Abrazarnos
- Marco Sandoval
- 6 may 2020
- 3 Min. de lectura

¿Cuándo fue la última vez que abrazó a una persona amada sin detenerse a pensar cuándo sería el próximo abrazo? Estoy dispuesto a apostar, sin miedo a perder, que desde el comienzo del distanciamiento social le ha cruzado esta duda a más de uno por la cabeza.
Y es que estos tiempos no son nada sencillos. Apenas comenzando el año, el mundo se percató de la existencia de un nuevo virus, altamente infeccioso y con la capacidad de matar. Los pormenores todos los conocemos: la televisión, las redes sociales, las autoridades; todos lo llevan en boca cada minuto. Nos cayó como una cachetada a nuestra vanidad humana, puso en jaque a todas las naciones, empresas grandes y pequeñas, a algunos nos ha hecho reconocer lo frágiles que somos, con un breve respiro de la naturaleza se puede ver amenazado todo eso que construimos y de lo que tanto nos sentimos orgullosos.
Avanzado el año y como consecuencia indirecta de esta nueva enfermedad, los mercados más importantes se comenzaron a desplomar, y como humanos aún arrogantes, entramos en guerra de nuevo, esta sin armas sino con precios y especulación. Generamos una crisis sobre otra crisis. Para rematar, en México, veníamos ya cojeando, mayormente a causa de una administración bastante cuestionable, sí, aunado a una polarización causada por todos los actores, humanos al fin, arrogantes.
Existe una antigua maldición china que dicta: Te deseo que vivas en tiempos interesantes. Con el breve contexto que he introducido nos percatamos que definitivamente vivimos esta maldición.
Y sí, somos orgullosos de lo que creamos, también somo arrogantes en cuanto a nuestras capacidades, ciegos ante el embiste de la existencia, frágiles e insignificantes ante este azar que se empeña en gobernarnos. Por supuesto que necesitábamos esta cachetada, apenas y quién sabe cómo salimos vivos de las tres grandes guerras del siglo XX y, justo en los albores del siglo XXI, pareciera que olvidamos todo y regresamos a los vicios, a la polarización, a ver al vecino, al compañero, al hermano como un ajeno. Incluso parece que nos condenamos nosotros mismos a cometer una y otra y otra vez los mismos errores. No somos más que Sísifo llevando la piedra a la cima todas las veces, y una más.
Y sí, somos esta civilización apenas en pañales: berrinchudos, pataleamos, lloramos y gritamos: imperfecta a cuál más.
Pero, como dijese Camus: “hay que imaginar a Sísifo sonriendo”. También somos empáticos, miles de ciudadanos dedicados a la salud pública salen a la calle todos los días y arriesgan su vida. Los otros hacen su parte desde casa, poniendo su granito de arena para que nuestra civilización no se desmorone. Millones de humanos dedicados a una sola tarea: tener un día más para sonreír. Tener un día más para crear maravillas que asombren y mejoren nuestra vida. Tener un día más para ayudar. Tener un día más para entregarnos al prójimo. Tener un día más para elegir amar.
Claro que nos encontramos muy lejos de aprender completamente de nuestros vicios y evitarlos, pero cada vez estamos más cerca. Aprendamos de los grandes hombres y mujeres, de aquel que dijo que todos éramos uno mismo y si nos abofeteaban pusiéramos la otra mejilla. Del que dijo tener un sueño en el que vivíamos como iguales. De aquella mujer que dio su vida por los menos favorecidos. Aprendamos de todas las personas que día a día se levantan con la intención de hacer del lugar en el que viven un lugar mejor, de los que no se rinden, de los que ya se rindieron también.
Eliot Jiménez llegó a decir en esta misma revista que nos encontrábamos en la mejor época para estar vivos. Y sí. Aún con lo interesante de estos tiempos.
Si de alguna virtud humana estoy completamente seguro es esa que tenemos de, aún estando contra las cuerdas, tirados y pisoteados, con toda la abrumante existencia sobre nosotros, siempre encontramos la manera de levantarnos y aguantar otros golpes más.
El día de mañana podremos correr y abrazar a esas personas que amamos. Por eso luchamos los que luchamos, porque hemos decidido amar.
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