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María

  • Marco Sandoval
  • 17 nov 2020
  • 3 Min. de lectura

7:00

Suena la alarma, justo me tendría que levantar, creo que hoy no había pendientes. Me gustaría quedarme dormido hasta tarde. La inercia me hace pegar un brinco de la cama. Camino hacia el baño. Tengo sabor a hiel y a sangre en la boca. Hoy todo es diferente. Llevo algunos años en este departamento, pero pareciera que ya no pertenezco aquí. No está María. Ella solía estar conmigo siempre. Hace días que me dejó.


7:15 am

Volteo a ver la regadera. Normalmente tomaría un baño sin embargo creo que hoy no me veré con nadie y con buena suerte nadie me verá. Procedo a la cocina. Todo está muy ordenado, no recuerdo haber ordenado nada. Realmente no tengo hambre. Hace un día hermoso allá afuera. Dormí con mis ropas puestas, no hay necesidad de vestirme. Avanzo hacia la puerta. Me parece extraño lo difícil que me resulta generar un pensamiento más allá de las acciones que realizo. Presiono el botón del ascensor. No tengo que esperar, se abre de inmediato. Llego a la planta baja del edificio. Paso de largo al guardia. No me saluda. Me parece extraño, suele ser muy amigable. Me encuentro en la banqueta, cruzando, está el parque. Solía jugar con María ahí. María siempre estaba conmigo.


8:30 am

Sólo hay un par de ancianos sentados en una banca, son tan viejos que parece que se han congelado. Por fin logro traer a la consciencia un pensamiento diferente, por la mañana sobre el refrigerador había una nota pegada. María la escribió. Pro Memoria, Memento Mori. Solía escribirlas siempre y dejarlas por todos lados. Recuerdo cuanto me molestaba. Hace un día hermoso, no tengo ningún pendiente, sería bueno sentarme, me gusta ver pasar los coches y la gente camino al trabajo. Alguna vez tuve un empleo.


9:45 am

Siento llevar aquí sentado una eternidad. Camino hacia la banqueta, después hacia la esquina. El semáforo peatonal está en rojo. Desde aquí logro ver que en la siguiente esquina se encuentra María. No puedo avanzar, quiero correr a encontrarla. No puedo. Siempre tuve la misma sensación con ella, siempre corriendo sin alcanzarla. Se enciende el verde, apresuro el paso. La pierdo de vista. Sigo caminando, deambulando. Me gusta deambular cuando no tengo ningún pendiente, observar lo que pasa a mi alrededor.


1:00 pm

He deambulado bastante, no me he cansado. Normalmente regresaría a comer. No he comido en todo el día. No tengo hambre. Decido caminar hacia un templo cercano. Creo que es católico. Nunca he sido muy religioso, pero siempre me ha gustado la calma de cualquier templo, la protección que se siente cuando se está dentro. La última vez que estuve en uno fue durante un funeral. No me gustan los funerales. La gente imagina estar triste en ellos.


2:15 pm

He estado dentro bastante tiempo. He visto pasar demasiada gente. Increíble cuanta gente acude a los templos. Suelen estar perdidos, en su vida, o deambulando sin rumbo, como yo. Siempre son lugares frescos. Debería salir, está a punto de comenzar un funeral. Desde el umbral observó a María en primera fila. ¿Cómo es que no la vi entrar? Sería irrespetuoso acercarme en este momento.


4:00 pm

Caminando he llegado al otro extremo del parque frente a mi departamento. O al menos eso creo, ya que justo frente a mí se encuentra mi edificio. Pareciera que toda la ciudad se ha movido de lugar. ¿Me habré movido yo? Todo parece en orden, simplemente parece al revés. La gente se encuentra caminando de regreso a sus trabajos. Yo solía tener un empleo. Me encuentro parado, frente al edificio de mi departamento.


6:00 pm

Finalmente me decido a entrar. De nuevo el guardia no me saluda. Que extraño. Avanzo hacia el ascensor. Recuerdo que con María siempre jugábamos a correr hacia el ascensor, el que llegaba primero cerraba la puerta y el otro tenía que esperar. Siempre me ganaba.


6:10 pm

Justo antes de entrar al departamento me detengo a observar el cielo. Hoy hizo un día hermoso, ya está anocheciendo.


6:15

Me dirijo hacia mi cuarto. Aún siento el sabor a hiel y a sangre en la boca. Está oscuro dentro, muy oscuro, sólo se ve un leve resplandor por debajo de la puerta de mi cuarto. Entro. Que extraño todo. Me encuentro observándome a mí mismo, sentado frente a mi escritorio, mi computadora se encuentra encendida. Mi cabeza se encuentra reclinada hacia atrás. Mi cuerpo se encuentra inerte. La tenue luz de la computadora logra iluminar todo lo que se encuentra detrás de mi cuerpo, la cama, las paredes, el suelo. Todo se encuentra manchado de sangre y lo que parecen ser restos de entrañas. En el suelo se encuentra una pistola. De repente ya no siento el sabor a sangre y hiel en la boca.


7:00

María, por fin estoy contigo.

 
 
 

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