Maradona o La importancia de un futbolista. Carta a sus detractores
- Orígenes Romero
- 2 dic 2020
- 5 Min. de lectura

25 de noviembre del 2020, en el aniversario luctuoso de Fidel Castro, murió Flor Silvestre, madre de Pepe Aguilar, viuda de Antonio. Falleció también un argentino, un futbolista y amigo de Castro. Fue un drogadicto y un patán. Un abusador y un mito.
¿Por qué es tan importante la muerte de un personaje así? Marcelo Bielsa, entrenador argentino actualmente a cargo del Leeds de Inglaterra, explicó lo que significa Maradona para Argentina: "La pérdida de un ídolo golpea tanto a los más excluidos porque son los que más necesitan creer que es posible triunfar" (https://t.co/QholxHcJbm).
La idolatría fue considerada pecado en las tablas de Moisés, aquel personaje que guio a un pueblo entero a su libertad. Empresas como estas son veneradas en un genero de la Antigüedad Clásica: la epopeya. Momentos en que una sola persona es capaz de liderar a una grey en pos de la hazaña.
Aquí es donde cabe Maradona. Para quien no guste del futbol, para quien no entienda el culto a una persona. El gran momento de Diego fue el 22 de junio de 1986, cuando marcó contra Inglaterra dos goles, el gol del siglo y la trampa del siglo.
Nacido en uno de los lugares más pobres de Argentina, el oriundo de Villa Fiorito comprendió que para salir adelante en esas condiciones hay que ser un genio o un traidor. Decidió ser ambos. Una narración épica de Víctor Hugo Morales, el exiliado de una dictadura uruguaya que canta las gestas argentinas, resulta desgarradora. Todo un país alzando el puño con Maradona.
Aquí no recordaré la floritura con la que adornó Morales la jugada, no es mi intención atraer adeptos a la religión del futbol. Aquí pretendo no justificar a un hombre, sino compartir con sus detractores la razón de las lágrimas que surcan las mejillas de millones de argentinos hoy.
Odiar el futbol por su popularidad es algo más popular de lo que quisieran muchos. Borges también fue contradictorio: un genio que decidió apoyar dictaduras. ¿No es esta una coincidencia que guarda Jorge Luis con Maradona? No es la única. El escritor que odiaba a la pelota se vio obligado a firmar junto con Adolfo Bioy Casares un relato sobre el juego.
Bustos Domecq, la invención de ambos argentinos protagoniza el relato que retoma en su título una frase de Berkeley: Esse est percipi que, traducido al castellano, significa Ser es ser percibido. Tal vez Maradona sea para nosotros solamente lo que percibimos. Domecq se encuentra con un amigo suyo, dirigente de un equipo de futbol, quien le confiesa una terrible verdad: el juego de verdad se acabó el 24 de junio de 1937; lo que vemos ahora son ficciones televisivas donde cada jugador es un actor que tiene un guion aprendido.
Esta metáfora nos podría describir a un montón de aficionados, yo entre ellos, que, nostálgicos por una infancia que solo vuelve a través del futbol, rechazamos toda posibilidad de que lo que hoy se juega en la cancha sea mejor que lo que ya solo ocurre en el recuerdo. Javier Marías definió este deporte como la recuperación semanal de la infancia.
Luto nacional de tres días por un futbolista. Jamás se había visto algo similar. En México tuvimos los funerales multitudinarios de Juan Gabriel y Amado Nervo, a quien acudiera a velar un tercio de la población de la Ciudad de México. Ídolo puede ser un músico, un poeta o un futbolista. Sus vidas podrían ser contradictorias sin que esto perjudicase el afecto que se siente por ellos.
Siguiendo a Bielsa, Maradona es la encarnación del pillo que sale de los barrios bajos para encumbrarse en lo más alto. En un ídolo la gente proyecta sus propios anhelos. La izquierda marxista llora al amigo de Castro, al defensor de Chávez, al kirchnerista; ellos olvidan al hombre que dirigió a equipos en Qatar, al que viajaba en jet privado.
