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El futbol mexicano después del Apocalipsis

  • Orígenes Romero
  • 8 jul 2020
  • 3 Min. de lectura

El futuro llegó al balompié mexicano: la urgencia económica del futbol mundial no respetó la petición de confinamiento, y en México no fue distinto. Se juega un minitorneo separado del torneo de liga: la Copa GNP. La aseguradora patrocina una competición con causa en la que algunos equipos de la Liga MX se disputan el trofeo. El Mazatlán FC es uno de ellos.


La escuadra sinaloense apareció en las canchas de la forma más vil: le quitaron a la afición de Morelia la oportunidad de tener un equipo en Primera División. La estrategia mediática del Mazatlán, secundada por el gobernador del estado, ha consistido en hacer gala de la desfachatez. El administrador de sus redes sociales se ha hecho odiar por el resto de los aficionados que guardan respeto por los desaparecidos Monarcas, club con décadas de tradición en México.


Al no ser yo fanático del Morelia, dejaré en sus seguidores el espacio para dedicar unas palabras. Lo que el día de hoy me impulsa a escribir estas líneas es mi propia afición al Guadalajara. El equipo más mediático del país jugó a puerta cerrada el sábado pasado el clásico tapatío frente al Atlas. Se ha dicho mucho estos días sobre lo triste que es jugar un partido sin gente en las tribunas.


Con pausa de rehidratación a los veinticinco minutos y efectos especiales en las transmisiones de TUDN, así se llevó a cabo el encuentro que resultó en un 2-0 a favor de las Chivas. Ganar un clásico al odiado rival es siempre un gusto, pero la pandemia le da un carácter distinto. Jugar futbol en tiempos de coronavirus conlleva el riesgo del contacto físico; los grandes intereses económicos exponen la salud de obreros que trabajan con las piernas.


Fuera del dilema ético que representa presenciar en televisión un espectáculo de explotación laboral de esta índole, el partido de anoche me llamó la atención por otras circunstancias. La primera resulta obvia: se vio un Atlas fuera de ritmo con unos laterales debutantes que pagaron con creces el derecho de piso frente a la velocidad de los atacantes del Guadalajara.


Un segundo punto fue la poca sincronía de los comentaristas, pues Enrique “El perro” Bermúdez veía el partido desde Estados Unidos, y en México Oswaldo Sánchez y Paco Villa parecían estar en lugares distintos. En cancha, Karina Herrera informaba sobre las bancas.


La afición virtual fue lo más impactante. La producción de TUDN colocó las imágenes de decenas de aficionados en las rojas butacas del Estadio Akron que estaban realmente vacías. En la Bundesliga los aficionados pagaron porque su rostro apareciera sobre figuras de cartón en las tribunas; en Corea utilizaron muñecas inflables para llenar los asientos vacíos. México utilizó una app que permitía ver el partido desde cierta zona del estadio: el futuro ha llegado.


Borges lo predijo. En Ser es ser percibido, Bustos Domeq, aquella invención de Bioy Casares y Borges -Biorges, lo llamó Álvaro Uribe-, acude a un amigo suyo que fungía como directivo de un club en el futbol argentino. El hombre le confiesa un terrible fraude: todo el balompié que Domeq ve en las pantallas es actuado; todo está acordado desde el 24 de junio de 1937, día en que se jugó el último partido de verdad.


Pues el futuro llegó: el clásico tapatío se jugó sin afición; en medio de una pandemia, once sudorosos gladiadores combatieron por el honor de sus clubes y el dinero de los patrocinadores: el futbolista es un obrero que trabaja con las piernas. Conato de bronca incluido, pues la sana distancia no comprende de pasiones y odios deportivos.


En una liga donde es común ver actuaciones mediocres por parte de equipos, árbitros y seleccionados, cuando es normal ver futbolistas tirarse en cada falta como si de una puesta en escena se tratara, ahora hay gente actuando como aficionados frente a las pantallas de sus celulares. Jorge Luis Borges visualizó un futbol postapocalíptico que ha llegado en 2020 a las pantallas mexicanas.

 
 
 

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