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Había una vez: Revivir a Hitler

  • Orígenes Romero
  • 2 may 2022
  • 3 Min. de lectura

El 20 de abril de 1889 en la región de la Alta Austria, en el seno del Imperio Austrohúngaro, nació un alemán. Un hombre hoy inseparable de la historia moderna de Alemania. Territorio con una compleja historia en su división política, los gobiernos de Austria-Hungría y el Imperio Alemán, fueron derrotados y disueltos al finalizar la Primera Guerra Mundial.


Nombres que hoy suenan en la prensa como Crimea, Serbia o Montenegro ya contaban en esa época con territorios definidos y cierta autonomía. Estas distintas geografías hoy atraviesan el problema de la identidad nacional: no quieren pertenecer a un país con el que no sienten una relación suficiente. El mundo en el que nació Hitler no ha perdido nexos con el nuestro; sin embargo, la división de los imperios vencidos en el conflicto de 1914, dista del impulso unificador que ha traído la globalización.


No es inverosímil que Adolfo Hitler anhelara el regreso de un Estado fuerte como el que lo vio nacer. Tampoco es extraño que la sociedad alemana cayera en los encantos del nacionalismo exacerbado, es decir, el orgullo patriotero -que no patriota- que impulsa a ciertas personas a creer que su comunidad es mejor que otra. Hoy parece cada vez más difícil mantener cohesionadas grandes porciones de tierra habitadas. Los imperialismos de hoy en día -China, Rusia, EEUU- fincan su poderío cada vez menos en lo bélico y más en lo económico.


La Rusia de Putin invade territorios que una vez le pertenecieron, mientras los Estados Unidos de Biden retroceden de países que nunca pudieron conquistar del todo. Tanto de un lado como del otro, Ucrania y Estados Unidos han olvidado el poder del convencimiento ideológico. Ese poder que encumbró a un personaje como Hitler en una sociedad alemana, que podría pensarse carente de símbolos poderosos en aquella época, o bien, esperanzada en un resurgimiento a gran escala.


Hoy, en pleno 2022, parece mucho mayor la tendencia a la división territorial que a la unificación. A pesar de que la globalización ha consistido en un progreso cuyo desarrollo tecnológico busca trascender fronteras, cada vez son más frecuentes los movimientos sociales en busca de la independencia de tal o cuál territorio. Dígase Kosovo, Crimea, Donetsk, Luhansk, Abjasia, Osetia, Transnistria, California, Jalisco o Nuevo León, es una constante también el surgimiento de algunos líderes en regiones como estas o incluso en países con un fuerte sentimiento nacionalista y gran cantidad de inmigración -pensando en EEUU, Brasil, Inglaterra o España-, que dirigen a la población discursos de odio y resentimiento.


Esta es una señal de un problema en el sistema global actual. Si los grandes imperios estallaron en la Primera Guerra Mundial, ¿por qué no preocuparse hoy de que crezca en las entrañas de estos países un personaje que encarne el hartazgo por un mundo sin fronteras? Incluso peor: un mundo en cuyas fronteras no fueron tomados en cuenta los intereses religiosos, políticos y culturales en general de millones de personas que hoy no se sienten completamente hermanados a sus vecinos.


Hitler nació en una sociedad dividida a la fuerza y con ganas de expandirse. Hoy vemos territorios expandidos a la fuerza, al grado de insertar comunidades tan grandes de emigrados que parecieran países dentro de países. El panorama luce de nuevo dispuesto a un peligroso enaltecimiento del nacionalismo furibundo que rechaza lo que desconoce o aclama como propio lo que le parece conocido.


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