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Apunte Semanal presenta: El asalto

  • Citlali Ximena
  • 9 mar 2022
  • 5 Min. de lectura


Las cosas son muy sencillas de explicar siempre, a veces las motivaciones son complejas; me atrevería a decir que más que ser complejas son difíciles de rastrear y después contar. Al final , todo es simple. Hoy, por ejemplo, me encuentro en una situación peligrosamente sencilla y probablemente debería de intentar hacer algo más que explicarlo, pero me resulta más tranquilizador contarme la historia a mí mismo.

La belleza de lo simple es que tiene su truco fuera de sí mismo, no es que simplificar todo resulte mejor, a veces más eficiente sí, pero a quién le importa la eficiencia en todos los momentos de su vida, principalmente cuando la vida del ser humano se fragmenta en piezas sumamente intrincadas; más bien su gracia reside en que resalta aquellos hechos que no sabíamos que eran relevantes.

Por ejemplo, podría explicarte de mí ex-esposa Catherine y cómo era para mí una mujer diferente a las demás, y esa fue la razón por la que decidí casarme con ella, porque me resultaba diferente. En nuestro séptimo aniversario se cansó de escuchar aquello de que era diferente y me dijo que si no le decía qué era exactamente lo que encontraba diferente, se marcharía.

Ciertamente no me voy a sentar aquí a describir lo que pensó Catherine antes de hacerme aquella pregunta, les voy a decir qué fue lo que pensé yo. "¿Sé qué es exactamente el detalle que la hace diferente? No ¿Se irá ella si no le decimos? Que va, pues claro que no, siete años de matrimonio no se pueden destruir con una respuesta incorrecta" Pues la cuestión aquí es que, como resulta obvio al llamarla "ex", sí se fue, me dio los papeles como regalo de nuestro octavo aniversario y puedo enlistar sus razones de una manera sencilla, pero para esclarecer la situación voy a decir lo que sería más sencillo para rescatar mi matrimonio que se resume en una respuesta: La razón por la que Catherine era la mejor esposa del mundo, era que su té me parecía delicioso. Y ya está.

He probado muchos tés en mi vida pero el de Catherine era mejor porque sabía a ella, y de chico mi madre intentaba meterme infusiones y todo tipo de remedios en la boca cuando estaba enfermo pero no conseguía hacer que me entrara uno, así que el día que visité a sus padres por primera vez ella estaba tan nerviosa que se hizo uno y uno a mí también y lo tomé al completo (hombre, es que no es fácil ver a unos padres a los ojos y decirles que te llevaras a su hija de 19 años a vivir a otro país o, al menos, yo creí que era esa la razón por la que lo tomé, buscando una solución mágica para los nervios), pero las cosas salieron bien y sus viejos nos dejaron mudarnos y la vida me sabía a calma. Bueno pues esa misma calma estuvo presente en su graduación de la Universidad, y el día de la muerte de mi madre, y el de nuestra boda, y las idas al hospital y, bueno, te imaginas.

Pero, aun así Catherine me pidió el divorcio y el té que el abogado me ofreció no sabía a calma, ni tampoco el té del psicólogo, ni siquiera el de mis amigos y he rondado los últimos cinco años por ahí pidiéndole a la nada que me dé un té con calma. Sé que mi necesidad de encontrar el té que me llene el corazón es para encontrar aunque sea un vestigio de Catherine, a quien nunca volví a ver, porque el día que mis labios sostengan ese sabor perfumado que me recorre el cuerpo, sabré que lo hizo ella, aunque no la vea. También puedo decir que nunca la volví a ver porque no fue esa respuesta la razón de que se marchara; sé, después de 20 años de haberla conocido, lo tonto y lento que fui para conocer lo que necesitaba y lo que quería.

Regresando a mi situación y respondiendo a la pregunta de: si las cosas son sencillas ¿por qué di todo un rodeo sobre Catherine y tal para decir la situación tan complicada en la que me envolví? Simple de nuevo: porque me apetece, eso y que estoy a punto de morir si el mínimo sale mal, entonces que mis últimos pensamientos sean sobre Catherine, La simpleza resalta los detalles, ¿a qué lo he mencionado antes, cierto? Me he dado cuenta de que me aferro al punto cúspide de mi vida en la esperanza de que esta haya significado algo, pero resulta que siempre he pensado que ella fue mi punto más brillante.

Sucede que un hombre ha entrado a mi casa mientras estaba en el trabajo, ya, pero entonces ¿qué hago yo acá? Pues he regresado por el análisis que redacté ayer en la noche y se quedó en la impresora. Sé la forma tan horrible que es esta de morir, regresar a casa por papeles de un trabajo que ni siquiera me gusta, y quedar en medio de un allanamiento que salió mal, en fin, ya sabía yo que mi falta de pasión me iba a costar la vida.

Entré con sigilo y aproveché la rendija abierta de la puerta para deslizarme, me moví hasta la copiadora por el pasillo derecho aprovechando el ruido en la habitación en el costado izquierdo de la casa. Y aquí estoy, reevaluando mi situación, porque la salida es un poco engañosa, si el ladrón pensaba cruzar la cocina hasta el televisor me podría ver de frente en mi regreso por la sala, sin embargo, aún escuchaba ruido en la recamara.

Salí de puntillas lo más rápido posible, cuando estaba a punto de llegar a la puerta lo escuché llegar a la cocina y abrir los gabinetes, el corazón me dio un vuelco. Había pasado por esa cocina durante 18 años y sabía que buscaba entre las gavetas, no me importaba porque su búsqueda sería en vano, pero tiraba todo a su paso y no podía arriesgarme a que siguiera así cuando llegara a la cuarta puertecilla y encontrara lo único de calma que me queda: la tetera de Catherine, ahí sentada, porcelana blanca y regordeta.

Cuando ella se fue le pregunté porqué la había dejado si era una pieza preciosa, pero solo se encogió de hombros, me dijo que le recordaría a mí y no quería volver a verme. Intenté preparar té en ella cientos de veces para ver si me sabía igual, pero nunca lo logré, aun así estaba destinado a intentarlo doscientas veces más. Antes de registrarlo estaba de pie en la cocina. Estupefacto, al ver el rostro del ladrón, mascullé algo como "la tetera" y caí ensordecido al sonido de la bala.

Todo eso de los artículos sobre cómo el cerebro es capaz de registrar lo último que vemos es cierto, la situación en la que lo probé verídico pudo ser mejor, pero en fin. Cuando me retorcía en el piso, manchando todos mis muebles de sangre, solo podía pensar en Catherine y lo molesta que estaría de ver los sillones que ella mandó a tapizar de blanco, nada menos, cubiertos de mí; pero el ladrón seguía ahí, impactado por un momento, me le quedé viendo por un instante, esperando su siguiente movimiento.


Desde el piso solo pensaba en lo caro que me había salido intentar recuperar la tetera, pero si Catherine viera el juego que tuvimos el ladrón y yo al enfrentarnos por tenerla, arriesgando todo, diría “eso es lo menos que vale la tetera, la vida, es una pieza exquisita” pero entonces está el hecho de que la dejó atrás y se fue. Oh por el amor de Dios, saca la maldita tetera de la casa, no la quiero ver jamás.


Se agachó a recoger su bolsa de hurto y salió por la puerta, o al menos eso creí que había hecho, pero cuando lo vi marcharse solo llevaba un artículo que podía cargar perfectamente con su mano. Rojo, brillante y latiendo, se llevaba mi corazón, dejando un rastro de líquido brillante detrás de él.


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