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Apunte Semanal presenta: Relatos de carne, agua y aire

  • Citlali Ximena
  • 1 dic 2021
  • 6 Min. de lectura

Esta mañana fue costosa y, si lo pongo en perspectiva, siento que los últimos meses me han salido carísimos, me he sacado de los bolsillos todo lo que me quedaba en emoción y deseo, en la cartera solo quedan unos cuantos pesos de resignación y de la tarjeta ni hablar, ya no pasa; esta mañana, como las anteriores, me he dado cuenta de que estoy en quiebra y todo ese rollo del trabajo ya no se me da.


Aunque he intentado buscar uno nuevo que supla la tortura que vivo, ha sido en vano, he perdido cuenta de la cantidad de solicitudes que he mandado y aun así no me han regresado una sola llamada. Al despertar, las cobijas eran tan pesadas que tuve que derretirme en ellas para poder salir de la cama, el proceso tardó un par de horas pero -digamos a eso del mediodía-, ya convertido en estado líquido, pude zafarme, navegué con hambre alrededor de mi casa pero mis extremidades, como el agua, eran incapaces de sujetar algo, a decir verdad la materia de mi cuerpo me impedía saber cuáles eran mis brazos, o mis piernas, o incluso mi cara, mi corazón se movía de un extremo a otro y decidí que era mejor desplazarme hasta la sala y quedarme ahí por un tiempo, al menos hasta recuperar mi forma anterior; la espera fue larga y al mismo tiempo, en un abrir y cerrar de ojos, pensé en subir al sillón pero no quería dejar un rastro de líquido grisáceo o tal vez la tela absorbía sin querer uno de mis dedos y cuando volviera a tomar forma lo habría perdido para siempre, sólo me quedé ahí en medio del piso rearmándome de a poco.


Cuando estuve listo, salí a trabajar, por un pelo y no me da tiempo, llegué a la oficina, saludé a todos, tomé café, fui a mi sitio y empecé a teclear números frente a la pantalla, después de un tiempo me paré y rellené la taza para tomar un descanso, había algo muy robótico pero también cómodo en aquel ritual que hacía cada tarde, realmente no me agradaba tanto el café, más bien esperaba evadir conversaciones sobre qué otra cosa bebería, o cuál era mi bebida favorita, a lo mejor comería algo pero entonces alguien preguntaría mis antojos, el café era más simple porque era lo mismo de diario y lo mismo que todos consumíamos; a la hora de la salida siempre había alguna persona animosa que contaba sus planes o nos invitaba a unirnos, y casi siempre ponía como excusa visitar a algún amigo o familiar, o el médico, o las compras, o cualquier cosa se me ocurría porque no podía decir que esa mañana me convertí en agua y en forma de charco esperé pacientemente mi cuerpo de regreso, prefería evitar aquellas conversaciones incómodas de los diferentes estados en que mi cuerpo se transformaba para permitirme vivir el día, tan sólo la semana pasada por una rabieta tuve que faltar un día al trabajo porque durante cuatro noches seguidas me convertí en una especie de humo que anhelaba salir de las ventanas.


¡Qué susto me llevé aquellos días! Tenía miedo de que una parte saliera por la ventana y no volviera nunca, que se fuera flotando por alguna parte y cuando recuperara su forma, de la nada, a alguien le lloviera algún brazo o pie que yo había perdido.


Tiene mucho tiempo que me pasan estas cosas, cuando era joven y me sucedió por primera vez, corrí al médico, espantado de haber pescado alguna enfermedad exótica incurable que me había dejado con solo unos días de vida, pero la doctora tranquilamente me dijo que era una enfermedad como cualquier otra y más común de lo que yo pensaba, que había mucha gente que simplemente aprendió a vivir con ello y como a la comunidad científica no le parecía una bacteria mortal o que pusiera en peligro el equilibrio del mundo, simplemente no había hecho nada al respecto, supongo que en ocasiones es así.


