Crónica de un apagón anunciado
- Eliot Jiménez
- 2 ene 2021
- 3 Min. de lectura

A las 14:29 horas del 28 de diciembre pasado, más de 10 millones de usuarios (aproximadamente entre 35 y 40 millones de personas) sufrieron la pérdida del suministro de energía eléctrica en diversos estados de la República. De acuerdo a la información proporcionada por el Centro Nacional de Control de la Energía (Cenace) la energía que se dejó de suministrar en ese momento equivale a la que se consumía al mismo tiempo en todo el Valle de México.
En primera instancia, la Comisión Federal de Electricidad (CFE) y el Cenace informaron que el origen de la falla se situaba en el incendio de un pastizal en el municipio de Padilla, Tamaulipas, que provocó la salida de operación de dos líneas de transmisión de 400 kilovolts, causando una oscilación en la frecuencia del sistema que activó los esquemas de protección automática. Todas estas circunstancias se tradujeron, primeramente, en la interrupción de 16 centrales eléctricas, ocasionando una pérdida de aproximadamente 9,262 megawatts de generación; y, finalmente, en un desbalance entre la generación y la carga del sistema. La pérdida total de carga resultó ser de más de 8,500 megawatts, casi el 25% de la demanda total del país en esos momentos. Afortunadamente, el restablecimiento fue relativamente veloz: casi 6 minutos después de la masiva pérdida de carga, a las 14:45, se recuperaba el 60%; y a las 16:12 el restablecimiento era total [1].
Sin embargo, al día de hoy, las versiones y declaraciones encontradas interpuestas entre las autoridades federales y el gobierno de Tamaulipas (que involucran un oficio apócrifo presentado por la CFE) han nublado temporalmente la posibilidad de una explicación convincente sobre las causas del apagón. A este respecto y en el marco de las opiniones vertidas por los directores de los organismos implicados, la secretaria de Energía, ciudadanos expertos del sector energético y hasta por el presidente, se presentan abajo algunos breves comentarios sobre dos temas importantes.
El primer tema es la realidad de una Red Nacional de Transmisión congestionada y cerca de ser rebasada por la creciente demanda del sistema eléctrico y por la exponencial integración de generación renovable, la cual es, por naturaleza, intermitente. Por ejemplo, tan solo en la última década, la demanda de energía eléctrica de todo el país se ha incrementado en un 30% [2]. El rezago en la inversión en transmisión no es exclusivo de la actual administración, es un mal que se viene arrastrando desde hace varios años y que, de no atenderse a la brevedad, puede frenar considerablemente el proceso de descarbonización y comprometer las metas y los acuerdos internacionales relacionados con la generación limpia. La inversión es fundamental y altamente redituable, dado que, aunque los costos concernientes a la red de transmisión son los más baratos de toda la cadena de suministro de energía eléctrica, estos pueden llegar a ser los más caros si no se cuenta con una capacidad suficiente [3].
El segundo tema es el concerniente a la creciente integración de energías renovables a la red. Parece pertinente hablar de ello, ya que un sector del gobierno y de la opinión pública se ha valido del reciente suceso para, otra vez, desprestigiar y estigmatizar a la generación limpia o renovable. Esto puede plantearse, como en [4], de la siguiente manera: si un pastizal incendiado provoca la salida de una línea de transmisión, el problema es la línea, no el pastizal. Si un sistema eléctrico colapsa por la salida de una línea de transmisión, el problema es el sistema eléctrico, no la línea. Si las energías renovables son inadecuadas para el sistema eléctrico, el problema a combatir está en el sistema eléctrico, no en las energías renovables.
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