Apunte Semanal presenta: El engaño del nacionalismo
- Orígenes Romero
- 23 feb 2022
- 5 Min. de lectura

Las últimas semanas han surgido notas sobre un posible enfrentamiento armado entre los Estados Unidos y Rusia en territorio ucraniano. Ante ello, he estado reflexionando sobre temas como el nacionalismo. Esa idea que posibilita la guerra entre los ejércitos representantes de dos países que se pelean sobre un tercero. Ucrania, en este caso, constituye un ejemplo especial de nacionalismo, pues la región de Crimea se asume rusa y no ucraniana, las ciudades de Lugansk y Donetsk se han autoproclamado independientes y formado la República Popular de Donetsk. En otras regiones del continente europeo existen casos similares, como lo es Transnitria en contra de Moldavia o Abjasia contra Georgia.
Me propuse leer a dos autores que en su momento escribieron sobre el tema: George Orwell y Rabindranath Tagore, ambos nacidos en la India, ambos escribiendo en el período entre guerras. Orwell radicado en Inglaterra y Tagore viviendo en la India. Tagore contraparte de Orwell aspiraba a “un futuro más allá del nacionalismo basado en la cooperación y la tolerancia racial”, acompañando su reflexión de una crítica a la modernización forzada.
Tagore define nación “un pueblo entero como poder organizado que alimenta sin cesar la insistencia de la población en hacerse fuerte y eficiente”, mientras que define nacionalismo como un “egoísmo organizado”. Al continuar con definiciones, este autor concibe sociedad como “la expresión de las aspiraciones morales y espirituales del hombre que forman parte de sus facultades superiores.”
Tengamos en cuenta que Tagore equipara Nación a Estado, pues la lógica en Oriente con respecto a las formas de organización ha sido distinta a las de Occidente :“En la India padecemos el conflicto entre el espíritu de Occidente y la Nación de Occidente. La Nación, que intenta regular nuestra ingesta de alimentos para mantenernos a meros niveles de subsistencia”.
Contradicción entre espíritu occidental y Estado occidental, “el espíritu de Occidente desfila bajo el estandarte de la libertad, la Nación de Occidente forja las cadenas de hierro de su organización, las más implacables e indestructibles que se hayan fabricado en toda la historia de la humanidad.”
Tagore se permite enlistar los problemas de occidente: “conflictos entre individuo y Estado, entre trabajo y capital, entre hombres y mujeres; la disyuntiva entre el afán de prosperidad material y la vida espiritual, entre el egoísmo organizado de las naciones y los ideales más elevados de la humanidad; el conflicto entre las feas complejidades inherentes a las grandes organizaciones”.
Después, Orwell dice: “Por «patriotismo» entiendo la devoción a un lugar determinado y a una determinada forma de vida que uno considera los mejores del mundo, pero que no tiene deseos de imponer a otra gente. El patriotismo es defensivo por naturaleza, tanto militar como culturalmente. El nacionalismo, en cambio, es inseparable del deseo de poder”, siguiendo el argumento, sería entonces oponer patriotismo contra chovinismo, ese nacionalismo exacerbado que conduce a pensar que la nación propia es mejor que otras. El autor de 1984 confiesa el “empleo (de) la palabra nacionalismo a falta de otra mejor.” Que, de nuevo, es chovinismo.
Contra el racismo ambos autores, Tagore señala que “no puede decirse que haya algo inherente a su suelo o a su clima que inhibe la actividad mental y atrofia las facultades que impulsan el progreso humano”. El poeta indio debate el colonialismo y el racismo al cuestionar “la obligación del hombre blanco de civilizar Oriente”. Orwell detecta racismo en la exotización: “el apego nacionalista a las razas distintas de la blanca suele mezclarse con la creencia de que sus vidas sexuales son superiores, y existe una amplia mitología soterrada sobre la capacidad sexual de los negros.”
Ya desde principios del siglo XX, cuando escribe Tagore, existe una negación de la identidad racial en Europa: “Occidente, en mejor situación en lo que a homogeneidad racial se refiere, nunca ha prestado atención a este problema y, siempre que ha tenido que afrontarlo, ha intentado resolverlo fingiendo que no existe”. Sin embargo, Orwell puntualiza que “cualquiera se atreve a realizar generalizaciones temerarias sobre el carácter nacional” está adjudicando elementos específicos de la personalidad como si fuesen aplicables a un país.
El escritor indio abona a la tendencia historiográfica conocida hoy como Historia Global al decir “Sólo hay una historia: la de la humanidad. Las historias nacionales son meros capítulos de la historia general. Y en la India estamos dispuestos a sufrir por tan gran causa”. Y esto cobra importancia, pues para Tagore, “desde el punto de vista nacionalista, la historia es el pensamiento de la mayoría”. Al final aterriza con una gran frase: “Ni la vaguedad indefinida del cosmopolitismo ni la feroz idolatría del culto a la nación son el fin de la historia humana”, de tal suerte que no se posiciona tampoco en una postura globalista que elimine cualquier tipo de fronteras y rasgos distintivos.
Orwell hace una peligrosa afirmación que niega la posibilidad de una identificación comunitaria: “Cuando digo «nacionalismo» me refiero antes que nada al hábito de pensar que los seres humanos pueden clasificarse como si fueran insectos”, pero acierta al afirmar que nacionalismo es el “hábito de identificarse con una única nación o entidad, situando a esta por encima del bien y del mal y negando que exista cualquier otro deber que no sea favorecer sus intereses”.
“Yo no me opongo a una nación concreta, sino a la idea general de nación”, señaló prudente Tagore. Considerando a la cultura Occidental como opuesta a la Oriental, se comprende la necesidad de este argumento, compartido, por ejemplo, en los textos de la intelectual oaxaqueña de origen mixe, Yásnaya Aguilar, que advierte “lo que tienen en común esta gran diversidad de pueblos (originarios en México), comunidades y grupos no es una forma de vida ni una cultura, pues estas son tan diferentes como las lenguas que hablan, sino una relación específica y particular con el Estado, el colonialismo interno y el racismo que han padecido. Los pueblos indígenas no son la raíz de la nación mexicana sino su negación”. Dicho de otra forma, los pueblos indígenas no tienen en común una experiencia cultural, sino política frente a lo occidental.
Son “trescientas sesenta y cinco lenguas o más, pertenecientes a sesenta y ocho sistemas lingüísticos de México”, reportó Yásnaya Aguilar en su Ää: Manifiesto por la diversidad lingüística. Tagore y Yásnaya están en sintonía, pero Tagore se equivoca al unificar Europa: “La India es demasiado grande y reúne a demasiadas razas. Es muchos países en un único continente geográfico. En realidad, es lo contrario de Europa, un país dividido en muchos.”
“La Nación surge de la unión política y económica de un pueblo, y es el resultado de convertir a toda la población en una máquina capaz de cumplir ciertas metas” dice Tagore. Así, los Estados-Nación (importante mencionarlo) se constituyen en monstruosos caleidoscopios culturales que integran a gente que no siempre tiene lo suficiente en común como para sentirse parte de una geografía específica. Viene a mi mente el poema Alta traición de José Emilio Pacheco:
No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
-y tres o cuatro ríos.
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