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Los confinados de agosto

  • Orígenes Romero
  • 21 jul 2022
  • 1 Min. de lectura

Una tarde en que la piel se teñía de sepia, uno de esos hombres que han perdido su nombre, entró a un taller mecánico en Ecatepec. El portón blanco, salpicado de cemento y logotipos de la Quaker State, cedió ante su débil empujón.

El hombre, viejo y gordo, se sentó en un rincón, debajo de la ventana de la oficina del taller. Dirigía sus ojos húmedos al vacío. Su abdomen de carne ennegrecida se asomaba apenas cubierto por una camisa negra, y en ella, una mancha de vómito o excremento. Al levantarse, palpó el marco del vidrio y descubrió que estaba roto.

Se apoyó en las rejillas, sintió el óxido en los dedos, estiró la otra mano y hurgó en un bote de basura que alguien había dejado sobre el escritorio. Encontró una naranja podrida sin comprender el ruido susurrante de la bolsa de plástico. Volvió a sentarse. El suelo de cemento calentó las llagas de sus testículos. El pantalón le cubría por delante todo y por detrás apenas las pantorrillas.

Se metió un gajo de naranja aplastada a la boca, la cáscara amarga ya estaba suave. Abrió la boca y la fruta resbaló desde sus babeantes fauces por sus barbas y terminó sobre su ombligo. Se llevó de nuevo el bocado a los labios sin probarlo. Sacó la lengua y mostró cinco dientes podridos a punto de caerse. Rascó la pulpa con las uñas y se recargó en la pared para dormir.


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