuchó que la idea provino del sector privado. Otras personas, otros días, convocaron a entonar la melodía a las 9:00 de la noche este domingo. En medio de la pandemia algunos ya pudieron consultar el calendario. Su sana distancia viaja lejos, llega a las alturas.

 
 
 

Comentarios


¡Sigue a Epílogo!
  • Black Twitter Icon
  • Black Instagram Icon
  • Black Facebook Icon

Revista Epílogo © 2016

bottom of page