Maradona, la epopeya
- Orígenes Romero
- 28 nov 2020
- 5 Min. de lectura

“Ahí la tiene Maradona, lo marcan dos. Pisa la pelota. Arranca por la derecha el genio del futbol mundial. Y va a tocar para Burruchaga. Siempre Maradona. Genio, genio, genio. Ta, ta, ta. Gol, gool, gooooool.
Quiero llorar ¡Dios santo! Viva el futbol ¡Golaaaazo, Diegool, Maradona! Es para llorar, perdónenme.
En una corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos… ¡Barrilete cósmico! ¿De qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés, para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina? Argentina dos, Inglaterra cero.
¡Diegool! ¡Diegool! Diego Armando Maradona… Gracias, Dios. Por el futbol, por Maradona, por estas lágrimas, por este Argentina dos, Inglaterra cero.”
Inicia una epopeya. Pocas son las veces en que las palabras salen de la boca para pronunciar lo que parece inefable. Juan Villoro lo ha dicho: “los héroes necesitan testigos que narren sus hazañas”. Así, Ulises es narrado por Homero y Maradona es relatado por Víctor Hugo Morales. La proeza del comunicador uruguayo no es poca cosa.
En un programa de la cadena ESPN Argentina, el presentador Sebastián Vignolo, en compañía de Oscar Ruggeri, quien jugara junto a Maradona, y otros comentaristas, enmudecieron al enterarse en vivo de la muerte del astro. Villoro destacó en su columna del viernes pasado que, hasta alguien a quien las palabras nunca le han faltado como Jorge Valdano, se ahogó en el llanto.
Vignolo pidió comprensión al público:
“entiendan este estado de shock, estábamos haciendo nuestro trabajo y se nos murió el Pulga… cómo se habla de fútbol cuando se va quien te dibujó la primera sonrisa, quien te hizo sentir esto que sentimos. Le pido disculpas a la gente… Esta noticia es muy difícil. Se murió el fútbol”.
El “Pollo”, como le dicen al argentino, entendió que la relación del futbol con la infancia es inevitable:
“Se me murió un superhéroe. El que nos hizo conocidos. Cuando una viaja a cualquier lado… te hablan de Maradona. Y no conocían ni la bandera argentina. Es un golpe al corazón, a los recuerdos, a la infancia. La capital del país es Maradona”.
Sebastián Vignolo pensó a Maradona como un símbolo de la argentinidad. Lo pensó, porque al principio las ideas no le alcanzaban para comprender su realidad. Ese es el triunfo de Víctor Hugo Morales, quien supo ese 22 de junio de 1986, que lo que sus ojos estaban presenciando, pasaría a la historia. Virtud que comparte con Julio Cesar, con Tucidides. El mérito del locutor consiste en saberse histórico en cuestión de segundos, prescindiendo de una reflexión reposada y meditada de los hechos.
Tomemos, por ejemplo, la narración mexicana del mismo gol. El locutor lo adjetiva como “sensacional”, “portentoso”, “un gol bien bonito, bien fabricado”. Pero el comentarista dice la verdad, reconoce humildemente que no tienen “palabras para describir lo que acaba de hacer Maradona.”
Hoy, un Homero tan intangible como el griego ha terminado el canto. Abundan las expresiones de dolor, la epopeya se gesta en lo colectivo. “De noche tengo pesadillas pensando en aquél gol” dijo un zaguero británico. Aquiles y los aqueos fueron héroes y a la vez villanos. La historia de Diego Armando Maradona se ha cantado, como en un partido, dividida en dos tiempos. Aquí me permito relatar el entretiempo, porque hoy todos somos Homero.
Tras bambalinas ocurren muchos horrores. Los héroes que vemos en la televisión resultan drogadictos, violadores. Pero también, como Rimbaud y Dante lo demostraron, se cantan los infiernos. En Argentina se ha configurado un hombre de paja, todos le llaman “Diego” porque creen conocerlo, en Maradona afloran las esperanzas de la barriada, de la Pampa. Para entender a un hombre hay que leer su biografía, para comprender a Diego Armando tal vez basta con ver un partido.
Cinco minutos son la distancia que media entre la trampa del siglo y el gol del siglo. Maradona era así, contradictorio. La trampa no es justificable, es inteligible. Toda Argentina cupo en un puño apretado, furioso contra una Inglaterra poderosa, abusiva, invasora. Les habían robado las Malvinas y ellos se robaban el partido.
Homero no tuvo empacho en narrar las triquiñuelas de Paris, Víctor Hugo Morales tampoco:
"Para mí el gol fue con la mano. Lo grito con el alma, pero les digo lo que pienso. Que Dios me perdone lo que voy a decir: contra Inglaterra, hoy, aun así, con un gol con la mano, ¿qué quiere que le diga?"
Estas líneas las había pensado al vacío; para mí, para ti, porque (confesiones aparte) todos alguna vez caímos. Pero hoy que nos damos cuenta de que “Diego” nunca fue sólo su leyenda, las letras encontraron a su dueño: son para Diego.
Canta, oh musa, la cólera de aquél que no pudo lograrlo.
Aquiles convertido en Rey de los cansados.
Por aquel que tiene un hombro o los pies destrozados de tanto jugar a las patadas
Contra el castillo de Ilión amurallado.
“Nuestros pecados son testarudos, nuestros arrepentimientos cobardes” dijo Baudelaire. Diego Armando insistió mil veces en pecar, hacer y hacerse daño. Por otro lado, el deber obliga a reconocer a un hombre que tiene el valor de decir, ante un estadio repleto, “yo me equivoqué y pagué. La pelota no se mancha”. La fama y el poder no son para todos. “El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”, escribió Lord Acton. Maradona fue víctima y victimario.
¿De quién? “De mí o de usted que, seguramente en algún momento, lo elogiamos sin piedad”, respondió Valdano. El “Pelusa” lo dijo claro y con todo el dolor: “yo nunca quise ser un ejemplo”. Llenar de elogios es copar de expectativas. Maradona nos regaló la gloria, pero también nos obsequió “Una temporada en el infierno”. Quiso besar polos opuestos, disfrutar, como Nervo, de “la miel y la hiel de las cosas”.
Víctor Hugo Morales, el rapsoda, completó su narración apenas hoy, a la muerte de su personaje. Lo hizo imaginando que cada uno de los seis ingleses que Diego dejó tirados en el césped para la eternidad, era un escalón más que lo llevaba hacia el cielo, "Y de pronto el gol era que Diego se convertía en una estrella. Elijamos una estrella esta noche. Que sea Diego para siempre.”
El escritor mexicano Juan Villoro, tan dado a los aforismos como su traducido Lichtemberg, escribió: “ya inmortal al fin, la mano de Dios lo ha alcanzado” Difiero, pues el pequeño Diego de Villa Fiorito jamás alcanzará su leyenda.. Yo creería que Maradona al fin nos dará gusto a todos, quedándose sólo en la cancha, donde pertenece, sin oportunidad de ser humano. Me atrevo a proponer un giro nihilista, para decir: “D10s ha muerto, la mano de Dios lo ha tocado”, sabedor de que en el culto cristiano ver a Dios estando vivo es imposible.
Escribiendo estos párrafos, me espanté dos veces. Ignoro si fueron las sombras, mis propios fantasmas, o si fue Diego. Tal vez Maradona no quiere que escriba más, querrá que guarde silencio y lo deje descansar en paz.
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