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Ars Phaenomenon: Ofelia

  • Elizabeth Guerrero
  • 30 may 2022
  • 4 Min. de lectura


La Ofelia de Millais: una condensación del espíritu romántico que se sostiene como obra universal


Ofelia

John Everett Millais (Hermandad Prerrafaelita)

1851-1852

76 x 112 cm.

Tate Gallery, Reino Unido


En medio de un bosque rebelde y opulento, cual jardín inglés, mana un lago en cuyas aguas tranquilas flota una dama. Ésta lleva un vaporoso vestido con elegante pedrería y delicado bordado, sobre el tul que se desvanece suavemente en la profundidad. Toda ella es ligera, como una hoja que se mece tras la caída y naufraga hacia un incierto destino. Justo así fue como Gertrudis narró su terrible desenlace: la doncella Ofelia, frágil y demente, cayó apoderándose de unas flores, y un grosero azar le robó el aliento. Quizá por ello lleva los labios entreabiertos, como si le escapara el alma, y mediante metamorfosis, nos observara ahora como el petirrojo que se posa sobre las ramas, que hace apenas unos instantes traicionaron a la difunta ninfa. En su rostro lozano y bello, la mirada apunta ya a nada, como un lucero que se opaca gradualmente. Sin embargo, queda un atisbo de vida, que nos obliga a dudar si el martirio aún perdura o justo ha concluido. Sus manos, a medio cerrar, a los costados, revelan los últimos signos de lucha contra la muerte, a quien no ganaron la partida. Desperdigadas en el regazo y alrededor, yacen las tiernas verdugas: coloridas flores que alegremente le decoran el cuerpo como a una muñeca. “Rústicos trofeos”, que refuerzan el sentimiento trágico de su derrota: son una prueba irrefutable de su inocencia, pues fue tomada por sorpresa al obtenerlas. “¡Ahogóse!” En medio de aquel verde brillante, espejos de lluvia inerte y mística naturaleza. Entre símbolos de vida y muerte, “sobre las raudas aguas, cual sirena…” Ahogóse.


Millais encontró su inspiración –además de la modelo Elizabeth Siddal, preferida por los pintores de la Hermandad Prerrafaelita, misma que también fallecería trágicamente- en la séptima escena del cuarto acto de Hamlet, de William Shakespeare. Esta relación con la literatura nos muestra una necesidad de los prerrafaelitas por escapar de lo cotidiano, así como de las temáticas repetitivas de la pintura con fórmulas y esquemas ya configuradas por la tradición.


El deseo por liberar al arte del encorsetamiento neoclásico, cuya rigidez canónica consideraban limitante, los llevó a refugiarse en lo fantástico, lo dramático y lo religioso. “Les impulsa una reivindicación de honradez y franqueza emocional, frente al amaneramiento académico, pero no puede interpretarse como una actitud subversiva.” (Reyero, 2014, pág. 130) Por ello, cobran sentido las posibles referencias cristianas que contiene la imagen de Ofelia: parece tanto una madonna con su aspecto virginal, como una mártir, al encontrarse en plena agonía por ahogamiento o quizá después de éste; y Jesucristo, dado que las manos flotando a los costados nos remiten a la crucifixión. Esta asociación que pudiera sonar descabellada, al fusionar una escena de Shakespeare con representaciones religiosas, exhibe el carácter irreverente de la Hermandad Prerrafaelita, cuya obsesión se desbocó particularmente por lo medieval y la evocación de la espiritualidad en todas las cosas, manifestando una necesidad por plasmar la experiencia inmaterial e irracional.


El alma es un ente fundamental para estos pintores, y casi palpable en sus obras. Tal como en La beata Beatrix, de Rossetti, la Ofelia de Millais nos deja apreciar de forma íntima la fuga de su alma. La flotabilidad y la vaporosidad del vestido refieren a un estado etéreo del ser. Es decir, no parece una mujer común, sino una doncella que levita. Su gesto agónico también sugiere al mismo tiempo cierta elevación espiritual, que de estar viva –este dato no termina de esclarecerse- revela un perfil psicológico insensato. La cabellera bermellón no es solo un símbolo de pasiones exacerbadas, sino también un elemento que alude a la rareza de lo mágico, por su carácter extraordinario.


La Beata Breatrix

1870

Dante Gabriel Rossetti.


En conjunto, este cuadro es el perfecto ejemplo de la representación de un ideal femenino romántico: una mujer celestial, de belleza abrumadora y extrema delicadeza, rebosante de juventud, pura y virginal como Santa María, pero cuya fragilidad física y mental la dirigen al más trágico desenlace.


Las líneas oblicuas del riachuelo y la vegetación que crece a su antojo producen inestabilidad y caos compositivo, lo que denota un rechazo por parte del pintor hacia el equilibrio imperante de la tradición. El cromatismo vivo y diverso es irreverente a la paleta cromática armónica utilizada por la academia. “El grupo sintió que la formación artística académica no era capaz de transmitir la emoción visual, la sinceridad y el sentimiento que poseían las obras anteriores a la sistematización de las convenciones formuladas para facilitar la representación. Situaron en Rafael el punto de partida de un academicismo vacío. Por eso decidieron colocarse espiritualmente en el momento anterior.” (Reyero, 2014) La saturación pone en evidencia el sentimentalismo exacerbado: se trata de emociones que desbordan los límites endebles de la cordura: las pasiones doblegan a la mesura. El verde nos hace pensar en la lozanía de Ofelia, en su juventud en flor como todos los brotes que la adornan. El morado alude a la ensoñación, como si la muerte de la dama fuese una visión, una epifanía o una alucinación que miramos a través de una ventana, sensación que se refuerza con el formato de bordes superiores redondeados, encerrando la escena en una bóveda celeste imaginaria.


La creación de una atmósfera onírica no está dada sólo por el color, sino también por la atención al paisaje y los detalles. Este detallismo minucioso casi flamenco le da a cada objeto su debut: ramas, flores, agua y damisela, son igualmente importantes como partes de un conjunto bien elaborado cuyo impacto podría reducirse de no pronunciarse soberbiamente cada uno de sus elementos. Se marcan diferentes acentos que obligan al ojo a mirar constantemente de un lado al otro: las flores desperdigadas, la rebeldía de los arbustos, los pliegues del vestido.


Asimismo, es posible deducir cierto simbolismo de las flores (la sexualidad emergente de una muchacha, la cristalización de la belleza, la elegancia de lo efímero), que justifica la importancia de su papel en el cuadro, no sólo como evidencia del accidente, sino como atributos propios del personaje de Ofelia.


En el carácter dulce y terrible de esta obra es fácil intuir la fascinación prerrafaelita por la tragedia: aquí se manifiestan los desenlaces más trágico-románticos, tales como la pérdida del ser amado, la muerte de una hermosa dama en plenitud, y la pasión que desemboca en demencia.



Bibliografía

Reyero, C. (2014). Introducción al arte occidental del siglo XIX. Madrid: Básicos Arte Cátedra.





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