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Comentarios informales sobre un soneto de Jorge Luis Borges

  • Eliot Jiménez
  • 24 ago 2020
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 9 oct 2020


H. O.

En cierta calle hay cierta firme puerta

con su timbre y su número preciso

y un sabor a perdido paraíso,

que en los atardeceres no está abierta

a mi paso. Cumplida la jornada,

una esperada voz me esperaría

en la disgregación de cada día

y en la paz de la noche enamorada.

Esas cosas no son. Otra es mi suerte:

Las vagas horas, la memoria impura,

el abuso de la literatura

y en el confín la no gustada muerte.

Sólo esa piedra quiero. Sólo pido

las dos abstractas fechas y el olvido.

Este soneto, en cuyo título se confiesan dos iniciales misteriosas, fue publicado en el libro “El oro de los tigres”, 1972, cuando el maestro había cumplido ya 72 años. En el primer cuarteto, el autor presenta las condiciones actuales de una triste situación sobre la que reflexionará a lo largo del poema:


En cierta calle hay cierta firme puerta

con su timbre y su número preciso

se refiere, sin duda, a una calle en Buenos Aires que el autor distingue entre todas las otras. Es probable que el adjetivo “firme” indique el acceso denegado que de ella tiene el autor; o más improbablemente, la condición imperturbable de la cierta puerta frente al paso del tiempo.


y un sabor a perdido paraíso,

que en los atardeceres no está abierta

a mi paso…

Con estos versos, el autor confirma la idea de que la firme puerta le está vedada, firmemente cerrada cuando (todavía en el presente) pasa a veces junto a ella. El sabor a perdido paraíso nos hace creer que el autor rememora otro tiempo y otra situación, más dichosos y aún anhelados por él.


Cumplida la jornada,

una esperada voz me esperaría

en la disgregación de cada día

y en la paz de la noche enamorada.

Hay quienes vislumbran en este segundo cuarteto una descripción de aquel tiempo pasado y dichoso que el autor rememora al pasar junto a la firme puerta cerrada. Este planteamiento puede ser acertado, ya que el condicional simple de esperaría sugiere que en la estrofa se expresa un inventario, un recuento de lo que antes sucedió felizmente detrás de la puerta. Yo prefiero la otra tesis: la de la conjetura, la especulación. En ese sentido, el maestro no describe el pasado; teoriza sobre la posibilidad de un futuro que nunca llegó; deduce e imagina cómo sería un presente que pudo realizarse y que, sin embargo, no es. Esta segunda figuración cobra fuerza con el primer terceto:


Esas cosas no son. Otra es mi suerte:

Las vagas horas, la memoria impura,

el abuso de la literatura…


aquí, el maestro acepta que su suerte no es aquella que pudo ser y que hoy anhela, sino la otra: la del oficio perezoso de las letras. Ya que, como expresa en uno de sus tankas (El oro de los tigres, 1972), a diferencia de sus ancestros, él se reduce a ser el que “en la vana noche cuenta las sílabas”. Una anotación más acerca de este terceto me parece pertinente: dos adjetivos y un sustantivo exactos aparecen como testimonio de una de las más felices hazañas de nuestras letras: vagas horas, memoria impura, abuso de la literatura son frases que evidencian la inconfundible técnica de adjetivación inteligente y excelsa que contribuyó grandemente a convertir a Jorge Luis Borges en el mejor escritor de nuestra lengua desde el mítico Siglo de Oro. Ese diestro procedimiento supuso una revolución que, además de innovadora, fue enriquecedora para lenguaje castellano (contribución solo comparable a la de otros dos gigantes: Cervantes y Quevedo).


Por otro lado, es importante detenerse en el pesimismo de esos adjetivos y ese sustantivo a los que nos referimos: las horas son vagas (y no diligentes) por ser estas dedicadas a la lectura (o a la escritura); la memoria es impura (y no rica) por ser como una biblioteca repleta de poemas y citas y capítulos enteros, en lugar de experiencias felices y de días en plenitud; el abuso de la literatura es abuso y no aprovechamiento, por haber incurrido y recurrido a ella y, aun, por haber permitido que la literatura no solo llenara gran parte de su vida, sino que la superara.


…y en el confín la no gustada muerte.

Sólo esa piedra quiero. Sólo pido

las dos abstractas fechas y el olvido.

Aquí el autor confirma la triste reflexión que lo inspiró para escribir el poema: “frente a la pérdida del amor, la idea de la muerte”, como cabalmente lo identificó Juan José Arreola. Hoy, a 121 años de su nacimiento, reiteramos nuestra negación hacia la solicitud que el maestro Jorge Luis Borges dejó plasmada en el último verso de este eterno soneto.



 
 
 

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