La pesadilla latinoamericana, una experiencia en “la migra”
- Ruth Rivera
- 12 ago 2021
- 3 Min. de lectura

“El niño más grande tenía 17, llevaba 30 días ahí, era de El Salvador y era amigo de uno de 14 años que llevaba 20 días ahí, era de Honduras y parece que no iban a ir por él, ambos se aprovechaban de los demás niños para obtener más beneficios. A veces les llevaban mejor comida, donaciones, etc. y se ponían por encima de los demás a costa de la lástima hacia los superiores o los donadores.”
Quien persigue el sueño americano corre el riesgo de que se convierta en una pesadilla latinoamericana. Cuando pensamos en las personas deportadas, solemos ver el fenómeno superficialmente y pensamos poco en el sentir de las personas y en la particularidad de sus situaciones. Por un lado, existen padres que han perdido todo por lo que han trabajado de un día a otro y por otro existen niños con la incertidumbre del paradero de sus papás o si siquiera los volverán a ver.
Carlos Eduardo, un joven de, actualmente, 22 años, vivió la experiencia de ser deportado aún con papeles cuando tenía 16. Su caso es muy común, pues por no sellar su permiso (por falta de personal al momento de cruzar la frontera), fue investigado y el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas descubrió que se encontraba estudiando en una escuela pública de Chicago y en cuestión de horas ya estaba refugiado en una casa del DIF en Nuevo Laredo, Tamaulipas.
“Yo rezaba por que mis papás llegaran ese mismo día, pero no, me tocó dormir ahí.” Pero la certidumbre de que llegarían sus papás por él lo mantuvo en calma, además de que conoció a un pequeño de 8 o 9 años, que había llegado el mismo día que él. Siendo Carlos Eduardo de los mayores del refugio, sintió la responsabilidad de ayudar al niño “no dejaba de llorar como por una hora, yo estaba igual que él de asustado pero él era un niño” y es así como la empatía del joven terminó por tranquilizar al pequeño y abrió la confianza para que le contara su situación.
El papá del niño había muerto trágicamente a manos de la migra una semana antes de que deportaran al pequeño, sin embargo, confiesa Carlos Eduardo: “él me lo contaba súper orgulloso, como si su papá fuera un héroe”. El padre habría sido aprehendido mientras cruzaba la frontera, era pollero, lo capturaron y lo torturaron con ácido hasta morir tres días después varado en el desierto y en dolor. Ese relato fue orgullosamente narrado por el pequeño, quien creía en la grandeza y la valentía de su padre.
Su madre, por otro lado, estaba de luto y tenía que resolver asuntos legales por la reciente muerte de su marido, mientras su hijo estabaen una casa del DIF en Nuevo Laredo, esperando sin tener certeza de cuándo volvería a verla. El pequeño eligió la compañía de Carlos, pues su instinto le pedía protección y la halló en el muchacho, había más niños de su edad, pero su situación era particularmente difícil como para pensar en socializar.
“Ellos preferían estar en la calle que ahí, se sentían encerrados y sentían que les podía pasar algo en cualquier momento”, dice Carlos refiriéndose a los jóvenes de mayor edad que estaban en el complejo. Y ellos sabían que la realidad es que habían “corrido con suerte” por haber terminado en una casa de refugio, sin embargo, hubieran preferido tomar las riendas de su vida a su edad antes que estar ahí.
Esa es la realidad que viven muchos niños y jóvenes latinoamericanos; son separados de su familia, deportados de Estados Unidos a México sin que a los estadounidenses les importe su paradero; dejando en manos de las autoridades mexicanas el resto del trabajo. En muchas ocasiones, los jóvenes se quedan en resguardo por el DIF hasta que son mayores de edad, para después volver a intentar entrar a Estados Unidos. De su suerte depende si logran hacer una vida en el país de la libertad.
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