A la muerte que se llevó mis letras
- cafe_negro
- 16 ago 2020
- 2 Min. de lectura

¿Quién no ha imaginado ser Henry Chinaski a la salida de algún bar? ¿Quién no se ha imaginado estar viviendo las historias de un alcohólico fracasado que sustituye los paisajes de los suburbios de Los Ángeles por las calles de la Ciudad de México? El viejo indecente, Charles Bukowski, cumple 100 años y hay algo que decir.
La época en la que escribió Bukowski era de soledad. En medio de esta sus únicas compañías fueron la pluma, la máquina de escribir, los libros y el alcohol. En su melancolía lo acompañaban sus textos y su álter ego Henry Chinaski.
En aquella época no era el único escritor que se caracterizaba por vivir de una forma diferente a los cánones literarios establecidos. La época de Bukowski también es la de los Beat con Kerouac, Ginsberg y Burroughs a la cabeza. De Burroughs decía: “es un escritor bastante torpe y sin la insistencia de la intelectualidad pop en sus influencias literarias, no sería casi nada”. En alguno de sus textos para Open City escribía que “bajo los auspicios de William Burroughs y Allen Ginsberg esos escritores están liquidados, suavizados, atontados, agilipollados, afeminados (...) si yo fuera un poli qué ganas me darían de machacar sus cerebros podridos. Ese era Bukowski.
Siempre me he imaginado las historias de Bukowski como las obras de Edward Hopper. Ambos plasman a los Estados Unidos como un país solitario al que la Segunda Guerra Mundial le ha pegado anímicamente. Es imposible admirar Nighthawks de Hopper sin imaginar que dentro de ese café está el detective Nicky Belane de Pulp de Bukowski.
A mí no me gusta Bukowski, su realismo sucio me incomoda. Es un autor repetitivo que sobreexplota la figura del alcohólico fracasado; sin embargo, me divierte. Tiene la capacidad de ser un excelente narrador de la cotidianidad de un alcohólico al que su fracaso parece no importarle porque ya está acostumbrado a estar ahí.
A Bukowski no le gustaba ser un escritor reconocido y alabado. Él escribía para sí mismo, no para nadie más. No escribía para los agentes, las revistas o las editoriales. Cuando una editorial se aventuró a publicar uno de sus textos él se negó.
Bukowski no se veía fuera de los periódicos underground como Open City donde publicó relatos interesantes que más tarde serían publicados en Escritos de un viejo indecente. Él ni su público querían que saliera de esos periódicos subterráneos, ni querían al autor de conferencias. Sus lectores querían al Bukowski de los bares, las vomitadas y las borracheras.
Por medio de la pluma de Bukowski nos damos cuenta de que todos deberíamos estar bajo los efectos del alcohol para escapar por un momento de la triste realidad de este mundo que lleva años en la mierda.
Alguna vez escribió “no soy Shakespeare
pero puede que algún día ya no escriba más”. La muerte lo separó de la máquina de escribir. Hoy, a cien años de su nacimiento, no nos queda otra cosa más que decir ¡salud!
@cafe_negro_
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