Deposite en la charola sus artefactos y derechos humanos
- Citlali Ximena
- 20 jun 2022
- 5 Min. de lectura

Hace unos días estaba navegando por Twitter cuando encontré que un usuario manifestaba su incomodidad hacia las personas que creían que los presos no debían tener derechos humanos; la curiosidad me hizo leer los comentarios, y me encontré leyendo declaraciones sobre personas que eran víctimas directa o indirectamente de algún delito y defendían la idea de los encarcelados como personas que no merecían ser acreedores de derechos básicos, puesto que lo que las acciones que los habían llevado a prisión eran justificantes de su mal trato.
Unos días después encontré una captura de pantalla compartida por uno de mis contactos de Facebook, la imagen era la opinión de un usuario molesto al enterarse, (no especificaba mediante qué fuente) que había reclusos manifestando su temor por contagiarse del coronavirus; entre otras cosas mencionaba que no había por qué protegerlos cuando ellos habían denigrado la vida violando, saqueando, y matando.
Para mi sorpresa la historia se repetía, las respuestas ante la publicación de mi conocido eran personas tratando de justificar la negativa a escuchar o tratar con las necesidades de los prisioneros. En ambas ocasiones lo que más me impactó fue la percepción de los derechos humanos que tenían los usuarios de dichas redes socio-digitales, como si fueran simplemente privilegios otorgados por buena conducta, que podían simplemente tomarse cuando las personas actuaban fuera del marco legal o moral.
Establezcamos algunos términos, primeramente, las cárceles como institución fueron creadas en un inicio para mantener en un mismo lugar a los delincuentes mientras estos esperaban por su castigo, sin embargo, se fue transformando el propósito hasta ser un instrumento para la rehabilitación social destinado a las personas que cometían un agravio a la ley. Michael Foucault las describe como una “forma general de volver a los individuos dóciles y útiles”.
Sobre este mismo punto podemos afirmar que la idea de las prisiones como sitio para la reinserción social es un modelo totalmente eficaz, siempre y cuando esté respaldado culturalmente, es decir, que la ciudadanía también entienda su función. En el documental “Where to invade next” Michael Moore nos muestra el sistema penitenciario de Noruega, que se basa en la rehabilitación, y los encarcelados son vigilados por un bajo número de guardias, con los beneficios de una familia normal, es decir, acceso a actividades recreativas como correr o nadar en los alrededores, la privacidad, puesto que cada preso tiene su habitación propia en las diversas casas establecidas como cédulas y cuenta con la única llave de acceso a las mismas, entre otras cosas como cocinar sus alimentos.
El efectivo sistema tiene como resultado una tasa de reincidencia del 20% mientras que en México es casi del doble (37.8% según los últimos datos de INEGI, en 2019). ¿Qué podemos inferir de esto? La clave de la rehabilitación está en la sociedad, 1) para hacer sentir a los reclusos parte de ella y volverlos buenos ciudadanos, y 2) la cultura enraizada en la sociedad que, además de orillarlos por diferentes motivos a la delincuencia, también deshumaniza a los reclusos al imponerles castigos severos y una experiencia traumática.
Una cárcel no es, ni debería ser, un agujero para que personas víctimas de las circunstancias que cometieron un crimen (violento o no) sean maltratadas, con la esperanza de asustarlas lo suficiente para que no vuelvan a hacerlo.
La Declaración Universal de los Derechos Humanos en su artículo 25, y el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales en su artículo 12, estrictamente establecen que todos los detenidos tienen como derecho el recibir el mejor grado de atención en materia de salud ya sea física o mental; además, el noveno Principio para los Reclusos garantiza el libre acceso a los servicios de salud que oferte el país para el resto de sus ciudadanos.
Esto significa que su situación de reclusos, no impida que sigan recibiendo atención médica, especialmente cuando se trata de una pandemia que representa un peligro inminente para la vida de las personas; y ese es el punto final, no se ve mermado por la condición que los llevó a la cárcel, o la gravedad de sus delitos.
