Antes sí había homosexuales: Rimbaud y Verlaine
- Orígenes Romero
- 18 may 2020
- 4 Min. de lectura

Hace algunos años, cuando yo pretendía escribir poesía, mi maestra de la preparatoria, la poeta jalisciense Leticia Cortés, me incorporó a una dinámica en Facebook, tenía que publicar un poema de un autor asignado por ella: me sugirió a Rimbaud. Yo encontré un breve texto: “El mal”, perteneciente a sus Poesías (1863-1869). También traducido como “El dolor”, -título más apegado al sentido del francés, “Le mal”- me condujo a pensar en la Guerra, así con mayúsculas. Evoqué imágenes distintas a las que me surgen al releerlo hoy. Esta es la primer estrofa:
Mientras los rojos escupitajos de la metralla silban todo el día por el azul cielo infinito; mientras escarlatas o verdes, junto al Rey que burlón ríe, se desploman bajo el fuego batallones en masa;
Jean Nicolas Arthur Rimbaud nació en Francia, el 20 de octubre de 1854. Perteneció al famoso grupo de Poetas malditos, como los bautizó Verlaine en un ensayo homónimo. Eran sus integrantes: Tristan Corbière, Arthur Rimbaud, Stéphane Mallarmé, Marceline Desbordes-Valmore, Auguste Villiers de L'Isle-Adam, y "Pauvre Lelian", anagrama del propio Paul Verlaine. No fue difícil entender por qué me habían encomendado compartir la poesía de Rimbaud. el ilustre francés escribió toda su obra antes de los 21 años: yo tenía 20 en ese entonces. Así fue como conocí al poeta que, desde los 17 años, ya era alcohólico y asiduo al hachís.
Es conocida en el mundo literario la tormentosa relación amorosa de Rimbaud y Paul Verlaine, quien incluso abandonó a su esposa e hijo pequeño, que padecían sus maltratos. Arthur y Paul se fueron a Londres en septiembre de 1872, y al año siguiente se separaron. Verlaine se marchó a Bruselas y el dolido Rimbaud fue tras él. Ya desde el siglo XIX existían los homosexuales que, por culpa de una sociedad intolerante, se veían obligados no a ocultar sus preferencias sino a “repensarlas”. Así, Paul Verlaine -que trataba de recuperar a su esposa e hijo-, tras una fuerte discusión, le disparó a Rimbaud en la muñeca. El agresor fue arrestado, acusado de tentativa de homicidio, agravada por las acusaciones de su esposa respecto sus relaciones sentimentales con otro hombre. Y, a pesar de que Rimbaud retiró la denuncia, Verlaine pasó dos años de prisión. Rimbaud fue a casa de unos parientes y escribió la única obra que vería publicada, “Una temporada en el infierno”:
Antaño, si mal no recuerdo, mi vida era un festín donde se abrían todos los corazones, donde todos los vinos corrían. Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. —Y la encontré amarga.— Y la injurié.
Después, derrotado, dice:
Logré desvanecer de mi espíritu toda esperanza humana. Sobre toda alegría para estrangularla di el salto sordo de la bestia feroz.
Rimbaud, dolido, maldijo a su sociedad por no dejarlo amar, y a su amado por haberlo abandonado:
Y la primavera me trajo la horrenda risa del idiota.
Se volvieron a ver en Alemania en 1875, cuando Verlaine recuperó la libertad. Éste recordó a Rimbaud de manera distinta en Los poetas malditos (1888):
Con gozo hubimos de conocer a Arthur Rimbaud. Hoy, muchas cosas nos separan, sin que, claro está, haya nunca faltado o disminuido nuestra profunda admiración por su genio y su carácter. En aquella época, relativamente lejana, de nuestra intimidad, Arthur Rimbaud era un niño de dieciséis o diecisiete años, ya por entonces afianzado a todo el caudal poético, que sería menester que el público conociera, y del cual ensayaremos un análisis al tiempo que citemos cuanto nos sea posible. Físicamente era alto, bien conformado, casi atlético; su rostro tenía el óvalo del de un ángel desterrado; los despeinados cabellos eran de un color castaño claro y los ojos de un azul pálido inquietante.
Pero Verlaine va más allá en sus esfuerzos transgresores, en “Aunque no esté parada”, dedica una oda al pene de Rimbaud. En ella, cuestiona al interpelado, pero también a sí mismo, pues recordemos que quiso volver con su esposa: “¿mi culo o concha? Elige dueño mío.” Cuando escucho a alguien decir que “antes no había homosexuales”, recuerdo la célebre fiesta de los “41” hombres travestidos en tiempos de Díaz, la celda “J” y la palabra “joto”. Pero también me acuerdo del poema titulado “Primavera”, donde Verlaine, poeta francés del siglo XIX presenta una escena lésbica:
Tiernamente la joven mujer de cabello rojizo Conmovida ante tanta inocencia Le dijo a la rubia muchacha Estas palabras en suave voz "Savia que se eleva; flores que se abren tu juventud es una glorieta permite a mis dedos vagar por la hierba donde se estremece el capullo de la rosa Déjame por entre el herbaje puro Beber las gotas del rocío Que humedece a la tierna rosa...
En “No blasfemes, oh poeta”, Verlaine descubre la homosexualidad en la realeza:
Los Valois enloquecían por los machos, y en nuestra era la aburguesada y femenina Europa a su pesar admira al rey Luís de Baviera, ese rey virgen cuyo corazón solamente por los hombres palpita.
Así, Verlaine nos demuestra que diversidad sexual ya había, represión también. Por ende, resulta inconcebible en el siglo XXI aquel argumento que dice: “antes no era así”, porque sí, antes sí era “así”. Siempre ha sido “así”. Volvamos al presente. El día de ayer, 17 de mayo, se celebró el Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia. Se conmemoraron 30 años de que fuese eliminada la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales de la OMS. Aún falta camino por recorrer. Bibliografía https://trianarts.com/arthur-rimbaud-el-mal/#sthash.ZG72ZGmw.dpbs Verlaine, Paul. Los poetas malditos, (1888) Verlaine, Paul Poemas digitalizado por http://www.librodot.com
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