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TANIA

  • Citlali Ximena
  • 11 jun 2022
  • 5 Min. de lectura

El verano de hace dos años conocí a Tania. La había visto muchas veces antes pero jamás me había acercado a ella, principalmente porque nunca coincidimos en ningún lugar pero no era de esas cosas trascendentales, le conocía el nombre y la cara y ya.

Pero un verano de hace dos años empecé a frecuentar su círculo más cercano, por diversas cuestiones se dieron las cosas hasta que un día, en una fiesta, la encontré al otro lado de una puerta rodeada de sus amigas que la atendían con mucha paciencia; la escena fue tan personal que de inmediato me sentí como una extraña, algunas de ellas le masajeaban suavemente las articulaciones, otras le arreglaban el cabello, le traían agua, la refrescaban, mientras ella estaba sentada suavemente luciendo enormemente cansada.

Una de ellas habló hacía mí, "debes entenderla, el esfuerzo ha sido demasiado", dijo casi en tono apenado. Cuando Tania y yo cruzamos miradas prendió el fuego de la confrontación, ella no estaba nada feliz de tenerme ahí, lo dijeron sus filosos ojos viéndome con desdén. Y no me ofendió, desde luego yo era ajena a todo aquel armonioso ritual que cargaba amor y tristeza, y yo no sentía ninguna de esas cosas.

Me disculpé y salí pero mi lado empático terminó ahí, aquella mirada me había tomado por sorpresa, sus fríos ojos me habían enfurecido y no quería verla nunca más. Conocí a muchísimas más personas en aquella fiesta, pero seguía teniendo el nudo atorado en la garganta por lo que acababa de ver, no podía quitármela de la cabeza.

A mi alrededor la gente preguntaba por Tania aquí y allá, "se está besando con alguien en el baño", "salió de aquí con un tipo en motocicleta", "escuché que se marchó a la playa porque le resultó muy aburrida la fiesta". Todos tenían respuestas descabelladas y nadie se las cuestionaba porque -aprendí esa vez-, Tania era un espíritu indomable, imparable, y libre.

La siguiente vez que nos encontramos fue en una reunión, la vi marearse en la esquina saliendo al patio, me acerqué lentamente y puse mi mano en su espalda para que tomara balance, esperaba hablar con ella sobre el desagrado que al parecer ambas sentimos sobre la otra, pero cuando giró su cabeza para agradecerme sus ojos perdieron el filo. Más tarde atrapé a una de mis amigas escabulléndose en la pequeña casa frente a la alberca y sin dudarlo la seguí, sabía quién estaría al otro lado, junté el valor que tenía y entré.


Tania giró su cabeza hacia mí pero sin verme la cara dijo que masajeara su muñeca izquierda, se sintió más como una petición a pesar de su tono imperativo, yo la tomé suavemente a pesar de que su orden no me había dejado elección y comencé a moverla con cuidado, sus dedos escurrieron a los míos con delicadeza y en ese instante supe que no iba a dejarlos ir jamás.

El verano transcurrió con más baches de los que yo hubiera previsto o querido para Tania y para mí. Sus padres siempre estaban a su caza, "cuida tu alimentación", "no vayas sola al supermercado", "toma las pastillas a tiempo", llamándola a deshora para recordarle algo que obviamente ya era parte de su rutina y pidiéndole que cuide de ella misma, le enviaban una ridícula cantidad de objetos inútiles para facilitarle la vida pero ella se negaba y los apilaba sin abrirlos.

Cuando las cosas llegaron al límite, sus padres se mudaron a su casa y yo seguía asistiendo regularmente; mientras ellos ponían compresas en su cabeza yo masajeaba su muñeca, y siempre la besaba al terminar y la ponía en su regazo, luego nos sentábamos a ver la tele o nos quedábamos acostadas en su cama. Habíamos hecho nuestro propio ritual, mucho más personal que el que yo había presenciado. Comíamos juntos y a veces su hermano se nos unía a pesar de que yo no le agradaba en lo absoluto

Una noche que Tania estaba durmiendo, su mamá me confesó durante la cena que Tania habló de mí desde la primera vez que nos vimos, y me confesó con una sonrisa que la muñeca nunca le ha dolido, solo lo hizo para sostener mi mano. Mientras lavamos los platos me pidió que llevara a Tania a su casa, con mucho cuidado para que nadie la viera, ellos regresarían en la mañana y querían que los acompañáramos. Cada tanto íbamos a pasar la noche a casa de sus padres y cuidabamos salir sin ser vistas por nadie, bueno, mejor dicho yo cuidaba que nadie la viera a ella porque sabía que se sentía demasiado vulnerable, expuesta; que su madre me lo pidiera aquella noche me pareció extraño pero asentí sin decir nada.


En el poco tiempo que tenía de cuidarla había llegado a comprenderla, la gente estaba acostumbrada a su imagen llena de osadía; parte de mi sabía que la conocí en su peor etapa, no salía tanto de su casa y no frecuentaba los mismos lugares o eventos de antes, el dolor la tenía amordazada. Aquella madrugada, a punto de llevarla, su hermano me pidió que no lo hiciera, me dijo que me ayudaría a huir y a encargarme de ella pero que no hiciera caso. Creo que esperaba salvarle la vida a su hermana ayudándole a correr de su destino con aquel acto de amabilidad.

Estaba alarmada por escuchar eso, con Tania dormida en el asiento de atrás intenté alejarme de la casa pero sus padres no tardaron en encontrarnos, su padre me miró a los ojos con una sonrisa triste y me dejó subir al carro con ellos. Todo el camino hasta su casa Tania sostuvo mi muñeca, y una vez llegamos la besó y la puso en mi regazo. No bajé del carro.

Volví a verla un par de veces después, en sus mejores días, le fui fiel a su último deseo, no cambiar mi imagen de ella y, aunque se me partía el corazón, lo hice porque era el mayor acto de amor que podía darle. Dos días después de mi última visita falleció. Y en el funeral su hermano me abrazó muy fuerte, tan fuerte que casi sentí el corazón de Tania latir. Supe, con el paso del tiempo, que su diagnóstico tenía bien marcada su fecha y que no quería que yo la presenciara, también me enteré que nunca abría las cajas con utensilios que sus padres enviaban porque sabía que los usaría poco, y prefería que las regresaran o las vendieran como nuevas. Así era ella.

No recuerdo en qué estación murió, a veces creo que en invierno porque siempre me pone muy triste, a veces quiero creer que en primavera porque el tiempo hubiera sido bonito. Lo cierto es que me desgarró tanto el alma que mi recuerdo es borroso, fragmentos de la historia terminan conmigo llorando al pie de su tumba, la memoria de nuestros cortos meses me hace llorar todo el tiempo, no creo que haya amado tanto a alguien antes, incluso creo que siempre espero verla al abrir la puerta. Espero que haya muerto en otoño porque es mi estación favorita.



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