E S P A C I O S
- Citlali Ximena
- 5 may 2022
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 23 may 2022

En las noches más frías, me hago chiquita, me dirijo hasta la puerta y salgo a caminar; una vez suficientemente lejos de cualquier persona que conozca, vuelvo a mi tamaño habitual y tomo un taxi para navegar por la ciudad. Me imagino como en barco, flotando suavemente por el pavimento. Y después soy el mar, a mi alrededor todos nos convertimos en olas, algunas chocan con las rocas, otras entre sí, pero formamos parte de la misma marea.
En ocasiones veo por el rabillo del ojo a seres diminutos, como yo, que se cuelan entre las grietas; pienso en lo reconfortante que debe resultar salir de tus lugares, como grano de sal, para llegar al océano y listo. Ya no estás, desapareces como espuma.
La verdad es que toda mi vida me ha aterrado el mar, y salir a vagar en forma de ola a veces se vuelve un trabajo, porque quisiera ser otra cosa, siempre quiero ser algo más. Aunque quizá el mar sea la alegoría perfecta: frío, confuso y, a pesar de estar lleno de cosas, en porcentaje está mayormente vacío. Aun así no me puedo retener a mí misma a ser lo que odio, a mandarme lejos en velero.
Me es más fácil recuperar el calor que se me ha escapado cuando observo todo como una presencia artificial, cuando la flama está por agotarse me recuerdo a mí misma que puedo llegar a no existir, a ser la nada que me habita, porque después lo que sea que se forme será diferente, lleno, redondo, y cuerdo. No me importa si la calidez que eso me provoca sea como encender un cerillo, de tiempo límite y concebido para extinguirse a gran velocidad, porque realmente no tengo tiempo para encender una fogata, tarde o temprano debo regresar.
Hoy por primera vez me quedé hasta el amanecer, absorbiendo la calma del océano al alba. Camino a paso lento, cada vez empequeñeciendo un poco más hasta poder entrar por el cerrojo de la puerta sin ser detectada. Parece que la vida me ha cambiado para siempre porque a ratos, como entumecida, un murmuro somnoliento me ronda los oídos, me inunda esa sensación: Ya no estás, desapareces como espuma. Y regresas y sigues escribiendo en un parpadeo. Nadie lo notó, apenas y te diste cuenta por ti misma que desapareciste.
Al final, es bien sabido que lo efímero se saborea con más gusto. La tristeza y la fealdad, porque dentro tiene grabado "pasará", y el éxtasis, la felicidad, en contraste, "también pasará". El sol me ha tatuado las ideas al rozarse con mi piel esta mañana.
"Esto también pasará". Le he dado vueltas a la pelota mental que genera un dicho conocido como el viento; porque al recorrer mi brazo con los dedos, despiertan los fragmentos de la noche anterior. Y más que una nota reconfortante de que el tiempo transcurre, es una predicción: Va a suceder. Un recordatorio de que si no está sucediendo ahora, pronto lo hará y con la misma voluntad dejará de suceder.
Pero yo también dejaré de suceder a voluntad, así que hundo las manos en lo profundo del líquido que me rodea hasta que me llegue a las clavículas y desaparezco. Soy la nada, observándome y siendo observada. No puedo pretender explicar lo que se siente, porque, para ser francos, no se siente ninguna cosa en absoluto, el frío y el calor al mismo tiempo. No tengo que elegir.
Hoy fui capaz de ver al infinito, vi al futuro a la cara, imágenes a toda velocidad haciendo sentir a todas mis terminaciones nerviosas algo indescriptible, la sorpresa plagada de tintes diversos. Vi la vida frente a mí y la muerte y los tonos grises que las cruzan.
En mi momento cúspide, ovación de pie, silencio absoluto, mirada estática, fino polvo.
Lo soy todo.
Pero eso fue hace ya un momento.
Ya no existo.
Comentarios