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El pueblo ¿bueno, sabio y solidario?

  • Eliot Jiménez
  • 25 abr 2020
  • 3 Min. de lectura

Casi todos hemos escuchado la anécdota —varios inclusive creímos la mentira— de que alguna vez se llevó a cabo un concurso de himnos nacionales en el que el mexicano obtuvo el segundo lugar, solo detrás de La Marsellesa. La prueba irrefutable de la falsedad de esta anécdota es la curiosa reproducción de la misma en diferentes países de Latinoamérica, donde la única variante es el segundo puesto, el cual siempre es obtenido por el país de origen de quien la refiere. Así como este, podemos identificar otros mitos tan carentes de exactitud y que se encuentran similarmente enraizados en el imaginario colectivo nacional y que forman ya parte de ese ente abstracto que llamamos mexicanidad.


El mito que viene a tema en estos días de cuarentena es el que proclama que, por alguna razón, el pueblo mexicano es notablemente bueno y solidario por naturaleza. Esta atractiva idea confronta a la otra más racional: la que nos indica que el pueblo mexicano tiene entre sus filas, al menos, en proporción, a tanta gente malvada, egoísta e ignorante como el resto de los pueblos. Y escribo al menos porque la desigualdad que azota a nuestro país, prácticamente desde su creación, juega en ocasiones un papel de agravante en cuanto a maldad se refiere. Y, en contraparte, podemos asumir que los mexicanos guardan, en el mejor de los casos, una igual proporción de gente buena, solidaria, altruista y generosa que el resto de los pueblos.


En los días recientes, se han multiplicado los ejemplos de actos solidarios, de buena voluntad y desinteresados. Sin embargo, no se debe ignorar a los otros, más preocupantes y casi igual de frecuentes: amagos de quemar hospitales que atienden a pacientes de COVID-19, agresiones a personal que labora en centros de salud, patrones que desconocen sus obligaciones para con los trabajadores, esos despreciables que empecinada y diariamente pretenden sacar raja política a partir de la crisis, los que aprovechan la vulnerable situación en que se encuentra la sociedad para abusivamente hacer su agosto, los que ignoran las medidas de prevención y llevan a cabo reuniones sociales y actividades de recreo, etcétera.


Comprar el mito del mexicano bueno y solidario —y de que su bondad y solidaridad se acentúan durante las crisis— es andar por un camino incierto y peligroso, y el riesgo de andarlo se incrementa cuando quien lo afirma es alguna autoridad o algún gobernante. Muchas veces, este discurso puede ser (y lo es con frecuencia) utilizado con fines demagógicos. Debemos preguntarnos, entonces, si en esos casos no se trata más bien de una argucia, tan vieja como la misma política, con la que se pretende exaltar al pueblo gobernado para convencerlo de que es superior, y de que, por lo tanto, sus gobernantes también deben serlo.


Otro tanto sucede con esa afirmación que dicta que el pueblo mexicano es notablemente sabio. Es evidente que quien afirma que los mexicanos somos preeminentemente sabios está diciendo tácitamente que esa sabiduría no nos es proveída desde la educación, ya que, lamentablemente, de acuerdo a la OCDE solo el 18% de los mexicanos de entre 25 y 64 años cuentan con educación superior, cifra que contrasta con el 56% de Canadá o el 50% de Japón. ¿Entonces cómo explican los propagandistas del mito mexicano-sabio el origen de esa destacada sabiduría? Quizás crean y pretendan que creamos que nos es dada por naturaleza, así como la bondad y la solidaridad; lo que no explican nunca es que esta afirmación tiene su origen en un sentimiento francamente nacionalista; y tampoco advierten que todo nacionalismo tiene una raíz oculta y profunda que se llama racismo.


Es cierto que hay millones de mexicanos llenos de grandes cualidades que en la actual pandemia o en la anterior o cuando los terremotos del 19 de septiembre, mostraron su lado más humano y generoso, e hicieron lo posible por disminuir los daños y ayudar a los más vulnerables. Pero también los hay (y los hubo antes y los habrá para el futuro) esos que no son buenos ni sabios ni solidarios y que, al día de hoy, desgraciadamente, parecen ser una mayoría.

 
 
 

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