A la fecha, sigue impactándome que la postura de mucha gente se mantenga firme en negarle el acceso a necesidades básicas como la salud, o la higiene, a los prisioneros, pues, juzgando a partir de una generalización, se basan en su repulsión a violadores, o asesinos, cuando de hecho, en el 2016, los delitos por violencia (homicidio, violación, y violencia intrafamiliar) constituían alrededor del 30% de la población recluida, ni siquiera la mitad; el otro 70% era constituido por robo, posesión o comercio de narcóticos, entre otros.
Además, manifiestan una postura que alienta la toma de derechos humanos, transformándolos en regalos o premios, que pueden ser tomados a diestra y siniestra, según la sociedad lo decida; impactante cómo las personas no sólo se consideran con la autoridad suficiente para quitar un derecho de nacimiento, sino que lo justifican con los actos que los llevaron a caer en el sistema.
En lo personal, me parece claro que el factor primordial que los lleva a transgredir las leyes, son las circunstancias sociales que envuelven a las personas, es decir, su situación económica, social, o cultural. Muchas veces las personas se ven influenciadas por negocios familiares, orillados a realizar actos para proteger a sus seres queridos, o por necesidades de supervivencia. Por lo tanto, cuando la sociedad se considera con la autoridad suficiente para después denigrarlos, arrebatándoles sus derechos, en lugar de ayudar a romper un círculo, sólo mantiene el ciclo de las circunstancias, alimentando los factores del inicio.
Un usuario expone: “No les importó tomar la vida de otra persona, ¿a mí por qué me tiene que importar su vida?”. El sistema penitenciario no sirve para cobrar venganza, sino para rehabilitar, sólo si nos empezamos a preocupar por la vida de las demás personas, sin tener en cuenta lo que ellas hicieron anteriormente, podemos construir un modelo más justo y apto para todos, que, a la larga, sea más saludable económica, política y socialmente.
Otro usuario comenta: “Ellos tienen que pagar por lo que hicieron”. Es momento de empezar a diferenciar la justicia de la venganza, y actuar sobre el bien de la comunidad. Como se mencionó anteriormente, una cárcel no es un pozo de tortura, y no busca que las personas que ocasionaron sufrimiento a otras vivan la misma experiencia, sino de tratarlos y convertirlos en personas mejores que comprendan sus actos, al grado de dejar de repetirlos.
Un tercero afirma: “A mí me da más miedo que vean por los derechos de los presos, que de las víctimas”. La consciencia social no es un examen de opción múltiple, elegir proteger los derechos de un grupo de personas no excluye a los demás grupos de gozarlos; no significa que dejemos de abogar por la justicia de las víctimas, sino de dejar de intentar cobrarnos la dignidad de otras personas en el camino.
Los Derechos Humanos no son condicionales, y principalmente, no son un accesorio que voluntaria o involuntariamente puedas dejar de poseer; es esta misma ideología la que tiene a tantas minorías luchando por cosas que ni siquiera deberían pedir, porque les son regaladas desde el momento de su nacimiento, sin la posibilidad de perderlas bajo ninguna circunstancia.
Ser socialmente responsables no es, ni debería ser, sinónimo de impulsar a un grupo sobre los demás, para salvaguardar su dignidad; al contrario, debería nivelar el progreso de una comunidad, sin importar las características de cada grupo de personas.
REFERENCIAS
Moore, M., (2015). Where to invade next?. Estados Unidos: Dog Eat Dog Films, IMG
INEGI Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública.Desconocido. (2018). ¿Qué tiene la cárcel de Halden, en Noruega, para ser considerada "la más humana del mundo"?. Mayo, 2020, de BBC Mundo Sitio web: https://www.bbc.com/mundo/media-43517775
Naciones Unidas (2005) Los derechos humanos y las prisiones: manual de bolsillo de normas internacionales de derechos humanos para funcionarios de instituciones penitenciarias. Ginebra, Suiza. https://www.ohchr.org/Documents/Publications/training11Add3sp.pdf
INEGI. Censo Nacional de Gobierno, Seguridad Pública y Sistema Penitenciario Estatales 2017
Mora, M. (2001). La cárcel: Escuela del delito o escuela para la superación personal (Doctoral dissertation, Tesis para optar por el grado de Licenciatura en Trabajo Social. Universidad de Costa Rica. Facultad de Ciencias Sociales. San José, Costa Rica).
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