No olvidemos esto: por más contradictorio que sea decirse de izquierda y vivir como jeque, es un hecho que Maradona enfrentó en varias ocasiones a los grandes poderes del capitalismo tras el balompié. Incluso intento con otros futbolistas crear una asociación internacional de jugadores buscando mejores condiciones para aquellos que son obreros que trabajan con los pies.
Para los argentinos Maradona no se entiende sin las Malvinas. Cuando el 10 declaró que no había sido su mano sino la mano de Dios la que metió el primer gol contra Inglaterra en el Estadio Azteca, no fue tanto un gesto de ego como de revancha. “Contra Inglaterra hasta con la mano” dicen que dijo Víctor Hugo Morales en la narración.
Retrocedamos cuatro años más. 1982. Un mundial de futbol en España y un conflicto por las islas Malvinas que se convirtieron en Falklands. "Nosotros, como argentinos, no sabíamos lo que estaban haciendo los militares. Nos dijeron que estábamos ganando la guerra. Pero en realidad, Inglaterra estaba ganando 20-0. Fue difícil", dijo Maradona.
Según el sitio web https://www.mediotiempo.com/futbol/copa-mundial/diego-maradona-mano-dios-venganza-guerra-malvinas “fueron 649 elementos de la milicia de Argentina los que perecieron, por 255 ingleses, en un conflicto que duró tres meses y en el que el Reino Unido se llevó la victoria”.
Paradójicamente, Maradona no pudo lograr la victoria en el Mundial que ganó Italia. Cuatro años más tarde, como en los minutos de compensación de un partido, la selección albiceleste logró una victoria contra Inglaterra y llevarse la copa frente a Alemania.
Lo que vendría los siguientes ocho años es tal vez lo que quieren leer los enemigos del futbol. Un deportista da positivo a cocaína y después a efedrina. El mito cayendo. Empero, reconozcamos que la efedrina y la cortisona fueron habituales en un hombre que, como Sísifo, entraba a la cancha cargando una pesada loza una y otra vez.
“Gracias a la pelota” dijo Diego en su programa televisivo La noche del diez, cuando le preguntaron qué epitafio elegiría para su tumba. Gracias a la pelota un niño de Villa Fiorito escapar de la pobreza. Eligió autodestruirse como hacen tantos seres humanos que no encuentran otra salida que el suicidio.
La fama abruma, veamos los casos del Club de los 27. Sin embargo, parece mayor la responsabilidad de ser Maradona que la de llamarse Jim Morrison. Nadie en el tristemente célebre club encarnó las esperanzas de un país entero.
Y ese es Maradona, no el drogadicto, el mujeriego, sino el crack que pudo vengar la afrenta cometida por los ingleses cuatro años antes; es también el sueño de salir del barrio, de esos potreros para jugar en los pastos más verdes del mundo y ser ovacionado, lograr que el mundo te pida perdón por haberte hecho nacer jodido.
Argentina y el mundo del futbol configuraron un mito que dista mucho del Diego Armando que nació en 1960 en Villa Fiorito. Atribuimos a los ídolos cualidades que no tienen pero que deberían tener. Y tan no pudo cargar con esa responsabilidad, que a los sesenta años ya no podía caminar.
Pero es que al mundo jamás le importó Diego. Qué importa que ya no pudiese sostenerse en pie, cuando podemos ver una y mil veces a Maradona convertido en un barrilete cósmico, una cometa dejando en el camino a seis ingleses y chutando al arco.
Eso, querido lector que odia al futbol, es Maradona. El hombre que hizo soñar a un país entero; el sueño que se convirtió en pesadilla, la divinidad que visitó el infierno. Argentina llora, Diego ríe: ya muerto, sin la posibilidad de seguirla cagando, podrá convertirse en el héroe inmaculado que tanto quisimos que fuera.
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