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Apunte Semanal presenta: De nada, por ser aliado

  • Itzel Torres, Grecia Rivera, Ruth Rivera, Citlali Carretero
  • 2 mar 2022
  • 7 Min. de lectura

8 de marzo


A lo largo de la historia ha habido muchos atropellos cometidos en contra de las mujeres en todos los ámbitos de la vida. Sin embargo, uno de los caminos más sinuosos y difíciles ha sido la ciencia. Tenemos hechos históricos tan poco conocidos que tal pareciera que son más rumores que hechos verídicos; uno de los que más tengo presente, es el cometido contra Rosalind Franklin, una científica británica quien trabajó en uno de los descubrimientos más importantes sobre la estructura del ADN sin recibir merito alguno, a diferencia de Watson y Crick, fueron reconocidos con un premio Nobel. Se dice que ellos le robaron el descubrimiento, otros dijeron que trabajaron en conjunto, tal vez sea algo que nunca lleguemos a saber con exactitud, pero en este caso lo importante es que al igual que otras mujeres científicas, Rosalind, no recibió el crédito que merecía.


No obstante eso fue hace mucho tiempo, ustedes podrían pensar que eso ya no ocurre en la actualidad, que hoy en día las mujeres tienen las mismas oportunidades que los hombres, sin embargo, no hay nada más alejado de la realidad, pues a pesar de que cada día las mujeres luchamos por un lugar en la comunidad científica, he sido testigo en primera persona de cómo los jefes de diferentes líneas de investigación advierten a sus alumnas de no embarazarse durante sus estudios, y de cómo las amenazan con quitarles su apoyo si esto sucede. Las estudiantes estamos muy desprotegidas en ese sentido pues los investigadores son los amos y señores de tus resultados y con un chistar de dedos te pueden dejar fuera de tu propia investigación si así lo desean. Lo más triste de todo es que muchas veces quienes más discriminan a las estudiantes son mujeres directoras de tesis, pues he sido atestiguado cómo, con una total falta de empatía, prefieren elegir a candidatos hombres por “ser más centrados y maduros”, además de obstaculizar increíblemente el trabajo de otras mujeres.


A decir verdad, no sé si algún día esta situación cambie, pero la única manera de ser vistas y respetadas es exigiendo nuestros derechos, visibilizar que nuestro trabajo es tan importante como el de cualquier hombre y parar de pensar que alguien no puede tener una carrera exitosa y ser madre a la vez.


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Que suerte tienes


"¡Qué suerte tienes!" "Y ¿a qué más te dedicas?" "Apoco sí es negocio..." entre otras frases y preguntas recibo cada de hablo de mi negocio.


"Siempre te vi cara de empresario", "Y ¿cuál es el siguiente paso?", "cualquier cosa que necesites ... ya sabes, hermano" entre otras frases y preguntas escucho cada que un hombre de edad similar a la mía dice que va a emprender.


Se me pidió escribir sobre un día normal en la vida de una mujer emprendedora y me gustaría enfocarme en un tema en específico: la desvalorización de las capacidades de la mujer en el mundo de los negocios. Dejando a un lado el reto que ya de por sí es nacer mujer y estar destinada a ser acosada, violentada, abusada y, con gran probabilidad, asesinada.


Todos los días al despertar me digo a mí misma las frases que les dicen a los hombres emprendedores, porque ya probé crecer con las que le dicen a las mujeres emprendedoras y no dio un resultado tan favorable. A los hombres se les da, pareciera que, por naturaleza, el ambiente ideal para que su idea crezca y dé frutos. Y, si las mujeres queremos lo mismo, nosotras solas tenemos que darnos el ambiente ideal. Desde ahí el trabajo de la emprendedora se multiplica y debe cumplir con varios papeles en lo personal y se suman los varios papeles que un emprendedor debe tomar al arranque de su negocio.


Otra cosa que veo diario son mujeres adaptando su personalidad a la de un hombre, para tener un pequeño lugar dentro de la mesa, ya sea para comunicarse efectivamente con sus propios empleados y recibir el respeto necesario, o sea para conseguir un préstamo, crédito o socio no depredador.


Añadiendo a los retos que enfrentamos diario quiero contar una historia:


En el colectivo en el que estoy desarrollando gran parte de mi negocio hay dos socias que son las creadoras del mismo, ubicado en la colonia Roma en una calle sumamente comercial. Desde el inicio un vecino les presentó problemas, expresándose con escupitajos a la gente que trabajamos ahí, colocando fuera de su cochera chatarra de garaje para obstruir el paso de la clientela, gritando insultos como "eres una zorra desgraciada" a una de las socias, etc. En diciembre organizaron una pequeña reunión entre los emprendedores colaboradores, pusimos música y platicamos nuestras estrategias. A los dos días, el vecino en cuestión llegó con "su abogado", caminaron hasta el fondo del lugar y empezaron a amenazar a una de ellas aun cuando ella les hizo saber que cualquier cosa que tuvieran que hablar debía estar la otra socia. No les importó y prosiguieron con sus amenazas, gritos y falsas acusaciones. Y me hizo pensar... Si fueran dos socios hombres ¿habría sido la misma situación?


Mi sueño -y por lo que abogo-, es que las mujeres tengamos la libertad de ser nosotras en los negocios. Que podamos presentar nuestros planes a la familia y amigos o que celebremos pequeños logros sin que se nos quiera convencer de que no tenemos lo que se necesita o que se asuma que tuvimos suerte. Que podamos vestir rosa y/o usar flats sin que se nos compare con protagonistas bobas de un chick flick o que estamos muy cansadas de la vida. Que podamos ser empáticas con el equipo que armamos en nuestra empresa o aceptemos a la primera un negocio que nos parezca justo, sin que se dude de nuestra autoridad o se crea que se puede abusar de nuestra bondad.


