Las Olas
- Marina Ferreyra
- 12 may 2020
- 3 Min. de lectura

Miedo y paz, dos palabras que definen las sensaciones que me produce el mar, el océano, el piélago, el ponto. Esta masa de agua salada que cubre casi tres cuartas partes de nuestro planeta, desde que era niña, produce en mí estas dos sensaciones tan duales y tan mágicas.
El miedo forma parte de nuestra supervivencia, es algo con lo que constantemente nos encontramos: altera nuestros sentidos, nuestra percepción, nuestras decisiones. El mar me produce miedo, como muchas cosas, porque no sabemos qué hay dentro de él, su profundidad abruma, la oscuridad abruma, el peligro de las olas, el misterio de su forma y su tamaño. Le tememos a lo desconocido, nos asusta, pero cuando estamos en la orilla, respiramos, escuchamos el sonido de las olas y sentimos la arena mojada y fría en nuestros pies, experimentamos paz, tranquilidad, equilibrio.
Las olas, una tras otra, con espacios de silencio entre ellas, son como los cambios, que llegan, a veces más grandes, a veces más pequeños, pero siempre llegan y rompen la rutina en nuestra vida. Hoy, parece que estamos atrapados dentro de una ola que rompió muy fuerte y nos arrastró a lo profundo, a lo oscuro. Nos vamos hundiendo y se acaba el aire, pero hay personas, cosas, momentos, recuerdos, que nos ayudan a salir a la superficie de vez en cuando para tomar aire, como salvavidas.
“De la misma manera me parece que esto son libros en la pared, y esto una cortina, y esto quizá sea un sillón. Pero, cuando tú llegas, todo cambia. Las tazas y los platos han cambiado, cuando tú has llegado esta mañana. No cabe la menor duda, he pensado, mientras echaba a un lado el periódico, de que nuestras mezquinas vidas, pese a ser feas, sólo se revisten de esplendor y adquieren significado cuando las contemplamos con los ojos del amor”.
El mar representa a la vida (nuestra vida), las olas al movimiento dentro de la misma, o al menos eso fue lo que asimilé al leer la hermosa novela “Las Olas”; la cual, en estos tiempos de encierro, cumplió como un recurso de salvación de mi mente, de mi cordura, que se encontraba en un mal estado causado por toda la ansiedad, tristeza e impotencia que trae la incertidumbre de un futuro incierto en mí.
Como Bernard, tengo una pasión tan grande por algo que nunca llegaré a terminar y tengo una libreta llena de frases que nunca diré. Como Susan, la rutina de las simples cosas me fascina. Como Rhoda he querido formar parte de un grupo, he imitado posturas, he deseado lo ajeno, he sufrido de burlas. Como Louis he callado, he presumido, he pasado inadvertido. Como Jinny he mirado el espejo, me he polveado la nariz, me he comparado, me han volteado a ver. Como Neville he comprendido la soledad y me ha gustado, y como a Percival, me persigue la muerte.
Los soliloquios de los seis personajes en la historia son un bello recuerdo de la brevedad de nuestras vidas, de vivir en el presente, de cómo nuestras vidas forman una sola ola y acaban en el mismo punto.
“Las Olas” fue la penúltima novela escrita por Virginia Woolf, considerada para muchos la última, por la relación de su muerte con la misma, y con la obsesión de la autora con el agua.
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