En México no sólo se comen vacas: la pandemia desde la subalternidad (Parte 3)
- Orígenes Romero
- 30 abr 2020
- 3 Min. de lectura

Esta entrega cerrará la serie de artículos en los que he reflexionado acerca de la pertinencia de que no sean aplicadas las ideas de los filósofos que han rondado por estos textos; Latinoamérica -y en general todo el mundo “subdesarrollado”- tiene el derecho de pensar por sí misma la pandemia de COVID-19.
Se ha expuesto hasta aquí algunas razones por las que resulta inadecuado el trasplante de las reflexiones de Zizek y Byung Chul-Han. Por otro lado, se ha reconocido que la estadunidense Judith Butler ha aportado algunos razonamientos de gran valía para este asunto. Seguimos.
Una idea que confronta a el esloveno con el coreano es la individualización -o no- derivada del uso de cubrebocas y el confinamiento forzado. En este último punto ya se expuso que, ante la imposibilidad de que los mexicanos se queden en casa, no será esto un incentivo para lo individual; el primero tiene, por más simple que parezca, muchas aristas.
El uso de máscaras cabe en todas las sociedades y a través de cada clase social por igual. Cubrir el rostro es un acto milenario que pervive en la actualidad. Tiziana Bertaccini exploró el aspecto ritual de la lucha libre en Ficción y realidad del héroe popular (CONACULTA, 2001), llegando a la conclusión de que la división entre “rudos” y “técnicos” no es otra que la oposición entre bien y mal; mientras que los espectadores, catárticos, vociferan imprecaciones que serían mal vistas en un escenario distinto al lugar donde se efectúa el rito.
Una máscara dota al portador de una carga simbólica-histórica, pues se convierte en heredero del personaje representado y de la historia de los que han sido sus representantes. Esta operación sucede en todos los estratos sociales, ya que en cada uno existe la necesidad de justificarse como perteneciente a una tradición. Así las máscaras tribales, así las del Carnaval de Venecia.
En la Francia del siglo XVII, Luis XIV se convirtió en “El Rey Sol”. En la ya clásica película El hombre de la máscara de hierro, donde Leonardo DiCaprio personifica al monarca, pudimos ver la importancia de usar la máscara adecuada. Un antifaz dorado lo convertía en rey, mientras que un artefacto opaco y rudo le confinaba a la prisión y al ostracismo.
Byung Chul-Han consideró que el cubrebocas actuará como una supresión de la identidad, sin embargo, su hipótesis no encaja con la realidad de el Ejército Zapatista de Liberación Mundial (antes EZLN), para cuyos fines, el pasamontañas ha sido una herramienta de supervivencia. El “filósofo que piensa desde Berlín” no ha tenido la necesidad de ocultarse pues sus derechos individuales están garantizados; mientras que los zapatistas se ocultan en la colectividad porque saben que la unión hace la fuerza.
Por otro lado, a la manera de el hombre de la máscara de hierro, la indumentaria zapatista ha generado miedo y el natural rechazo derivado de este sentimiento. La gente teme a lo que no puede ver, lo mismo ocurre con el nuevo enemigo invisible: el coronavirus.
La Europa de Zizek y Byung Chul-Han es de suyo individualizante, no pueden culpar al uso de cubrebocas de ser el factor decisivo de este proceso pues ya venía en marcha; será simplemente la punta de lanza que los gobiernos fascistas y xenófobos utilizarán para la consecución de sus fines.
En países como México, el utilizar una tela para taparse el rostro podría ser un agente de unificación; sin embargo, no es tal, pues incluso cubrirse la boca puede convertirse en un gesto de clase si el capitalismo se inmiscuye. Ya dijimos antes que las máscaras son comunes en todo estrato social, empero, ante la urgencia del capitalismo por separar -como agua y aceite-, los ricos de los pobres han aparecido artículos de corte fashionista.
Abundan en el mercado los cubrebocas estilizados y hasta disfrazados de Gucci, para aquella sección de la población que intenta acercarse a quienes acumulan el capital. De tal suerte que el ejercicio de La Calavera Garbancera de Posada (rebautizada por Diego Rivera como La Catrina), resulta útil solamente en sus últimas consecuencias.
El 20% de los infectados de COVID-19 utilizarán una máscara especial que les permitirá una respiración artificial. 8 de cada 10 de estos enfermos graves caerán en la máxima del caricaturista mexicano: la muerte nos despoja de las apariencias y las máscaras.
Lo expuesto hasta no pretende abundar en demasía o descubrir el hilo negro, sino invitar a la deseuropeización de las reflexiones que ha suscitado esta pandemia. Es válido preocuparse desde las ciencias sociales, no podemos negarlo, pero resulta elemental comprender los entresijos del capitalismo detrás del COVID-19.
La urgencia debe concentrarse en no caer en una doctrina del shock (a la manera de Naomi Klein) que pudiese permitir un auge de políticas de un ultranacionalismo enfermo; por otro lado, urge prevenirse de un final distópico en el que una enfermedad aún más letal que el COVID-19 provoque que los ricos se encierren en un búnker mientras los pobres mueren.
La invitación a repensar desde abajo queda abierta…
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