Cuidado
- Orígenes Romero
- 23 ago 2020
- 4 Min. de lectura

George Orwell vaticinó un mundo controlado a través de las pantallas por un partido único, pero el autor inglés de origen indio no predijo que la sociedad civil tendría el poder de transmitir su propia información. En la segunda década del siglo XX, tenemos un mundo donde la justicia se pide después del video. A raíz de la publicación de la filmación de la detención de George Floyd, hubo impresionantes manifestaciones en Estados Unidos. El caso Giovanni López en Jalisco procedió de manera idéntica.
La FIFA implementó el sistema VAR, capaz de revisar con una pantalla las jugadas que ocurrieron segundos atrás. Es posible castigar en el futuro lo que no se vio en el pasado. Sin embargo, las repeticiones son juzgadas por seres humanos, de tal suerte que al fallo de la primera instancia puede seguirle un error en una segunda etapa. A pesar de esto, algunos defectos del juicio pueden, en el caso de la Liga Mexicana, ser apelados ante una Comisión Disciplinaria facultada para imponer, reducir o eliminar las sanciones deportivas a los jugadores.
La sociedad mexicana, que ya disfruta de los beneficios de la justicia en video, no tiene un sistema jerarquizado similar al de su balompié, todos pueden grabar. Hace unos días circuló en redes sociales la grabación del fallido intento de asalto de una unidad de transporte público en la zona colindante entre la Ciudad de México y el Estado de México. Dos hombres intentaron atracar, como ha ocurrido tantas veces, a los pasajeros de una miniván.
El chofer arrancó rápidamente, impidiendo que subiera el segundo asaltante. El hombre que ya había ingresado se percató de ello e intentó escapar, sin embargo, no contó con las valientes zancadillas de un pasajero. Acto seguido, el presunto delincuente fue derribado y desarmado; sufrió la golpiza de su vida durante varios minutos hasta que el vehículo se detuvo. Después, bajaron al sujeto, no sin antes golpearlo por última vez. Lo despojaron de la ropa y dejándolo desnudo, lo tiraron en el pavimento.
La prensa mexicana, cuyo objetivo no es informar sobre lo que ocurre sino vender la información que la gente quiere recibir, ha publicado estos días varios linchamientos, especialmente algunos ocurridos en el transporte público. Es bien sabido que trasladarse en “combi” en los linderos de la capital del país es de alto riesgo; innumerables asaltos y asesinatos ocurren a diario. Mientras las autoridades se caracterizan por la ineficacia, la población ha decidido buscar justicia por su propia mano.
Un movimiento de este tipo revela dos cosas: la primera, como ya he mencionado, es que la justicia se imparte tarde, después de observar la repetición y la segunda es que México sufre de polarización política y social. Una sociedad jamás es una masa uniforme sino un tejido donde cada hilo es capaz de romper el telar. Reducir las cosas a un tema moral no resuelve nada. Debemos entender que, si bien el Estado no es rebasado, es ineficiente. Por otro lado, el desempleo ha aumentado por la pandemia y está el negocio de las drogas, cuyos desesperados consumidores echan mano de bienes propios y ajenos con tal de obtener ingresos para seguir drogándose.
No es la primera ocasión en que se conjunta el binomio linchamientos-periódicos. Claudio Lomnitz publicó en el 2015 El primer linchamiento de México, editado en conjunto por El Colegio de México el Centro de Estudios Mexicanos de la Universidad de Columbia. Es un libro pequeño, de lectura ágil, y entretenida. En él se analiza el atentado sufrido por Porfirio Díaz en 1897.
El 16 de septiembre de 1897, alrededor de las diez de la mañana, Díaz “fue atacado por detrás” por el connotado borrachín Arnulfo Arroyo, quien fue llevado a la comisaría, donde se descubriría que estaba desarmado. Horas después, el preso fue asesinado a puñaladas por una turbamulta al grito de “¡Viva México! ¡Muera el anarquismo! Según reportó la prensa de la época.
El llamado “Asunto Arroyo”, fue popularizado a tal grado que “el cronista Jesús Rábago acusó a los escandalosos medios de comunicación de alimentar la fascinación morbosa del público hasta el punto de enfermar a la sociedad entera”, situación que fortaleció a “la nueva economía de la prensa amarilla”, según Lomnitz.
Aplicada a los sucesos de este último mes, la hipótesis del antropólogo resulta anacrónica, pues plantea al gobierno porfirista como autor real del asesinato de Arroyo para legitimar la imagen de Díaz como intocable y protegido por el pueblo; empero es cierto que “el supuesto primer linchamiento de México abrió las compuertas del linchamiento como tema público y como categoría cultural”.
Hoy no es el Estado el quien efectúa estos ataques, pero la prensa sigue ocupando el rol de promotor del morbo. Por otro lado, el gobierno actual se ha encargado de publicitarse a sí mismo como poseedor de una moral intachable, contraria a la corrupción de los sexenios anteriores.
La filtración de vídeos en el marco de las declaraciones testimoniales del exdirector de PEMEX Emilio Lozoya, a un año de las elecciones intermedias, ha iniciado una guerra cinematográfica que ya recuerda a los años del desafuero, el “Señor de las Ligas” y Carlos Ahumada, sin olvidarnos de los montajes de García Luna y Loret de Mola sobre la detención de Florence Cassez.
Orwell erró pensando que solamente la clase política tendría el derecho a imponer justicia desde las pantallas. Sin embargo, es claro que las bondades de la filmación están presentes en la política mexicana. Viene a bien entonces revisar este tema. Por ahora pongamos pausa al video.
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