La ventana
- Marco Sandoval
- 12 ago 2021
- 3 Min. de lectura

Me encuentro, creo, casi llegando a los treinta, a penas y reconozco cuantos años he pasado en este lugar, entre tres paredes de concreto y una de acero. Estoy condenado a vivir aquí, viendo pasar la vida a través del metal de los barrotes ubicados en la única ventana de la habitación.
Aquí dentro cuento con lo básico: una cama, un inodoro y un lavabo, extrañamente no hay ningún espejo. El carcelero, al cual jamás le he visto el rostro, trae todos los días una sola comida, en una bandeja de plata, sin falta a las doce del día, dicha bandeja incluye algunos vegetales, pan, un trozo pequeño de carne o pescado y agua. Desde dentro de la celda alcanzo a ver con relativa claridad a mis tres vecinos del frente, ignoro porque están aquí, procuro limitar mi interacción con ellos. Tal vez ellos procuran igual.
Sin duda el lugar más interesante dentro de la celda es la ventana que se encuentra en la pared del fondo. Esta ventana es de un cristal bastante rígido, enmarcada por un metal pulido y brillante.
A través de la ya mencionada ventana se puedo observar el canal de aguas negras en el que desembocan los desagües del complejo. Por la tarde suelo contemplarla durante horas, observo como la mierda y demás desechos caen de las tuberías lentamente, a veces con más velocidad, y generan una corriente de agua y podredumbre. Esta corriente siempre va hacia el mismo lado, jamás la he visto ir hacia el otro lado, debe de haber algún desnivel que propicia esto o, simplemente, el canal se acostumbró a hacerlo así. También puedo observar los cambios en el clima, ayer, por ejemplo, llovió y del cielo caían relámpagos, algunas aves, pocas por el olor a podrido, los caminos que el sol y la luna trazan en el cielo y, por la noche, las estrellas.
Decidí escribir esto debido a que hace dos semanas pasó algo totalmente ajeno a la rutina que acabo de detallar. Sucedió justo después de las diez de la mañana, me encontraba reflexionando respecto a si mis vecinos de celda podían ver lo mismo que yo a través de su ventana, incluso, si contaban con una, cuando comenzó a sonar un sonido de alarma y al mismo tiempo una voz a través de múltiples megáfonos decía, en repetidas ocasiones, lo siguiente: ¡Falla en el sistema de seguridad, favor de conservar la calma!
De repente la alarma y la voz cesaron, pasaron diez segundos y la puerta de mi celda se abrió de golpe. Me acerqué, temeroso, a observar hacia afuera y me percaté de que mis vecinos hacían lo mismo. Mirábamos de un lado hacia el otro, intercambiando miradas, perplejos. Ahora lograba ver más allá de los tres vecinos a los que estaba acostumbrado, el pasillo en el que se encontraban las celdas parecía no tener fin hacia ninguno de los lados. De un momento a otro comencé a escuchar como a lo lejos las puertas de otras celdas se estaban cerrando, no sabía que estaba pasando hasta que me di cuenta que mis vecinos más cercanos estaban cerrando, ellos mismos, sus puertas.
Finalmente quedé solamente yo con la puerta abierta, mirando hacia ambos lados y dudando sobre qué hacer, con mucho miedo, decidí imitar a mis vecinos.
Cerré la puerta pero, inmediatamente, me arrepentí. Intenté abrirla de nuevo pero ya no pude.
Desde entonces he pensado bastante en ese incidente, me pregunto si mis vecinos también lo hacen, también, ahora pienso en qué podría haber más allá de lo que alcanzo a observar a través de la ventana y, si algún día, se volverán a abrir las puertas.
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