En memoria de La Predicadora
- Marco Sandoval
- 17 ago 2021
- 2 Min. de lectura

Ella no era feliz, pero a donde iba siempre había sonrisas, pensé al colgar el teléfono. Esa mañana inició agitada con la noticia de su muerte, aún cuando se había anunciado ya días atrás.
De inmediato, al soltar el teléfono, con el ceño fruncido y los músculos de la cara como una piedra, me dispuse a preparar las cosas para el viaje hasta Villa San Juan, el cual era de aproximadamente tres horas. Ya tras el volante, emprendí el viaje.
Antes de salir de la ciudad debía de pasar a casa de mi prima, ya que días atrás habíamos acordado ir juntos al funeral debido a la lejanía de Villa San Juan. Al llegar al edificio de departamentos donde ella vivía, le envié un mensaje de texto: estoy afuera, baja ya.
Puede ser que hayan pasado cinco o diez minutos, cuando la vi salir. Me saludó con un gesto de mano y se subió al coche.
— Hola primo — saludó sonriente.
— Hola — contesté — ¿Cómo te va? Te tardaste siglos.
— Lo siento, es que no estaba preparada para la noticia — contestó tranquila — ¿Tú sí?
— Pues, se veía venir ¿No crees?
— Supongo — contestó dubitativa — la muerte siempre se ve venir.
— Si, pero tienes razón en no haberte sentido preparada — continué mientras ponía marcha al coche — también es verdad que siempre nos sorprende.
El resto del camino hablamos mucho, de todo y de nada. Aún recuerdo que durante las tres horas tuve una sensación de familiaridad que nunca había tenido, mezclada con melancolía y un dejo de tristeza. Mi cara seguía como piedra, me sentía a punto de derramar un aguacero de lágrimas, pero, como suele pasar en los días nublados de inicio de verano, la lluvia nunca llegó a mi cara.
Por fin, después de tres horas de viaje y eternas pláticas con mi prima, llegamos a Villa San Juan. Al entrar ahí uno se da cuenta de que siempre está nublado o lloviendo, que rara vez sale el sol. Antes de llegar a donde sería el funeral, mi prima quiso bajarse del coche, porque tenía mucho miedo de entrar y ver el cajón. Simpaticé con ella y accedí una vez que ella me aseguró que nos veríamos más tarde donde sería el entierro.
Finalmente llegué al funeral. Aún tengo en los ojos la memoria de entrar al velatorio y ver tanta gente, de tantos lugares, reunidos para verla, recordándola con sonrisas y, sin embargo, yo estaba aterrado. Al igual que ella yo tampoco me pude acercar al féretro. Cada vez sentía la cara más dura, y cada vez me sentía con más ganas de salir corriendo y alcanzar a mi prima. Cuanta razón tenía en adelantarse.
Así que eso hice, salí corriendo y sin decir palabra a nadie, porque no existían palabras para describir mi huida, lo único que quedaba en ese momento era el instinto primario del hombre de salir corriendo al encontrarse frente a la muerte.
Desde ese día no veo a mi prima y hoy como esa mañana lo único que puedo pensar es que ella no era feliz, pero, a donde quiera que iba, había sonrisas.
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