La admiración de la pericia y el menosprecio de la inclemencia
- Alceste
- 6 may 2020
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Un basquetbolista se dispone a calcular la distancia entre su cuerpo y la canasta. Enjuicia su capacidad psicomotriz, prevé la longitud de la curvatura con la que aplicará determinada fuerza, en consecuencia, con base a dicha interpretación logra encestar. Dichoso portento fruto de la razón aplicada. Y yo aquí, comiendo naranjas mientras él una y otra vez encesta, encesta y encesta. Si pudiera ver mis ojos diría que estos irradian admiración y tristeza, la primera por la pericia y la segunda por una extraña relación patológica con mi pasado, en fin.
Venir a este gimnasio a conciliar el sosiego fue una grata idea. Así me alimento mientras inspiro mi contingencia por algo bello y humano, pues ya tan hastiado estaba con la naturaleza y suficiente tengo con los actos nada admirables que mi rutina presencia. Como cuando un truculento señor de las falacias aparece en todas las pantallas, invadiendo mi tranquilidad. La mordacidad de su discurso hegemónico disfrazado de compasión enerva a la razón. Personas como esa se oponen a lo que el absorto deportista hace. Este me inspira, el otro me causa repudio.
Si todos nos pasáramos el tiempo ocupados comiendo naranjas o practicando baloncesto, los individuos no andarían queriéndose aplastar los unos a los otros, real o simbólicamente, qué más da. La humanidad sucumbe ante una neurosis colectiva consecuencia de su constante alienación. No soy psicólogo para dar tal diagnóstico de forma acérrima, mas me baso en mi realidad donde las dosis de estrés que las victimas acarrean son inmensas. Y todo es culpa de las falacias reales, no las del texto estéril, sino las que operan en la realidad como una vil contradicción entre pensamiento y acción. Ellas se manifiestan en los discursos que pregonan los señores caducos y en los gritos ensordecedores de la rebeldía irracional.
Sin embargo, no importa qué haga o qué diga, la elite farandulera que dirige los principios de la humanidad es de vientre fuerte y espíritu débil. Quizás dejar de creer que esas cosas son naturalmente así, sea la verdadera manera de avivar su espíritu o refrenar sus apetitos voraces. Quizás muchos quizás tampoco sean la solución, la truculenta gente seguirá siendo realmente falaz, el basquetbolista seguirá encestando con suma maestría y yo seguiré aquí, disfrutando del sabor de las naranjas, ricas en vitamina C. El mundo seguirá a su ritmo y nosotros al nuestro, ¿he dicho nosotros? Me reitero, aquellos, yo iré al propio, a uno lento y silencioso.
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