Por suerte -y gracias al trabajo de todas las mujeres feministas-, cada vez veo más la luz y todos estos sueños los veo más cerca, cada día somos más mujeres, que estamos metiéndonos en la jugada, en grupo, en manada, bailando, riendo, sin pisar fuerte, pero pisando seguro y abriéndonos a nuevas miembras de la familia.


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Mujeres atrapadas por la narrativa


Marzo, nuevamente el mes en que nos recuerdan a las mujeres que nos dan espacios por los que debemos agradecer, nuevamente el mes de las felicitaciones, de los levantamientos de cuello para decir cuánto apoyan la lucha. Marzo. El mes donde nos recuerdan que la mitad de las cosas sigue igual y pretenden fingir que no es verdad.

No quiero que me malentiendan, estoy orgullosa del trabajo que hacemos nosotras, de lo que logramos, de lo que avanzamos y de lo que nos hemos conseguido a nosotras mismas. Pero, mirando a nuestro alrededor, eso de nuevo es tomado por alguien más, luciéndolo como un esfuerzo conjunto, usándolo como accesorio de marca, robándolo.

Hoy debía hacer un artículo, hablar de lo que es ser mujer, lo que sea que eso signifique para la persona que me pidió hacerlo, y de mi día a día como una. Desvistiendo a las notas periodísticas, los artículos y las crónicas de su naturaleza rígida, prefiero sentarme frente a la computadora y hablarme a mí misma. Sincerarme en que número uno: no sé lo que significa ser mujer, y número dos: no sé exactamente qué es necesario saber de mi día a día.

Yo entiendo lo sorprendente que pueda parecer que yo no pueda definirme como mujer; pero es que es lo que he sido desde el primer respiro que di, para mí ser mujer era ser yo, porque hay tantas mujeres diferentes y tantas personalidades y matices, que me parecía imposible que pudiera englobarse en un concepto de diccionario tan plano como el de la real academia española: 1. f. Persona del sexo femenino. // 2. f. mujer que ha llegado a la edad adulta. // 3. f. mujer que tiene las cualidades consideradas femeninas por excelencia. // 4. f. Esposa o pareja femenina habitual, con relación al otro miembro de la pareja.

Puedo decir que eso no dice nada sobre mi misma, sí, es cierto que he llegado a la edad adulta y que soy del sexo femenino, pero no soy la esposa o pareja de nadie, ni tampoco podría decir que mis cualidades son 100% femeninas por excelencia. Y también es verdad que dentro de mí hay un constante discurso repitiéndose con esperanza de que algún día, la barrera de las definiciones va a desaparecer, pero hasta entonces debo limitarme a lo que los hombres decidan que es ser mujer, ¿no es cierto? En un mundo liderado por ellos, con un lenguaje creado para ellos y un modelo jerárquico que los favorece, lo menos que puedo hacer es llegar a Esposa o pareja femenina habitual.

En segundo lugar, probablemente suene desconcertante que diga que desconozco alguna parte relevante de mi rutina. Sé que las personas leyendo esto dirán, "habla de las incomodidades de ser mujer, habla de…" ¿De qué esperan que hable? ¿del acoso? ¿de la violencia? ¿de la incertidumbre? ¿del miedo? ¿del desgaste? ¿de lo que se lee en las noticias todos los días? Es casi una burla el nivel de morbo con el que esperan leer de nuevo que me siento apretujada en mi propia vida, es casi insultante lo rutinario de la misma narrativa una y otra vez.

Así que me siento frente a la computadora de nuevo y parcialmente me siento molesta, porque estos pseudoespacios son de nuevo barreras, cuadrados donde limitan lo que se espera que diga, habitaciones ligeramente más grandes donde quepan los mismos pesares. Peor aún, la espera del agradecimiento. Reescribir nuestros patrones bajo la farsa de que han cambiado, y es cierto, son diferentes, no mejores.


Está claro que la narrativa de género se ha transformado. Sin embargo, ya por muchos años hemos estado en un punto en el que ni avanzamos ni nos atrasamos y el estancamiento existe principalmente por una razón: no hemos transformado la epistemología del discurso de género. Para el hombre ha sido muy complicado acoplarse a las cosas que les generan incomodidad, como los discursos de libertad femenina, manifestaciones a gran escala y a pequeña escala (como imágenes en internet). Ahora lo que sucede es que se han tenido que acostumbrar a ignorarlas y a ejercer la violencia y la injusticia por debajo del mantel, de una manera más discreta y hasta “diplomática” porque siguen creyendo que la mujer es incapaz de reconocer las muestras de coerción por parte del hombre.


La noticia que estoy apunto de decirles puede ser muy impactante: las mujeres siempre han encontrado el espacio para decidir. La mujer siempre ha encontrado la forma de empequeñecerse para entrar en los estatutos diseñados patriarcalmente y dar entre líneas discursos de liberación. Las “cosas de mujeres” de las que hablamos son en gran parte eso, yo le llamaría microdosis de manifestación feminista. Aunque todo esto suene liberador y justo la triste realidad es que el hombre siempre va a tener algo que nosotras no: capacidad de ejercer violencia y no pagar las consecuencias. Mientras eso no cambie, nada va a cambiar, más que la narrativa.


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