Los confinados de agosto (Parte II)
- Orígenes Romero
- 1 ago 2022
- 3 Min. de lectura

El taller “Martínez” de la calle El Garabato tenía pocos clientes. Un Volkswagen rojo modelo 82 descansaba sobre un elevador a ras de piso. La salpicadera izquierda se cubría de polvo. Una parvada de pájaros rompió el silencio. El extraviado despertó y volvió el silencio que le enfriaba los oídos y los ojos.
La epidemia llegaba con fuerza a la colonia Novela Mexicana II. De lejos llegó el sonido de una radio, se le introdujo en los oídos al anónimo, que lo notó sin escucharlo. El gobernador advertía: “Le pedimos a la ciudadanía no salir de sus casas…”.
Caminó arrastrando la pierna izquierda, la bota que calzaba en el pie derecho le mordió los dedos. El otro pie estaba descalzo. Una bolita de tierra fue desgranada por su pisada, el sonido quiso tranquilizarlo. Dio unos pocos pasos.
Recogió del suelo un trapo con pretensiones de blanco y se lo puso en el hombro. Un eco del pasado se le metió en la cabeza: una pistola. Sus ojos se perdieron en el color ya cansado del muro. Se orinó. El chorro mojó sus pies. Una mosca se posó sobre las rastas de su barba sin hacerle cosquillas.
Un calendario estaba clavado en la pared. Alargó el brazo y tocó las fechas, ignoró a la mujer plastificada. Tragó saliva con regusto a basura. Se dio la vuelta. El rojo del Volkswagen alcanzó a lastimar su pupila. Un zanate descubrió las sobras de una bolsa de frituras, giró la cabeza y regresó al cielo.
Otra tragedia ocurrió en la intermitente cabeza del vagabundo: el frío de una sábana, una cama de hospital. Con sus pasos de elefante se fue a sentar al lado del automóvil rojo. Afuera del taller pasó un megáfono sobre ruedas anunciando pan dulce. Un perro se asomó desde la azotea de la casa contigua para ladrar.
Al lado del local vivían los Gutiérrez, don Raúl había muerto hacía tres semanas: le dio el virus. La casa estaba en obra negra, tenía en la azotea una bandera de México y entre las dos ventanas del segundo piso unas luces en forma de árbol de navidad que prendían cada diciembre. Toda la cuadra de El Garabato constituía un paisaje de tinacos y terracería. Un sombrero vaquero llevaba dos días tirado afuera de la casa de los Gutiérrez y nadie lo levantaba.
En el taller mecánico, el hombre, sentado con las piernas extendidas, alcanzó a mascullar un sonido desde la garganta. Una lagartija se metió en un hueco del muro.
-¡Bmuehg!- dijo
Al terminar de pronunciar la palabra, la revolvió en la boca haciendo muecas y se puso de pie. Dio un paso y otro más. Abrió y cerró las palmas para sujetar con las manos algo invisible a los ojos de otros. Volteó hacia arriba, a las láminas que regalaban un pedazo de sombra. Un gato cruzó corriendo por la acera de en frente y se escondió debajo de un Jetta.
Los dedos sucios del pie desnudo del hombre se enjuagaron en un charco de aceite. Volvió al cubículo de la oficina. Metió la mano por el cristal roto buscando comida, pero ya no encontró. Raspando su espalda y su desnudo trasero en el ladrillo se sentó de nuevo y volvió a dormir.
En aquella habitación despachaba el dueño. Un trofeo de la Liga Municipal adornaba el archivero junto a un retrato de la esposa de Ricardo. El cemento se convertía allí en un humilde piso amarillo moteado de blanco. Una cucaracha se metió por la hendidura de la puerta.
La gruesa piel del rostro del hombre se estiró cuando abrió sus ojos húmedos. Permaneció sentado hasta que sonó la sirena de una ambulancia, dos calles atrás. Se apoyó en los barrotes de la ventana y se paró. Caminó cuatro pasos hasta el Volkswagen. Estuvo de pie, la calle seguía sola. “Cuarentena obligatoria” habían dicho.
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