Los que verdaderamente pueden hacer algo no lo hacen y los que no pueden hacer nada desean hacerlo. De cualquier manera, me dijo que en muy extrañas ocasiones alguien ha muerto o perdido alguna extremidad por culpa de este mal, y eso en cierta forma me hacía sentir peor. No quería ser alguno de aquellos contados desdichados que dejaban partes de su cuerpo en el camino; con el tiempo aprendí que a veces puedo controlarlo y a veces no, incluso una vez me fui a la cama con mi aspecto usual y desperté a medio camino entre un líquido viscoso que goteaba del colchón y un cuerpo amorfo, pero aún a sabiendas de que no era una enfermedad del todo rara aún no tenía el coraje suficiente de hablarlo con alguien, por eso no tenía amigos constantes ni una pareja, al primer signo saldrían corriendo, o no, pero entonces tendría que hablar de ello para explicarlo y me parecía tal lío que a veces yo mismo lo ignoraba, tampoco tenía un perro o mascota alguna porque me aterraba pensar que algún día podría derretirme en un lugar erróneo de la casa y terminaría en el intestino de aquel compañero, en fin, la soledad ocasional o constante me hacía mejor compañía. Un día, sucedió lo inesperado, algo que ahora que lo pienso, había estado deseando que sucediera irónicamente, de alguna forma marcaba el fin de las mañanas emocionalmente caras. Al prender el televisor, mientras mi mano iba tomando forma luego de ser una especie de nube negruzca, el titular del noticiero de la mañana anunció que una persona había salido, literalmente, hecho un huracán, de su oficina, después de ser despedido. Estaba atónito por la noticia, después de unos cuantos años había resultado que después de todo está condición era algo que afectaba a otras personas. Era el primer caso en mi vida que había escuchado ajeno al mío; me quedé sentado ahí pensando cómo habría cambiado la vida para las demás personas, si había más gente que, como yo, había quedado impactada con que la noticia se hiciera pública por primera vez después de años, o si era la primera vez que escuchaban algo así.


Cuando llegué al trabajo todos cuchicheaban sobre lo que vieron en las noticias, algunos parecían atemorizados, otros hablaban como si fuera indignante que se hubiera transformado en algo tan escandaloso, y otros más contaban sus experiencias descubriendo su padecimiento o lo que hacían por diversión cuando estaban en diferentes estados, yo estaba extasiado. Me sentía liberado, el mundo por primera vez había descubierto aquel secreto que tan celosamente le había guardado. Antes de llegar a la computadora tomé una taza y me serví un té, saqué una barra de la máquina y me dispuse a teclear, sabía que esa mañana no habría preguntas, así llevara el pelo teñido de morado o, mejor dicho, descubrí con media sonrisa que no me importaría en absoluto si las hubiera.


A mitad de turno alguien se esfumó, literalmente, por la ventila, simplemente subió al ducto a echar la siesta y alguien más fingió un ataque y se convirtió en agua en el pasillo para asustar a un grupo de colegas que pasaba por ahí, casi lo trapean, pero recuperó su forma a tiempo. Descubrí que aquellos que no tenían miedo de lo que yo consideraba un extraño pesar, eran más hábiles para formarse y deformarse a su antojo.


Ese día llegué a casa y abrí todas las ventanas, dejé las luces apagadas y me quité el traje; me senté dudoso por un tiempo en el sillón frente a la ventana, observaba mis calcetines y jugaba con el cierre de la sudadera, cuando fui capaz de concentrarme y reunir valor, me hice viento. Nunca había tomado esta forma antes, transparente y vigoroso, siempre me quedaba en tonos oscuros y pesados, pero ese día fue distinto, tomé fuerza y salí por la ventana, justo antes de atravesar el marco me di cuenta que nunca había pensado en muchas cosas. ¿Chocaría con otras personas transformadas en viento? ¿Si me alejaba mucho tendría que regresar caminando? ¿La gente podía oírme si silbaba? Las dudas se acumulaban y quería resolverlas. Esa noche salí por la ventana y…



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