La generación iconoclasta
- Orígenes Romero
- 24 jun 2020
- 4 Min. de lectura

El primer semestre del 2020 ha sido caótico, siendo la pandemia de coronavirus el problema en el que se ha centrado la atención, pero también es notable la cantidad de protestas en todo el mundo, motivadas por diversos conflictos. A estos movimientos, los ha acompañado un espíritu iconoclasta: la destrucción o alteración de estatuas y monumentos históricos.
El diccionario de la Real Academia Española refiere que la palabra “iconoclasta” proviene del “latín tardío iconoclastes”, y este a su vez del griego bizantino eikonoklástēs, que significa 'rompedor de imágenes'. Por otro lado, el término es aplicable al “seguidor de una corriente que en el siglo VIII negaba el culto a las imágenes sagradas, las destruía y perseguía a quienes las veneraban”; León III el Isaurio, ordenó la destrucción de imágenes del culto cristiano; paradójicamente permaneció el culto al emperador de Bizancio.
La palabra iconoclasta ha mutado hasta convertirse en un adjetivo para designar a quien “niega y rechaza la autoridad de maestros, normas y modelos”. Así, en nuestros días las mujeres que participaron en una marcha feminista negaron la autoridad del mal llamado Ángel de la Independencia; mientras que hace poco, en San Francisco, manifestantes en contra del racismo derribaron la estatua del misionero fundador de las Californias, Fray Junípero Serra (recientemente canonizado), y vandalizaron el busto del padre de la novela moderna en lengua castellana: Miguel de Cervantes. La embajada de España en los Estados Unidos expresó su dolor ante el suceso.
¿Cómo explicar que alguien ose profanar edificaciones que han sido sacralizadas por la sociedad? Un monumento sirve como elemento cohesionador, que otorga identidad ciudadana, regional o nacional según sea el caso. Su función no es decorativa, sino anímica: cuando gana nuestro equipo de fútbol, nosotros sabemos dónde celebrar la victoria.
El problema aparece cuando los monumentos pierden su carácter de unificador nacional, cuando la población ya no se siente identificada o representada por una pieza escultórica o un conjunto arquitectónico. Sucedió con la Bastilla, aquella temible prisión que hoy en día es una plancha por donde caminan cientos de franceses; lo mismo con Punta Carretas, la prisión de la dictadura en Uruguay que se convirtió en un centro comercial: en ambos lugares la gente pisa muertos para olvidarlos.
A pesar de que abundan ahora los hijos del positivismo de finales del siglo XIX, enceguecidos por el desarrollismo, o aquellos de avanzada edad cuyos tiempos “fueron mejores”. Tomás Eloy Martínez, en Periodismo y narración: desafíos para el siglo XXI (2002), escribió un párrafo que ilumina con esperanza esta era, reconociendo el papel de los conflictos sociales como catalizadores de grandes momentos:
Los tiempos difíciles suelen obligamos a dar respuestas rápidas y lúcidas a las preguntas importantes. Cuando Atenas produjo las bases de nuestra civilización, afrontaba conflictos políticos y padecía a líderes demagógicos semejantes a muchos de los que hoy se ven por estas latitudes. Y, sin embargo, Aristóteles imaginó las premisas de la democracia a partir de los rasgos que tenía entonces Atenas. En el siglo XVII nadie podía imaginar tampoco hacia dónde se encaminaba Inglaterra. Se sucedían las guerras de religión y de conquista, los reyes iban y venían del cadalso, pero del magma de esas convulsiones brotaron las grandes preguntas de la modernidad y las geniales respuestas de Locke, de Hume, de Francis Bacon, de Newton, de Leibniz y de Berkeley. Del caos de aquellos años nacieron las luces de los tres siglos siguientes.
Enzo Traverso, en El pasado, instrucciones de uso, distingue entre “memorias fuertes” y “memorias débiles”. Afirma que existen “memorias oficiales, alimentadas por instituciones, incluso Estados, y memorias subterráneas, escondidas o prohibidas”; su subsistencia “depende de la fuerza de quienes la portan”. Es triste pensar que en “Turquía la memoria armenia sigue estando prohibida y reprimida” (48), el genocidio armenio a manos de los turcos en la Primera Guerra Mundial no fue tan conocido como la Shoah: el Holocausto judío. A pesar de que proporcionalmente el crimen contra Armenia fue mayor, la memoria histórica le dio preponderancia al del nazismo
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En Les lieux de Mémoire, Pierre Nora afirma que “la memoria siempre es sospechosa para la historia, cuya misión verdadera es destruirla y reprimirla” (21). En la misma línea que Traverso, el historiador francés propone la Memoria como opuesta a la Historia: lo que la comunidad decide recordar no es siempre lo mismo que lo que el Estado decide conmemorar. Recordar puede volverse un acto de resistencia.
Volviendo a Traverso, los juicios a los que se sometió a dictadores como Pinochet, "han sido momentos de rememoración pública de la Historia, donde el pasado ha sido reconstituido y juzgado en una sala de tribunal", donde le historiador ha sido invitado a "testificar" (64). Sin embargo, no debe pensarse en el escritor de historias como juez, pues una investigación histórica es “imparcial y provisional, jamás definitiva” (66).
Enzo Traverso escribió que “la memoria nacional es el resultado de una tensión entre recuerdos memorables y conmemorables y olvidos que permiten la supervivencia de la comunidad” (64). De este modo, una sociedad dolida por la permanencia de las estructuras de dominación, se avoca a la destrucción simbólica.
La reciente transmutación de la lengua castellana en aras de la inclusión de diversidad sexual pudiese, por ejemplo, coincidir con el daño a otro busto de Cervantes. Todo monumento es un edificio público expuesto a actualizaciones, pudiendo éstas venir en forma de grafiti, cuando la sociedad que los construyó ya no se identifica con ellos.
Conservar el patrimonio histórico no sólo requiere restauraciones físicas, sino morales. Quienes quieran preservar los monumentos deberán reparar su efecto cohesionador, garantizar una verdadera representación de todos en el Estado.
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