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ANA

  • Fátima Aguilera
  • 23 may 2022
  • 3 Min. de lectura


Termina la manicura, va hacia su sala, sabe que es el lugar perfecto en soledad, pues ahora todos duermen. Ideal para pensar en lo que más le gusta. En ella.


Recuerda a través de sus fotografías familiares los viajes por el mundo. Ve la foto de Venecia, mientras goza de las composiciones de Vivaldi con un sonido muy bajo para su deleite.


Analiza las obras de arte que cuelgan en la pared de la sala de su casa, cada trazo y pincelada. La observa con delicadeza, valora el trabajo de pintores y artesanos, que

tallaron todo con sus manos tal cual estaba en su imaginación.

Tumbada en su sillón, se nota desde lejos su serenidad y sus ojos realzan una increíble tranquilidad.


Cierra las persianas que adornan su enorme casa, enciende la calefacción.

Se dispone a tomar un café sorbo a sorbo, comienza el disfrute de su paladar, educadamente, como si estuviera en la más fina ceremonia.


Vaya que la gran educación que ha recibido jamás la olvidará. Recuerdos de su infancia vienen esta madrugada a su memoria:


“Bastan treinta minutos para lucir las manos perfectas, Anita. En mano arreglada, existe elegancia y una dama”.


Recuerda sonriente y con orgullo, analiza la perfección de sus uñas, estilo almendradas y de un color rosa pálido que la hace resaltar su blanca piel.


Se le escapa una egocéntrica sonrisa, que denota la alegría al recordar su derrochada vanidad.


Viene a su memoria también el consejo de dormir, para no producir ojeras, líneas de expresión y demás.


Por último, aunque sabiendo que hace un gran mal, se da el lujo de escuchar melodías de Chopin, su favorito. Degusta los últimos sorbos de su bebida. Aunque sus ojos casi cierran de sueño. Lo disfrutó como niña pequeña con una muñeca nueva.


Va a su recamara y duerme. Vaya que ya lo necesitaba.


Su colágeno se regenera a lo largo de esas pocas horas de sueño.


Comienza un día nuevo. Toma una ducha caliente, mientras enjuaga su corta cabellera rubia. Después de salir del baño, rocía su curvilíneo cuerpo con su loción favorita, clásica entre las damas, Chanel N° 5. Sin duda el olor de una fragancia como ella: elegante y carismática.


¿Sus hijos? Fernando y Carlos en la primaria ya están tomando sus clases, Isabela está replicando en la preparatoria las estrictas conductas de cuidado personal aprendidas por su madre.


Ana hoy solo se encarga de una actividad y le sale muy bien, de hecho es su preferida, verse perfecta.


Busca a su marido, quien se encuentra en el estudio arquitectónico de su hogar.


Esta ocasión, llega con la intención de pedirle ayudar económicamente a un ex-vecino de la infancia quien se acaba de accidentar.


Imponente se acerca. Lo sorprende derrochando sus caderas suavemente, mientras usa una falda larga color café que hace resaltar su pequeña cintura.


Aunque es como si no existiera, las manos de Raúl siguen palpando planos de futuros edificios. Pasa desapercibida, como si aquella elegante mujer fuera una especie de fantasma.


Todo en la vida tiene costo. Algunos, como el de Ana, se pagan “sencillamente” aparentando. Revista de sociales, amistades de su categoría, diferentes apadrinamientos a fundaciones y asistencias a importantes eventos católico religiosos.Todo bajo una máscara que usa esta familia.


Una antifaz de vida perfecta y feliz, claro, con gran estabilidad económica, halagos por doquier de su feliz matrimonio.


Ana sigue, finge no importarle la desatención de su marido. ¿Qué más puede hacer?

Vienen a su mente recuerdos de sus veintes.


--“Ana, es buen muchacho, de buena familia, te tendrá en lo material como una reina”--. Recuerda la mujer rubia esas palabras dichas por sus vecinas y amigas desde aquel entonces que Raúl la cortejaba.


Recuerda esas aventuras de su juventud, en un barrio humilde y que aunque faltaran miles de cosas materiales, su belleza la hizo destacarse de las demás a temprana edad.


Su belleza, un regalo de la genética desde que estaba en la cuna.


La han hecho casarse con alguien de renombre, sí, pero a su vez ser tratada como un adorno más de la increíble casa donde vive. ¿Siendo valiosa solo por su belleza?


La infelicidad puede ser columna vertebral de muchas personas, tal y como es el caso de Ana. Teniendo todo lo material cubierto y hasta viviendo en cierto lujo, sentirse el adorno de tu marido no es para nada cómodo… aunque sin duda tener esos lujos, es gracias a su belleza y a un matrimonio con interés de por medio.


Bienvenidos al mundo real.


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